Los Elegidos 19 (vida sin sueños)

Se mira al espejo atenta, observando sus ojos verdes y su pálido rostro, cada vez más desmejorada. Había cubierto sus ojeras con maquillaje, por lo cual ya no se notaban, pero aun quedaban sus ojos llenos de tristeza. Abre un cajón del tocador, topándose con el diario de su hermana. Lo toma con delicadeza, dudando en abrirlo o dejarlo en su lugar. Lo contempla y acaricia. Lo abre y lee:

 

Siempre que llego a casa,

 la nostalgia me envuelve,

la soledad se apodera del momento.

Y la vida se escapa sin pensar.

 

     Los ojos de la joven se llenan de lágrimas y sigue sin parar de leer. Cada vez se daba cuenta de los sentimientos de su hermana, era un ser tan distinto. Cindi se echa a llorar abrazando el diario de su gemela.

*                                       *                                       *

     En la cocina, tía y sobrina discutían por el único tema que las hacía reñir: Poncho.

     – ¡Sé la historia, tía!

     – ¿De qué hablas?

     – De mis padres. De tu amor frustrado.

     – ¿Qué estas diciendo? –se mostraba nerviosa la anciana.

     – Estas amargada por que mi padre nunca se fijo en ti. Prefirió a mi madre.

     ¡Tú eras horrible, fea! ¿Cómo querías que mi padre se fijara en un monstruo?

     Mi madre era más joven y por lo tanto más bella.

     – ¿Por qué dices eso? –se le quebraba la voz a Felipa.

     – Por que es la realidad. Cuando mis padres murieron debí haber ido a un

     orfanato, y no estar aquí, de criada. ¡De gata!

     – Es un trabajo honrado. ¿A caso te avergüenzas?

     – Sí. Me avergüenzo de esto. Nada más mirando a los patrones que lo tienen

     todo. Y nosotras no salimos de donde mismo. De malditas sirvientas esperando

     el grito del amo.

     – Te di lo que estaba a mi alcance. –regaña la anciana Felipa.

     – Pues fue muy poco. Con Poncho tendré todo lo que he soñado. Dejaré de ser la  sirvienta, para ser la señora de la casa.

     – ¡Escuincla! por favor. ¿Qué te puede dar ese mal viviente?

     – ¡Hablas de envidia! –estalla- Porque a mi si me quieren, y tú… mírate al espejo. Estas vieja y acabada. ¿Pensabas que el amor te llegaría después? Ahora menos.

     – ¡Malagradecida!

     – ¿Y de qué te voy a agradecer? De esta vida de carencias, de una vida sin sueños, partiéndome el lomo para unos ricos.

     – Son buenos.

     – Son unos malditos. Los odio por que ellos lo tienen todo.

     – Gracias a Dios tienes lo indispensable.

     – Ya no sé si exista Dios.

La joven comienza a llorar saliendo de la cocina y tropezando con la señora Brianda en la sala. La señora iba llegando a la casa, vestía un traje  de marca en color blanco.

     – ¿Qué te sucede?

     – Nada, señora. Es solo una basura que se metió en mis ojos.

Sin tomar importancia, Brianda sube las escaleras y al pasar frente a la puerta del cuarto de Candy, se detiene al mirar la llave pegada a la cerradura.

Continuará…

Autor: Martín Guevara Treviño

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