Los Mods: radiografía de una literatura musical

Verano del 65. La playa de Brighton, habitual refugio veraniego de miles de londinenses que huyen despavoridos del cemento y la bruma, amanece revuelta por una algarabía particular, por una agitación palpable en el boulevard que miles de jóvenes uniformados arañan con el zumbido de sus Lambrettas.

Son los mods. De apariencia casi andrógina, recargados por un afán de elegancia que resulta excesivo, forman parte de uno de los movimientos urbanos más trascendentes de la década. Gracias a su influencia, grupos inicialmente minoritarios, como The Jam, The Kinks o The Who –emblema indiscutible del movimiento- alcanzan una popularidad notable; otros, posteriores o coetáneos, como The Beatles o algunos de los integrantes del Britpop, beben de su estética y su música de forma más o menos explícita. En algunos casos, como el del afamado cuarteto de Liverpool, esta influencia aparece solapada, disimulada por la inconveniencia de ser relacionados con una “tribu” capaz de protagonizar disturbios del calibre de los retratados por Franc Roddman en su película Quadrophenia, auténtico hito de la cultura modern.

En efecto, un halo de violencia acompaña como una sombra a la concepción social del movimiento. Éste, estigmatizado por su radicalidad, por su vacuidad y por su capacidad de congregar a masas de jóvenes descontentas en fiestas y acciones multitudinarias, se encuentra, en este verano del 65, en su punto más álgido. Son millares los jóvenes ataviados con parkas, a lomos de Vespas u otras scooters, que atraviesan las calles londinenses de camino al Soho, centro neurálgico y útero del embrionario movimiento de los partidarios del modern-jazz. Estos fanáticos musicales, antagónicos a los seguidores del trad, darán comienzo y forma definitiva a la cultura hedonista y aparentemente superficial que proclama, con la voz orgullosa de la homogeneidad, su grito de guerra: We are Mods!, We are Mods!

Pero ¿cuál es el perfil de un mod? Generalmente responde al de un joven de mediana estratificación social, con suficientes ingresos para mantener su “modus vivendi” pero residente en alguna zona periférica.

Su cualifación profesional no es alta; su dinero se destina, en exclusividad, a la compra de sustancias alucinógenas, al incremento de su fondo de armario o al minucioso cuidado de sus motos, opuestas hasta el extremo a las “chopped” que montan los rockers, sus más encarnizados enemigos. Este mundo aparentemente vacío, sin un discurso ideológico que merezca ser considerado, mantiene, sin embargo, estrechos lazos con algunos de los movimientos artísticos más trascendentes del pasado siglo, como el existencialismo francés de Jean Paul Sartre o Albert Camus u otros de menor peso como la llamada Generación X de Bret Easton Ellis (Menos que cero) o Douglas Coupland.

Las relaciones son evidentes. El estrábico filósofo francés proclama una libertad sin condicionantes, anuncia la irrenunciable naturaleza de ser libre que caracteriza al hombre, exculpa a éste, se ampara en el determinismo y afirma que “Esta libertad la busqué muy lejos: pero estaba tan cerca que no la podía ver; no puedo tocarla. No era otra cosa que yo mismo. Yo soy mi libertad”.

Todo una declaración de intenciones que concuerda con el espíritu trasgresor de los mods, que se abandonan a sus impulsos –estéticos, violentos o de cualquier naturaleza- sin atenerse a principios sociales o éticos, sin aceptar paternalismos ni otro condicionante que no sea su propia y férrea voluntad, No resulta extraño, por tanto, que al amparo de este principio deformado, bajo la bandera de la libertad suprema, los jóvenes “modernos” intenten aspirar cada sorbo de su plenitud vital, empujados por la exaltación de su propio yo y por cierta angustia vital repleta de miedo a la vejez, a la finitud. Como anuncian los acordes de “My Generation”, “Yeah, I hope I die before I get old”.

Toda esta individualidad que citamos, tan característica del movimiento, se atenúa tan sólo con la aparición en escena de un elemento disuasorio, de una fuerza tal que hace dudar de la autonomía del propio yo, que pasará a ser ahora una mitad en busca de su complemento. Este elemento es el amor. Como si de una reformulación del amor cortés provenzal se tratara, los mods rinden pleitesía a su amada, hasta el punto de afirmar:

On you, I see the glory
From you, I get opinion
From you, I get the story

El armazón ideológico queda disuelto, la exaltación del yo es mera apariencia. Detrás de su apariencia infame, despreocupada, los jóvenes mods ocultan una personalidad compleja, una concepción vital existencialista, una formación plena que bebe de diversas corrientes literarias y/o artísticas.

Todo este abánico de complejidades no permanecerá ajeno a la creación literaria, que se hará eco, en la medida de lo posible, de las inquietudes y la psique de una de las corrientes urbanas fundamentales en la Inglaterra de los 60. Condicionados por las leyes de la literatura canónica, son pocos quienes se atreven a dar el paso de recrear esta amalgama de violencia y sensibilidad, de despreocupación y de hondura psicológica, pero los escasos ejemplos son de considerable valía. Así, citaremos como testimonio fundamental un relato de Tom Wolfe –mentor de la generación X antes nombrada- titulado “Undeground de mediodía”, que recoge desde su propio título la ambigüedad de esta ola de jóvenes uniformados que se debaten diariamente entre la sumisión a la vida pública y su conversión casi heroica a la libertad tras enfundarse en sus parcas.

Todo un universo, al fin, de complejidad y ambagues, una extraña y sutil conexión entre la literatura y la música, una alianza entre el son y la palabra embozada de movimiento juvenil, de moda estúpida y caprichosa, pero dotada de una trascendencia que nos hace plantearnos, una vez más, si cualquier tiempo pasado no fue efectivamente mejor.

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