Los Versos de Oro – José Hierro

Doy la bienvenida a todos los que seguían, desde antes de su desaparición durante el período vacacional de las navidades, este título, los Versos de Oro que publicaba cada viernes en este pedacito del mundo que, a muchos, nos sirve de consuelo, de alegría, de medio de vida literaria frente al caos en que vivimos. Hoy voy a inaugurar la segunda temporada de los viernes poéticos de este blog con un soneto que me ha dado vida y me ha abierto los ojos con el simple hecho de haberlo leído. Motivos personales, ajenos a mi voluntad, me alejan de la escritura en estos días que corren. Motivos aparte, me refiero a asuntos de universitario, también. Corren los días de exámenes y entregas de trabajos finales de mediados de curso, por muy paradójico que resulte al oído o al buen ver del grueso de los lectores, pero así es, mil disculpas.

Siempre hay cosas que agradecer a la gente, siempre habrá una persona, por insignificante que pueda parecer en algún que otro momento, a la que le debemos algo, incluso la vida en ocasiones. Hoy bien podría hablar de una persona, pero no voy a nombrarla ni voy a hablar de ella, tan sólo me voy a limitar a decirle, desde aquí, que le agradezco con creces haberme descubierto ciertos fragmentos del inmenso mundo literario, entre el que se encuentra este gran soneto que vamos a leer más adelante. José Hierro, poeta donde los haya, maestro, también, donde nunca los hubo. El nombre de José siempre estará, por muchas razones, algunas que no tienen nada que ver con este poeta, en mi corazón. Pero hoy lo voy a dedicar por completo al que le corresponde.

Un soneto, sin duda, espléndido el que vamos a leer hoy. No sé qué impresión tendrán los presentes acerca de la poesía de Pepe Hierro, pero a mi parecer, es uno de los mejores poetas del último siglo, junto con el gran Ángel González y Luis García Montero. Y el poema de hoy no requiere ningún comentario: es la vida, sólo la vida, nada más que la vida, y todo lo que rodea a la nada, una nada que lo llena todo…

No voy a alargarme demasiado, voy a dar ya el punto final a este comentario de hoy y voy a dejarles que lean el poema. Espero que lo disfruten, puesto que es una verdadera joya, lo digo de corazón y a conciencia de lo que hago. Y sepan disculpar las demoras en todas y cada una de las pequeñas, diminutas, minúsculas secciones de este gran blog, de este gran hueco del mundo, de esta media vida que está en coma en mi parte, como un folio en blanco, como un desierto, como la nada.

VIDA

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.

Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!».
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!».
Ahora sé que la nada lo era todo,
y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.

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