Análisis de Juegos de la edad tardía (parte 5) – Estructura de la segunda parte

La dicha de Gregorio se convirtió en desdicha cuando —ya en los recuerdos de la segunda parte de la novela— conoció a Gil Gil Gil por teléfono en su oficina. Puesto que la relación entre ambos personajes es meramente telefónica, Gregorio se siente con la capacidad de inventarse todo un mundo donde la gran ciudad ha cambiado, donde ha habido multitud de progresos y donde él no es Gregorio Olías, sino Augusto Faroni, un poeta, ingeniero, joven, hermoso y triunfador que regenta la tertulia del café Hispano Exprés —reinventado por Gregorio con el nombre del Café de los Ensayistas— y que es muy conocido por sus libros de poemas. Con Gil, un pobre hombre apartado del mundo a causa del trabajo, que lo ha llevado a vivir en provincias sin posibilidad alguna de visitar la gran ciudad, Gregorio Olías despierta sus sueños de juventud y recrea al personaje inventado por su amigo Elicio, ahora desde una perspectiva más adulta. Con Gil, también reflexiona acerca del arte, como vemos en el siguiente pasaje (2007: 149):

—Dígame, señor Faroni, ¿qué es el arte?

—El arte. ¿Cómo diría? Podría hablar de unas uvas altas, de un bosque ardiendo, de… Pero no, el arte es la vida. O si lo prefiere, el espíritu. El espíritu rebelde que cambia, que gobierna, que domina las cosas. El dominio de las cosas. El espíritu rebelde que domina las cosas. Los pájaros no hablan, ni las hormigas, pero el poeta les da voz. Algo así como, como Moisés. Tampoco había agua en la piedra, pero vino él y la sacó con su varita. El arte es el espíritu rebelde que domina las cosas y saca, extrae, no, descuaja la sustancia, el misterio, no, la belleza oculta de las cosas.

—Dígame, señor Faroni, ¿qué es el arte?

—El poder del espíritu para descuajar las entrañas de las cosas. Por ejemplo, el corazón de los árboles, el hígado de las estrellas.

—Y ¿qué es la inspiración?

—Yo diría que un, un soplo, un aire, no, un efluvio, y también un relámpago. Piense en un viajero perdido en una noche de tempestad. Apenas ve el camino, pero de pronto un rayo ilumina el abismo por cuyo borde camina. Eso es la inspiración: una visión breve, no, fugaz de las tinieblas.

Además de reflexionar sobre el arte y la inspiración, Gregorio Olías se inspira y crea arte al resucitar, junto con Gil, al poeta triunfador que quisiera ser y cuyo recuerdo había enterrado en una caja de zapatos. Es interesante ver cómo en su niñez Gregorio creó este poeta con la ayuda de Elicio desde un punto de vista infantil, con la ilusión de quien se inventa un personaje para jugar con él en su soledad, y cómo este juguete de soledad pasa a ser el centro de sus charlas con Gil desde que, con su ayuda y sus preguntas, reaviva la llama que permanecía apagada desde su casamiento con Angelina. Cuando recupera la caja de zapatos y se da cuenta de cómo era aquel adolescente apasionado por la vida y las palabras, Gregorio siente una tristeza sin precedentes (2007: 189-190):

Deshizo sin prisas los nudos y dejó a un lado la tapa. Encontró su letra de adolescente pálido y leyó en la primera hoja su nombre completo, la fecha de nacimiento, el signo del Zodíaco y, en trazo más grande y virtuoso, su seudónimo de poeta, y más abajo el nombre de la amada y el dibujo de un pájaro y una flor. Leyó los primeros versos. Admirado, los recitó cuatro o cinco veces. Era como si las palabras, de no usadas, se hubieran hecho crípticas. Algunas las tenía olvidadas desde hacía más de veinte años. Otras le parecieron inexplicablemente nuevas. La palabra melancolía le recordó el último giro exhausto de una bailarina de cuerda. Oropel (¿qué podía significar?, y ¿cómo era posible que aquel mozalbete la utilizase allí con tanto desparpajo?) se le antojó que podía ser un pájaro o una dignidad eclesiástica (en la rama canta el oropel, la bendición del ilustrísimo oropel), y la palabra ensueño tenía algo ene l sonido semejante a un objeto delicado, o al mismo sueño, pero envuelto en papel de celofán. Cuando venció el asombro de las palabras (y del ritmo, que en cada verso parecía dejarlo al borde de una sima), revivió sentimientos que —ahora lo recordaba, ni son pena— habían llenado sus días con los temblores de lo desconocido, lo infinito y lo eterno.

Casi todas eran composiciones de amor, pero las había también de tema filosófico y de tono burlesco. Al fondo yacía un taco de hojas bajo el título de Poema épico de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, «el Conquistador Errante», y debajo la entrega que había preparado para Alicia: «Para Ti, Mujer, Amor desesperado, de tu poeta anónimo, Augusto Faroni. Poeta del Mundo y de la Nada, del Amor y de las Cosas, de la Muerte». «¡Dios mío!», se dijo, pensando en el adolescente, «¿qué ha sido de ti?, ¿qué he hecho contigo?».

Una tristeza antigua le nubló la mirada.

En esta parte de la historia también aprovecha para intercalar, al lado de las mentiras, realidades no sólo de su vida, sino de la vida real, del mundo real: la intertextualidad que está presente a veces implícita pero muchas otras veces explícitamente. En una ocasión habla de Fray Luis de León (2007: 153):

A Gregorio se le vino entonces a la memoria una poesía escolar.

—Qué descansada vida. ¿Conoce los versos?

—No.

—Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido.

—¿Los ha hecho usted?

—Y eso qué importa.

Otras veces, en cambio, es su actitud la que recuerda a otras historias (2007: 116):

Apenas sonaba el teléfono, se recostaba en el sillón, encendía un cigarrillo y cruzaba las piernas: «Olías al habla», y aprovechaba la presentación para expulsar artísticamente el humo, como sus viejos héroes policiacos.

Pero sobre todo su tema más frecuente de conversación es Cervantes, a cuya producción central se asemeja en mucho esta novela, tal como han estudiado muchos críticos¹ . El propio Gregorio Olías dice de Cervantes, para animar a su amigo Gil cuando se queja de su edad, que el autor del Quijote había cumplido los sesenta años cuando empezó a escribirlo².

 

¹Un ejemplo bien ilustrativo es el de Alfonso Ruiz de Aguirre, autor de un artículo titulado “El Quijote como hipotexto fundamental en Juegos de la Edad Tardía”, publicado en Revista de estudios extremeños, vol. LXI, nº 2.

²Ciertamente, los grandes novelistas, salvo excepciones, no han hecho un gran trabajo hasta bien cumplidos los cuarenta, y aun los cincuenta. Pongamos por caso el del propio Luis Landero, que se llevó veinte años pensando en esta novela antes de escribirla e irrumpir, como irrumpió, en el panorama literario de la actualidad.

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