Todo el ambiente está lleno de humo, la invisibilidad era densa, no logro distinguir exactamente donde coloco mis pisadas, pero por el sonido que producen mis pies al caminar, descubro que es el piso de una iglesia, mi vista poco a poco se ambienta y puedo visualizar movimientos frente a mi, es el párroco José Barrrientos, su gordura no le permite correr a gran velocidad y tras él va Elisa Carpe, parece como si yo no estuviera presente o me hubiera hecho invisible, ya que ellos no me toman en cuenta. Puedo ver todo como un espectador que no es tomado en cuenta en la escena.
El párroco en su descomunal huida trata de bajar las escaleras que dan al santuario, sus nervios están a tope y no controla su andar, resbala rodando por las escaleras. Elisa se coloca sobre él y acercando su rostro al del párroco extrae de un sorbo un viento azul que sale de la boca de él. De la gordura del párroco José Barrientos, no queda nada, pareciera que le hubiera robado el alma, solo queda convertido en un flaco saco humano, de piel como la apariencia de una momia. Elisa Carpe vuelve repentinamente la vista hacia mí y sonríe, como si yo fuera su cómplice.
Desperté sofocado, tratando de respirar, saqué medio cuerpo por la ventana de la habitación de mi hermana, algo en el suelo sobre el jardín brillaba con la luz de la luna, era un brillo pequeño que me llamaba como por una fuerza extraña.
Autor: Martín Guevara Treviño
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