A vueltas con el e-book

La solución profiláctica vuelve al ataque. Renuncie a las sensaciones, apueste por el formato. Afiliáse a las nuevas formas de almacenaje. Cinco mil páginas en un sólo click. Todas estas máximas, todos estos lemas, son atribuibles a los defensores de la nueva ola tecnológica: la del Kindle, el nuevo soporte informático destinado al almacenaje y la reproducción de los denominados “e-books”, o lo que es lo mismo, de los libros electrónicos descargables desde la red.

La apuesta, decidida, millonaria, contiene sin duda aspectos positivos. En primer lugar, la posibilidad de contar con un número ingente de ejemplares en un aparatejo poco más grande que la palma de una mano, algo que agradecer en la época de los muebles modulares y las viviendas ratoneras.

Éstas y otras cuestiones, como la accesibilidad o la comodidad de la descarga no parecen sin embargo argumentos suficientes para contrarrestar los inconvenientes. Imagínese un mundo de estantes vacíos

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A vueltas con Cortázar: Rayuela, la anti-novela y el museo imaginario

 

 

Julio Cortázar

 Con la publicación de Rayuela en 1963, Julio Cortázar asestó su golpe definitivo al discurso tradicional de la novela. Y lo hizo desde dentro, con el reflejo deforme y paródico de un libro que escapaba de su género reafirmándose asimismo como parte de él. En este sentido, cabe destacar la afirmación de Amorós, quien dice que “es absurdo pensar que Rayuela sea un antinovela. (…) Más bien sería un ataque contra las técnicas habituales de la misma”.

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Charles Bukowski: Biografía de un escritor maldito.

 

Barbara Frye, afamada escritora y editora, miraba con cierto desdén a su marido. Éste –apátrida, escéptico, alcohólico y prematuramente maltratado- derramaba líneas sobre el papel que se le asemejaban, más que a versos,  a sucios regueros de grasa. Pero no todo el mundo compartía su opinión. Cuando John Martin, de Black Sparrow Press, leyó sus manuscritos, un súbito presentimiento

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Literatura y exilio: un camino de ida y vuelta

 

 

El exilio conlleva siempre consigo algo de permanencia. Quien se fue, de alguna forma, lo hizo quedándose para siempre. De ese huir sin marcharse, de la mirada gris y de soslayo cuando el barco parte, el barro de las fronteras mancha los pies o las nubes anuncian un cielo distinto, están plagadas con huella indeleble las páginas de la literatura. Desde el embrión homérico, esa medusa de mil brazos que conforma nuestra herencia cultural nos habla de zarzas y caminos, de andares hacia delante

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Roald Dahl o el escritor poliédrico.

¿Ángel o demonio? ¿Infantiloide o sátiro? Portador del mensaje de la fraternidad y combatiente veterano en el frente de batalla. Un cúmulo sin fin de tendencias contrapuestas que se resumen en la personalidad desconocida de uno de los maestros indiscutibles de la literatura infantil del siglo XX. De alguien que reúne en su bagaje literario tres premios “Edgard Allan Poe” (1954, 1959 y 1980) por su “maestría en lo macabro” y se convierte a su vez en maestro de la fábula infatil no puede esperarse nada bueno. O tal vez sí. El nombre de Roald Dahl se recordará asociado a los créditos de una superproducción de cine; más concretamente por la adaptación de su Charlie y la fábrica de chocolate (1964). Algunos lectores más avezados habrán experimentado la gama de sabores que ofrece la degustación de sus relatos; una amalgama inmensa de crímenes, sentimentalidad, sexualidad, comedia, moralidad o desencanto. Otros, quizá, comenzarían su romance con la letra impresa por obra y gracia de su gigante bonachón o del ascensor de cristal que llevaba a Charlie hasta las nubes. Pero la masa, ese cúmulo gris que se conoce extrañamente como “gran público”, habrá escuchado hablar de él de refilón, por alguna cuña promocional que habrá reconocido a Dahl como el padre de la criatura. Por obra y gracia de Tim Burton -ese extraño Midas gótico que convierte en aluvión de entradas picadas y palomitas crujientes todo guión que toca- del escritor galés se rememorará su participación indirecta en dos horas de metraje insípido, en una adaptación mediocre de la que sólo cabe destacar el ruido de muchos dólares resonando en las cajas. Cosas de la comercialidad. Del bueno de Roald, sin embargo, pueden contarse muchas más cosas. Alto y espigado, nacido en 1916 en el seno de una familia galesa de origen noruego, no hay noticias de que fuese un hombre encorvado, al menos no más allá del desgaste provocado por la edad y una vida agitada que igual lo situó en la vanguardia de una literatura de chocolate y gigantes bondadosos que en los mandos de un avión de guerra durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, su espalda debía soportar un peso más allá de lo normal. Sobre todo porque si alguien hubo de convivir con la presencia insidiosa de un ángel y un demonio en cada uno de sus hombros, ése fue él.

