La química del momento

Con el tiempo he aprendido que las palabras realmente enamoran, pero aún más que las palabras es el momento que se puede conjugar entre dos seres que se miran a los ojos y empiezan a navegar entre sus locuras y sus sueños. De repente muestran sus anhelos, sus miedos, sus querellas, sus frustraciones, las comparten, exigen libertad a su inconsciente y sus labios, acompasados por una mirada aventurera, entregan dulcemente lo que atesoraban sin saberlo.

Es ese momento el que se ve rodeado de una magia intangible, de una conexión invisible entre dos almas que tratan de expresar una sinfonía con sus sentimientos, con sus sueños, con sus debates apasionados, con sus risas traviesas y unas manos que se confunden y huyen temerosas de la calidez del viento.

Pero entonces surge la incontenible interrogante acerca de si estos momentos se construyen o simplemente son pinceladas naturales de un viejo sabio de boina gris llamado destino. Y resulta indiscutible reconocer que no depende de rostros, ni de profesiones, es tal vez una ciencia poco ortodoxa que enlaza las miradas y las carcajadas, las caricias y los labios, la frases y los silencios, el corazón con el viento.

No se trata de ideales ni de perspectivas, se necesita más que eso porque la balanza de emociones no se equilibra con el frenesí del deseo, el aroma de la armonía definitivamente no tiene dueño.

Entonces notamos que la complejidad de estos momentos especiales no es función de la ciencia ni de la coincidencia, se necesita el soplo sublime que galopa desde las nubes para encender una luz frágil que te susurra en el alma, “saborea el momento”. Pero si pierdes aquella luz, no la trates de prender con cerillas desesperadas de sueños frustrados ni corazones ilusionados porque el amanecer se pierde cuando ha llegado la hora del crepúsculo. Solo te queda esperar que llegue otro momento.

Las horas van pasando, aquella magia no termina, sientes que no terminará  nunca, que el límite no es un reloj que camina raudo sino una realidad que te dice ha llegado el tiempo de volver al puerto.

 

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