Textos para el Alma: La propia muerte (parte II)

En una larga entrevista (de casi 300 páginas) concedida a Matthieu Galey, la novelista Marguerite Yourcenar lo ha explicado con una intensidad que sólo puede evocarse con sus propias palabras: «Julio César deseaba morir lo más rápidamente posible. Yo pienso lo contrario.

Desearía morir con pleno conocimiento, al cabo de un proceso muy lento de enfermedad, para que la muerte pueda insertarse en mí, para tener tiempo de dejarla desarrollarse por entero (…) se trata para mí que de no perder un experiencia esencial y, como me interesa tenerla, me parece detestable robarle su muerte a alguien».

«En los Estados Unidos, el cuerpo médico es de una sorprendente sinceridad, mientras que en Francia, los médicos y en especial la familia pasan muchas veces el tiempo engañando a los enfermos. Desapruebo esa actitud. Me gusta, al contrario, y respeto a la gente que prepara su propia muerte».

«No perder un experiencia esencial»: tal es la clave. El cuerpo organiza sus eclipses, la naturaleza facilita el tránsito al trabajar pacientemente en su propia degeneración, la carne a paga sus luces y deja desaparecer poco a poco las propias fuerzas, sólo para que la muerte venga instalarse. Le hace un lugar en la cama a la muerte, como si ella de fuera un amante que también está en busca de reposo. Toda violencia contra esa ceremonia natural es, por lo tanto, detestable: los son los relámpagos ciegos de Sarajevo, los incendios en los Barrios africanos de  Lübeck, los fusilamientos, los cadalsos, la muerte donde quiera ser impuesta por un hombre a otro hombre.

Ciertas luchas son sagradas para las criaturas de bien: las luchas contra la opresión, la tortura, la pobreza, la educación insuficiente, la censura, el abandono sanitario. A nadie se le ha ocurrido, en cambio, luchar para que cada ser humano viva en calma propia muerte.

Se trata de reclamar el más inquebrantable de todos los derechos: aquel que una criatura tiene a morir con los ojos abiertos, al conocer la suprema experiencia, que no puede ser reemplazada por todas las lecturas ni por todas las músicas del mundo.

 

Tomás Eloy Martinez. 

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