Venancio «El Errante»: Sobre el dinero y sus quehaceres (I)

Venancio siempre fue un tipo peculiar que malvivía por las calles de un pequeño pueblo llamado Bullas. Al principio era mal visto por los vecinos de aquella localidad, ya que su aspecto sucio y desaliñado, le daban un aire de tipo duro y peligroso. Pero poco a poco los vecinos lo fueron aceptando, porque Venancio era muy bueno y al hablar con él se notaba que en otra época había sido una persona ilustre, pero ahora vivía como vagabundo. A sí que poco a poco formó parte del grupo de personajes peculiares de Bullas, entre los que se encontraba el Muigui, el Miguel de la casa Alta, el Chelas y Venancio, apodado el errante.
Venancio, el errante, vestía unos pantalones de pana verde y una camisa a cuadros. Unos cabellos foscos le colgaban desde la cabeza hasta bien entrada la espalda mientras que una barba grisácea adornaba su viejo rostro. La ropa la había conseguido gracias a las gestiones de Doña Concha, la administradora de “Caritas”, que siempre se mostraba generosa y atenta con los indigentes. Venancio, el errante, solía pasar las tardes sentado en cualquier banco del parque y por las noches, cuando el frio glacial del invierno azotaba las calles de Bullas, encontraba refugio bajo cualquier portal que los vecinos dejaban abierto para él.
El hecho de que le llamaran el errante, era porque cuando no estaba sentado en el parque, se dedicaba a recorrer el pueblo de arriba abajo empujando un carro de la compra donde guardaba los tesoros que iba recogiendo. Años más tarde, cuando Venancio, el errante, lo hallaron muerto en el banco que él siempre frecuentaba, se creó la leyenda de que en aquel carro había una verdadera fortuna valorada en varios de millones, pero eso sólo era una leyenda.
El caso es que un día se encontraba paseando por las calles cuando sus ojos se fijaron en un extraño papel que había en el suelo. Su mirada, castigada por los años, le obligó a acercarse demasiado hasta aquel extraño bulto. Se trataba de un billete de cien euros. Cuando notó el tacto del billete entre sus dedos sintió como le palpitaba el corazón. Entonces pensó en las grandes posibilidades que le ofrecía aquel hallazgo. Eran tantas que no sabía qué hacer con ese dinero.  En un primer momento se planteó en gastárselo todo en vino, total, era su principal afición y lo que más le gustaba, ¿por qué no hacerlo? Pero recordó que el vino lo obtenía gratis de las bodegas, ya que siempre le obsequiaban pequeños toneles de cinco litros de tintorro para echárselo al cuerpo. Las gentes de este pueblo eran realmente generosas. Otra idea fue la de comprarse un traje, pero luego la rechazó pues también la ropa la conseguía de forma gratuita gracias a Doña Concha. Y si me pegara un buen festín a base de marisco, pensó, pero también denegó aquella idea, pues Venancio, el errante, sufría de gota y el marisco no haría más que de fastidiarle los días. El caso es que no tenía ni idea de lo que hacer con ese dinero, a si que se lo guardo en uno de los bolsillos y esperó a que se le ocurriera una forma en la que gastarlo.
Continuará….

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