Presagio (parte XVIII)

A partir de aquel día, Eduardo intimó profundamente con su amiga Estefanía, y en pocos meses, su intimidad llegó hasta tal punto, que se estrecharon entre sí en un abrazo sin fin revolcados sobre la cama que otrora había pertenecido a don Arnaldo y que ya era completamente propiedad de su hijo. De aquel abrazo surgió un amor incomparable que les llevó a utilizar toda la fortuna que el chico había heredado de su padre para decorar completamente la casa con un nuevo estilo, para contratar limpiadoras que se encargaran de quitar todo el polvo que originaban tantos muebles en una casa tan grande, y para trasladar, una vez cumplida la mayoría de edad, las pertenencias de Estefanía a la gran casa.

Desde entonces, vivieron juntos como pareja y acaecieron en su intimidad multitud de momentos maravillosos, de esos que llenan de alegría hasta al que escribe un pequeño relato, por insignificante que éste sea, como me llena de alegría ahora mismo el hecho de verlos acurrucados en la cama, bajo las mantas, rozando sus cuerpos y besándose en los más ocultos deseos.

Todo fue normal, todo aconteció como tenía que acontecer. Los dos jóvenes terminaron de estudiar en el instituto Manuel Fontana e iniciaron sus carreras. La vida de estudiante universitario siempre fue mejor. Tuvieron más tiempo para sí mismos, más cosas nuevas que contar, al ser cada uno de una rama diferente, más debates intelectuales que a Edu ya empezaban a inquietar, después de haber llevado una vida sin tertulias intelectuales. Siempre tuvieron hueco para ir de viajes en las breves vacaciones de navidad, para irse de fiesta cuando ello era lícito, es decir, cuando había motivos para hacerlo. En definitiva, una vida mejor que la que cabía esperar de un chico que acaba de perder a su madre y descubre en cuestión de semanas que su propio padre era el responsable de todas las injusticias cometidas.

No volvieron a contratar a ningún mayordomo, no les hacía falta porque disfrutaban aprendiendo cosas nuevas en la cocina, averiguando cómo hacer diferentes comidas, cocinando variedades distintas cada día. Fue una experimentación que les hizo felices y les ayudó a aprender mucho más que lo que hubiera sabido un buen cocinero.

Y por supuesto, Eduardo siempre tuvo a su cargo todas las ganancias que reportaban la empresa que había formado su padre desde sus inicios, y que ahora era una de las más ricas de su campo. Una empresa inmobiliaria a cargo de un chico de veinte años, una bomba de dinero en su bolsillo por el resto de su vida. Sólo tendría que aprender a manejar las cuentas, pero para eso, como le sobraban los fondos, contrató a alguien que de verdad supiera hacerlo. Se llamaba Martín, y enseguida tomó gran confianza con su jefe, tanta que iba a su casa a trabajar desde el ordenador portátil, y se quedaba con la pareja feliz a la hora del almuerzo. No obstante, nunca les faltó intimidad a los entonces dueños de la casa, y todo fue sobre ruedas.

(Continuará…)

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