Análisis de Juegos de la edad tardía (parte 4) – Estructura de la primera parte

La estructura del relato sí es un aspecto muy importante a destacar, pues recupera el esquema narrativo de buena parte de la novela decimonónica: tres partes, dos de las cuales forman un recuerdo. Para ello es necesario partir de un acontecimiento concreto en un momento de la historia, un suceso que despierte la curiosidad del lector, que seguirá los pasos del narrador a lo largo de las dos primeras partes con los recuerdos del personaje: ese momento es el 4 de octubre, cuando Gregorio Olías se levanta más temprano de lo habitual y, mientras se arregla y se mira en el espejo, esboza una descripción de su propia figura y carácter que es fundamentalmente la primera parte de la historia, más los antecedentes del momento presente, que corresponde a la segunda parte. Así pues, vamos a desentrañar la primera y la segunda partes de la trama.

En la primera parte, el pequeño Gregorio Olías llega a la gran ciudad para vivir con su tío Félix, dueño de un kiosco y de los tres libros de la sabiduría, en los que basa todos sus conocimientos. El siguiente pasaje describe esos tres libros, tres pilares del saber infantil de Gregorio Olías, que arrastrará hasta sus días grises (Landero, 2007: 42):

El primero era un diccionario. “Aquí vienen todas las palabras que existen, sin faltar ni una”. El segundo era un atlas: “Y aquí todos los lugares y accidentes del mundo”, y el tercero una enciclopedia: “Y éste es el más extraordinario de los tres, porque trae por orden alfabético todos los conocimientos de la humanidad, desde sus orígenes hasta hoy. ¿Tú sabías que existía un libro así?

Después de ese descubrimiento del saber, importantísimo para entender el carácter de Gregorio Olías, encontramos el descubrimiento del amor, un amor adolescente que lo ayuda asimismo a toparse con la poesía y a mirar el mundo desde una perspectiva diferente (Landero, 2007: 75-76):

Descubrió que todo era uno, que las cosas del universo estaban ligadas por vínculos secretos que empezaba ahora a conocer, y tan unidas que si la realidad, pensaba Gregorio, fuese un tapiz y uno tirase del hilo del geranio, acabaría deshilando los mismísimos astros. Leyó otra vez el librito de versos y comprendió que sí, que la vida es en verdad un río y que el amor es fuego, que hay músicas calladas, colores dulces, labios que son pétalos y ojos de esmeralda. Tan nuevas le parecían de repente las cosas, que no se habituaba a sus nombres, como le había ocurrido años atrás, pero ahora no por oscuridad sino por deslumbramiento. Pidió a los viejos más viejos del parque que le contasen historias de su vida, cómo era el mundo antiguamente y si las cosas tenían entonces los mismos nombres que ahora. Algunos le dijeron que antiguamente las cosas se llamaban con nombres mucho más hermosos. Gregorio lo creyó porque había descubierto el lenguaje de los poetas y pensaba que cada cosa se merecía una poesía y no una palabra, o al menos que se la nombrase de muchas formas a la vez, justo reflejo de la correspondencia universal. Pero también en cada palabra había una poesía, claro que sí, por ejemplo belleza: ¿qué recordaba sino un hielo que se rasga sin ruido, belleza, que no deja eco y nos hace dudar de haberla pronunciado realmente, y que es como si la pronunciáramos con los ojos, belleza, un parpadeo apenas, incomprensible y familiar a un tiempo, belleza? ¿Y esa zeta que ciega la palabra, dejándola entreabierta en la boca, como paralizada por un brevísimo sueño estival? ¿Y qué decir de recóndito? Uno tenía que tomar carrerilla hasta la primera o y allí domarla por la brida como un cowboy en un rodeo e impulsar el salto hasta la otra o, pues la palabra saltaba en escorzo amenazando con tirar al jinete y poniendo en peligro su propio significado. Y luego caracola. Bastaba frotarla para que de ella se levantase un genio de humo, tan terrible que no había deseo que no pudiera satisfacer al instante. Bastaba pedirle sin rubor, pedirle coliflor, barcarola, coral, onda, mar y luz, corimbo, limbo y Paralimbo, marimar y marina, caracol, corocol, quiriquil, cocotero, espuma, balcón, oasis, Nilo y Mississipi; bastaba una palabra, pues cualquiera contiene a todas las demás, en cualquiera puede uno reconocer su patria ilimitada. ¡Qué regalo para un joven animoso!

