Georges Perec – La vida, instrucciones de uso

Georges Perec fue uno de los más importantes novelistas experimentales del siglo XX y de la literatura francesa. Nacido en París el 7 de marzo de 1936, perteneció al grupo Oulipo, que fundara Raymond Queneau, cuyos componentes pretendían crear obras mediante una técnica de escritura limitada, en estrecha relación con las matemáticas. Su fama y su gloria literaria y económica vinieron dadas por la publicación, en 1978, de La vie, mode d’emploi (traducida al español como La vida, instrucciones de uso), considerada por muchos la mejor novela de la década de 1975-1985. El autor murió pocos años más tarde, en 1982, víctima de un cáncer de pulmón.

En La vida, instrucciones de uso se confirma la que parece ser una de las grandes reglas de la buena literatura: no siempre es importante la historia que se cuenta. En este caso, más aún: no se cuenta ninguna historia larga en las seiscientas páginas de la novela, sino que la historia es sencillamente la vida en un edificio de París, en cuyas ventanas el lector puede asomarse para descubrir el pasado y el presente de quienes han habitado esas cuatro paredes. Con todo, lo verdaderamente importante de esta obra es la narración, el modo en que se cuentan las historias: un narrador común, omnisciente, que unas veces se dedica a contar las vivencias de una familia dueña de un piso, y otras veces se limita a describir, con una minuciosidad extrema, el mobiliario que forman las habitaciones vacías. De esa manera, Perec elabora un fresco donde cada ventana es un mundo diferente que tiene con las demás la relación existente entre dos casas en un edificio vecinal.

Esta novela, altamente recomendable, supone un desafío para el lector medio, puesto que al no seguir ninguna historia, se asemeja más a un libro de relatos que a una novela; pero no obstante la independencia de sus capítulos –que se pueden leer al azar sin problema–, se puede discernir un argumento principal en el que se traza la personalidad del coleccionista de puzles Bartlebooth y su relación con los demás habitantes del edificio –el doctor Dinteville, Winckler, Foulerot, etcétera–, formando unos antecedentes que desembocan en un emocionante final en la tarde del 23 de junio de 1975.

Uno de los aspectos más importantes de la narración es la distribución de los capítulos. Georges Perec, en honor a Raymond Queneau, a quien está dedicada la novela, utilizó los cálculos matemáticos del problema del caballo para recorrer el edificio ventana a ventana con el movimiento en ele que caracteriza a esta pieza del ajedrez. Así pues, es posible seguir la trayectoria del narrador con un tablero donde cada ventana es una casilla. Esta técnica le sirve al autor para desplegar ese rico fresco de personajes e historias que a lo largo de la novela acompañan al lector con todo tipo de curiosidades, anécdotas y referencias a obras de todas las artes (una de las propuestas del autor, que tardó unos diez años en escribir la novela, dada la complejidad de cada capítulo, que según el mismo Perec debía albergar un número determinado de referencias).

En la colección Compactos Anagrama hay una estupenda edición traducida por Josep Escuer, que merece la pena para ese lector ávido de grandes novelas que gusta de tener buenas ediciones como un tesoro en su estantería.

 

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