Sólo habrá el infierno

Enciende uno la televisión y no ve más que desgracias. Una joven asesinada por su ex novio, una adolescente maltratada, violada, mutilada, un anciano despreciado, desgraciado, un niño asesinado a causa de un asunto de videojuegos, accidentes de tráfico en las grandes carreteras, accidentes de coche –¿Quién era? ¿Llevaba cinturón? Respuesta: un joven, menor de edad, bebido, drogado, superando los límites permitidos de velocidad–. En definitiva, todo son malas noticias.

Aparco la televisión y abro el periódico –en internet, pues no soy partidario del papel de periódico. Significa esto que he comprado la prensa escrita, y por tanto, pagado por ver más masacres– y veo más de lo mismo: Zapatero critica a Rajoy, Rajoy critica a Zapatero, la izquierda a la derecha, la derecha a la izquierda –todos sueñan con ser los que mandan. Todos, además, te juzgan de ser de un bando o de otro cuando a uno no le gusta la política o le parece más apropiado llamarse “de centro”–, un futbolista apedreado por los espectadores, un profesor amenazado por un alumno de latín de catorce años –creo que es demasiado concreto, pero aquí va–. ¿Más desgracias? ¡Enciende la radio, ciudadano, pueblerino, campesino, interesado, culto, ansioso de saber del mundo! ¿Para qué quiero yo saber esto del mundo, si todo son males?

La sociedad cada vez está peor. Hubo un tiempo en que estaba estrictamente jerarquizada y al que le tocara vivir en la cornisa le había tocado la lotería, pero al que le tocaba vivir en la base de la pirámide le había tocado una vida de calvario. Con esto, ahora está peor. Ahora está jerarquizada de otra manera más estricta aún: en la base nos encontramos nosotros, el pueblo –el pueblo decente–; en la segunda planta se encuentran los privilegiados del pueblo; en el tercer piso están los cretinos y en la cornisa está la banda que seguirá predominando como los tiempos que fluyen sigan igual: los alocados, los que conducen sin pensar lo que ello conlleva, los que consumen drogas sin ser conscientes de lo que esto supone –algunos conscientes hay por ahí, lo que es aún peor–, los que se emborrachan y por ello se divierten, los que priman los videojuegos a la vida y son capaces de matar por vivir la misma situación que el personaje de su juego de rol favorito, todos ellos –y más que no voy a nombrar para no cansar al posible lector de esta reflexión–.

Cada vez que lo pienso el mundo se me viene encima con un peso inigualable. Ni los pasos procesionales –a los que tanto alabo como amante del arte y no como cristiano– pesan más que el peso que se me echa encima cada vez que enciendo la televisión o leo las noticias o, simplemente, terceras voces me cuentan lo que ocurre en la actualidad. Todo es una desgracia. Ni por asomo Platón hubiera estado contento con la situación de nuestros días, se hubiera deprimido como me deprimo yo al mirar al exterior. En ninguno de los casos me gustaría estar escondido a solas –ni siquiera en compañía–, pero a veces diría que mejor estar en un lugar solitario que estar con lo que hay en la calle, cuyo nombre mejor no recordar.

No soy cristiano. No soy creyente. No soy católico, ni practicante. Pero sé que siempre se ha distinguido en la religión tres tipos de mundos: el terrenal –en el que vivimos los que me están leyendo y yo, que estoy escribiendo–, el celestial –el cielo, con sus ángeles y todos los complementos que la Iglesia le pone– y el infernal. Éste último –el infernal– es infernal por muy diversos motivos, pero todos apuntan al mismo sentido: a la sociedad de hoy en día, la que, por desgracia, me ha tocado –nos ha tocado– vivir, ésa a la que el mundo y el futuro les da igual.

Nunca pensé que diría esto, pero casi preferiría ser católico practicante y que lo que todos éstos dicen de que hay un mundo superior al nuestro que nos supondrá la felicidad eterna después de la muerte fuera verdad. De otra manera, y como dice Juan Carlos Aragón –a quien muchos, evidentemente, no conocerán porque es un letrista de carnaval, carnaval de Cádiz, en su comparsa La banda del Capitán Veneno–, como el cielo no exista, cuando no resista la vida en la Tierra sólo habrá el infierno.

La verdad es que no me sorprende que lo que dicen que Dios creó en seis días –el mundo– se eche a perder por culpa de los que parecen haber salido de la nada el séptimo día, en el que Él estaba descansando. ¿No es así? Quizá. ¿Y si lo es?

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