Más tarde, Gregorio empieza su amistad con Elicio, el joven con dientes de ratón que tiene la genial idea de inventarse un nombre para las firmas artísticas de su amigo: Faroni, Augusto Faroni, un poeta italiano, joven y triunfador, que sería en adelante el pseudónimo de Gregorio Olías cuando escribiese un poema, y que no sólo se convertiría en un personaje ficticio con vida propia, sino que además sería el centro de sus problemas con Gil. De esa manera se produce la creación, fantasiosa actividad, de un personaje central de esta novela, desde una perspectiva infantil —más tarde veremos cómo se crea ese mismo personaje desde una visión más madura.

Por otro lado, el propio Gregorio recuerda los juegos de su juventud, como ilustra el siguiente pasaje (2007: 87):

Todos los días salía de casa subiéndose sus imaginarias solapas de espía, un cigarrillo colgado del labio y la mirada esquinada de astucia. Deteniéndose en los escaparates y simulando curiosidades imprevistas, angulando reojos, hurtando el perfil, burlando persecuciones y salvando emboscadas, vencía sin novedad la primera etapa del trayecto. A partir de allí, le esperaba otra suerte de peligros. Si aguardaba la luz verde para cruzar una calle y se ponía a su altura una mujer con alguna prenda negra, perdía una baza de semáforo. Si azul, ganaba el derecho a acelerar el paso durante un minuto. Si alcanzaba a un transeúnte ciego o cojo, no podía adelantarlo mientras no lo liberase algún hombre con un peso a la espalda. Quedaba cautivo de una plaza si la estaban regando o había un niño con gorro, y no podía franquearla hasta que cruzase un perro o levantase el vuelo una paloma. Pero si el perro se paraba a hacer una necesidad, también él debía pararse y contener la respiración, pues en caso contrario las reglas del juego lo obligaban a retroceder hasta encontrar una monja o cualquier otra persona de uniforme. Por momentos, la vida le parecía apasionante.

Finalmente, en el último capítulo de esta primera parte Gregorio recuerda los comienzos de su relación con Angelina, su actual esposa, en la academia de estudios a la que ambos asistieron. Su matrimonio, acompañado de la carga de la suegra de Gregorio, significó el final de sus sueños de juventud (2007: 100-101):

Siete años después, todavía conservaba Gregorio el traje de franela con que conoció a Angelina. No había vuelto, sin embargo, a escribir versos, y de sus proyectos no quedaba sino el hábito de rehuirlos o de hablar de ellos como lejanos caprichos de la adolescencia. No acabó el bachiller, del inglés quedaron flotando en la memoria unas cuantas frases cotidianas, y el olvido convirtió el pasado en un tiempo felizmente caduco.  Así que el día antes de trasladarse a casa de Angelina, hizo un burujo con las rimas y las guardó en una caja de zapatos que por un momento pensó en abandonar allí mismo, pero que al fin llevó consigo y que le entregó a Angelina con un “ahí van esos versos tristes, haz lo que te parezca con ellos”. Angelina los arrumbó al fondo de un armario, junto con la guitarra. Ese mismo día pusieron por primera vez en marcha el organillo, que había permanecido ensabanado desde la muerte del militar esposo. Y Gregorio rompió definitivamente con la indigencia del pasado y se entregó a un presente donde la dicha excluía la intervención de la memoria.

 

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