En Roal Dahl confluyen todas las potenciales actitudes del hombre. Igual de tierno que de pecaminoso, de filántropo que de fanático, sus polémicas convicciones le valieron el boicot de sus obras en Israel, acusado de un antisemitismo encubierto que el autor no intentó jamás desmentir. Por si esto fuese poca paradoja para alguien que combatió a los nazis durante el gran conflicto mundial y narró con actitud de cronista espantando el difícil nacimiento del demente

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La catedral del mar: Barcelona según Falcones

Próspera y rimbombante, autárquica y cosmopolita, glosada por muchos y cuna literaria de otros, Barcelona es como un cristal empañado de literatura. Allá donde se mire, como manchado de un vaho permanente, su perfil se inunda de referencias con sabor a tinta y papel. Seix Barral, Tusquets, Gil de Biedma, Mendoza, Zafón, Planeta…nombres propios y recurrentes que alimentan el mito de una ciudad tan literaria como los recovecos medievales de Tallers, las flores de Sant Jordi o la colosalidad

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De vehementi

                                             Fué una cosa esta que a todos aquellas gentes puso en pasmo y angustia y luto, e hinchó de amargura y dolor, y de aquí a que se acabe el mundo, o ellos del todo se acaben, no dejarán de lamentar (Fray Bartolomé de las Casas. Brevísima relación de la destrucción de las Indias)

Era tan extraño volver a estar con él…

La primera duda del reencuentro llegó con el simple trámite del saludo. Lo hemos

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Puertenebros

Un leve sonido, casi un sollozo, desluce la tarde. Sucede que el niño acaba de recibir una pedrada en la frente y que la sangre se le desliza caliente y abundante entre el entrecejo, formando un meandro que le empapa la camisa. Por cada inspiración que le sacude el pecho, el gesto se le contrae, y haciendo muecas acompaña al ritmo agitado de sus pulmones con arduos esfuerzos por contener el llanto.

-¡Niños, no molestéis! ¡Iros a casa!.

Una voz cercana suena disgustada y alerta, porque el

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Variación sobre la rueda

Una rueda consta, digamos, de ocho ejes; ocho mínimas baldas de madera que la aprehenden firmemente a un eje que funciona como centro, estando unida así a otra estructura superior; tal vez un carro, una cuádriga o cualquier otro vehículo que necesitara de ella. Ambos aditamentos –el eje y la estructura a la que se conecta- son, sin embargo, absolutamente prescindibles, toda vez que bastaría con un rudimentario objeto esférico para que pudiésemos hablar de la existencia de la rueda.

El destierro de la infancia

Jugabas tranquilo, impregnando tu pantalón de aquel polvo blanco que rezumaba  el recóndito rincón que te servía de escondrijo. Allí, encogido y relajado, dueño de una débil pero certera seguridad, jugabas a desaparecer con la simple cerrazón de tus ojos. Bastaba con la febril palpitación de la sangre en tu recién estrenadas venas y con la luz reflejada en el cristal para saberte vivo. Apenas importunado por una sutil brisa y por los llamamientos maternos, te sentías dueño de un inexorable

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