Los Elegidos 22 (Culpa)

     A su lado estaban el Tico, era el jefe de la banda, el joven que le había cortado el paso cuando se conocieron. La  banda estaba conformada por jóvenes de entre 16 y 19 años, todos con aspecto andrajoso y sucio. Eran Tiburcio, Chelo y el Babas.

     – Mañana será la bronca. –dice el jefe, Tico.

     – Esos cabrones nos la van a pelar. Quieren chingarnos nuestro territorio,

     pero les vamos a partir su madre. –grita Tiburcio.

     – No les quedaran ganas de meterse con nosotros -dice sonriendo, Chelo.

El Tico saca de sus andrajosas ropas, unos carrujos de marihuana, dándole uno a cada integrante de la pandilla, como dispuestos a hacer un pacto ante la guerra de pandillas que se avecinaba. Enciende el carrujo de todos. Todos lanzan gritos en sentidos diversos, como una locura emocional. Liberaban sus temores a través de los gritos, desalojaban su miedo ante el enfrentamiento.

 

     A paso lento, Cindi se retira del grupo acariciando el arma, fumando la droga, tocando casi estupefacta ante la pistola que llevaba en sus manos. El frío del metal la ponía en estado de ansiedad. Le atormentaba estar lejos de casa, pero a la vez sentía la profunda necesidad de no regresar jamás. ¿Por qué? solo ella lo sabía. Quizá la soledad, la incomprensión, o algo más doloroso aún… el recuerdo de su hermana.

      Sentía parte de culpa por la muerte de su gemela, creía haber cooperado con la soledad de Candy, con la amargura, el egoísmo, ¡sí!. Eso es, el egoísmo. Ese que la orillo a cortarse la vida, fue una egoísta… No.  Lo estaba pensando solo para evadir su culpa, trataba de culpar a su hermana para salir limpia del pecado, así como lo hizo Pilatos. ¡No!, tenia que pagar por su parte de culpa así fuese mayor el castigo, no volvería jamás a casa.

 

     Tantas cosas cruzaron por su cabeza en ese momento que al sentir sobre sus manos el frío del metal del arma, le daban deseos de… ¡Dios mío! sería capaz de definir el último paso en el camino de ésta vida. Ella no podía terminar como Candy, no, ella no.

     La soledad y amargura se le acumulaban en ese instante que le escurrieron las lágrimas y en un acto de decisión final, lleva el arma en ambas manos encañonándose a su frente. Al fin los recuerdos la dejarían en paz, la aterradora culpa se esfumaría como ella misma; esa brisa nocturna acariciaría por última vez su rostro donde se secaban las lágrimas amargas. Aquella vez, sería la última vez de muchas cosas.

     De pronto alguien la sostiene del hombro y vuelve hacía él…

     – No te salgas del camino –menciona el joven de barba cerrada.

Cindi reacciona bajando el arma, clavando su mirada en los ojos luminosos de aquel joven, su perseguidor.

     – ¡Otra vez usted! Déjeme en paz.

     – ¿En verdad conoces la paz? La paz esta con nosotros.

Se aproxima a ella casi abrazándola, aprisionándola contra la pared.

     – ¡Déjeme!

Continuará…

Autor: Martín Guevara Treviño

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