Asesinato a doble espacio (Capítulo 6)

Bar de corazones rotos.

Las noches en vela son un claro presagio de que al llegar el alba, el día será muy duro.
Jhonny Bourbon no había pegado ojo en toda la noche. Después de la entrevista con Julia Reís, Jhonny Bourbon se sintió el hombre más solitario del mundo. Ante esa situación, él sólo conocía un antídoto para erradicarla y era la barra del “Happy Duck” un bar solitario donde pintores, poetas y el resto de los mortales ahogaban las penas en alcohol.
Su rostro era iluminado por las farolas en la noche. Mientras caminaba, empezó a llover. Las gotas de lluvia golpeaban su cuerpo con furia y él las recibía con entusiasmo fugaz.
A esas horas la calle estaba desierta y mientras recorría aceras y fondas, creyó adivinar el sonido de un saxofón entonando la “Backer Street”. Fue en ese momento cuando la melancolía y la sed, adquirieron su nota máxima.

Al entrar al “Happy Duck” pudo sentir el calor que producen los problemas ajenos. Un grupo de hombres languidecían a lo largo de la barra con la cabeza cabizbaja y con olor a humo en la ropa. No se escuchaba música, pues no la había. Tan solo el ronroneo del ventilador. Fugaces episodios de tos, asma y frío en el alma, dotaban al bar de un toque místico y deprimente.
Jhonny Bourbon fue a parar a uno de esos taburetes de cuero rojo que en años mejores fueron el “no va más” de la moda y ahora se veían obligados a cargar con todo el peso del mundo y a consumir las colillas del tiempo. Las mesas estaban vacías.

A su derecha, una Damisela de corte clásico apuraba la ginebra de su vaso. El maquillaje apenas conseguía ocultar las heridas del tiempo y sus recuerdos la traicionaban con una mano derecha en la que nunca pudo colocar el letrero de mujer casada y con hijos.
Jhonny Bourbon encendió un cigarro y llamó al camarero. Este era menudo, portando un bigote salpicado en hebras blancas. Su mirada transmitía el tenue matiz de “no me importan tus problemas pero sabré escucharte”. Jhonny pidió un vaso de Bourbon.
Al sentir el sabor a malta recorrer su garganta, se dejó llevar a un instante de sensaciones, de los que sólo volvía para dar una nueva calada a su cigarro.

Al rato de llevar unas cuantas copas y sentir como se caldeaba su cuerpo. Un hombre se sentó junto a él en la barra. Jhonny le observó por unos instantes. Era larguirucho. El azul cerúleo de sus ojos contrastaban con un rostro adusto y perverso, pero sus movimientos eran dulces y tranquilos. Jhonny Bourbon creyó estar ante una gran contradicción de individuo.

– Un mal día ¿Eh?-Dijo el hombre que acababa de entrar.
– Yo lo clasificaría mejor como una mala vida.
– Te entiendo, yo estoy en la misma situación. ¡Esta vida es muy puta! ¡Camarero un Vodka con Limón par mí y otro Bourbon para mi amigo!
– ¿Le conozco?
– Claro que no –dijo blandiendo una media sonrisa.- somos dos personas completamente desconocidas que por algún extraño motivo hemos sido víctimas del destino y ambos hemos tenido el valor de entrar en esta inhóspita fonda para ahogar las penas en alcohol. Aunque si lo prefiere puede decirme su nombre. Yo le diré el mio, así seremos un poco menos desconocidos y nuestras penas se irán disipando conforme nuestra conversación se torne a temas menos mundanos, con el calor que desprenden dos buenos amigos. Mi nombre es Paco, aunque hubo un tiempo en el que todos me conocían como Paco “El potro de la venta el pino”.
– Encantado. Mi nombre en Jhonny Bourbon. Soy detective privado. Estoy totalmente perdido en un caso y esta noche me he enamorado de la principal sospechosa.-Aquel individuo transmitía tanta confianza que Jhonny no dudo en mostrarse totalmente sincero con él.
– Enamorarse es algo muy peligroso amigo mío. Pero no podemos hacer nada ante eso. Los hombres somos unos sentimentales y unas mierdas, pero aquí estamos…
– Sí. Oye, y ¿Qué es eso del “Potro de la venta el pino”?
– Digamos que era el nombre que tenía en otra época. En los tiempos en lo que todo era una fiesta y yo una maquina de dar hostias.
– ¿Acaso era usted sacerdote?
– Jeje, es la primera vez que alguien me ve como un sacerdote. Es usted un buen tipo. Era boxeador. Fue hace trece años, yo era un chaval con mucha furia y encontré en el ring el lugar idóneo para descargarla. Al principio solo luchaba por diversión, pero un día, un patrocinador se interesó por mí y lo convertí en una forma de ganarme la vida.  En ese mismo momento mi vida se convirtió en una carrera contrarreloj hacía el éxito. Tenía dinero, mujeres y un gran número de personas deseando hacerme la pelota.
– ¿Y qué pasó?
– Pues un mal día estaba con unos amigos tomando unas copas en un bar. Entonces llegó un hombre buscando pelea. Yo tenía prohibido buscarme líos fuera del ring y aquel tipo estaba buscando una buena paliza. Empezó a meterse con nuestras mujeres y allí exploté. Le di un fuerte puñetazo en la carra y este se desplomó en el suelo. Al ser conciente de que había perdido el control y le había golpeado tuve que darle un fuerte golpe a la pared para descargar toda la rabia que tenía acumulada. Me rompí tres dedos de la mano y con ese golpe puse fin a mi carrera. Desde entonces todos me fueron dando de lado, mi mejor amigo se fugó con mi mujer y el dinero se lo comieron las facturas. Pero bueno, eso fue hace mucho tiempo y ahora no me puedo quejar. He aprendido que la vida es muy bonita y más bonita todavía si la miras tras un vodka con limón. ¡Camarero, dos copas más! ¿tiene alguna pista sobre su caso?
– Solamente una especie de inscripción y varias sospechas sobre una mujer.
– ¿Una inscripción?
– Si, una especie de escrito que el asesino dejó sobre la victima.
– ¿Y que dice?
– Era algo como…“Nadie es una isla, completo en sí mismo”
– ¡Ah sí, conozco esa frase!
– ¿De veras?
– Sí. ¿Ha leído usted a Hemingway? Sí, no me mire así. Cuando lo perdí todo, dedique mucho tiempo a la lectura y Hemingway era uno de mis autores favoritos. Esa frase la podrá usted encontrar en algunas ediciones de “Por quién doblan las campanas”. Aunque la frase no era de Ernest Hemingway si no de John Donne. Hemingway la escogió para dar titulo a su novela. Le recomiendo que investigue en ese libro, pues la frase es más larga aunque yo no la recuerdo con exactitud.
– Señor, acaba usted de revelarme un enigma. ¿Qué puedo hacer para agradecérselo?
– ¿Qué tal un par de copas más?
– Eso está hecho.

Las copas se prolongaron hasta altas horas de la noche. Lo que había empezado como un recital de penas, se había convertido en una exquisita mezcla de risas y bromas. Jhonny Bourbon encontró en aquel exboxeador la terapia que necesitaba para sus penas. Porque aquel hombre no estaba acabado, ya que su misión en el mundo era hacer que los demás se sintieran felices. Despidieron la noche con el penúltimo trago, ya que por mutuo acuerdo decidieron juntarse más a menudo para beber. Bautizaron ese momento como “Un Humprey” en honor a la escena de casa blanca en la que Humprey Bogart estaba derrotado ante la barra con una botella de Whisckey y le contaba las penas a Sam.
Los dos se despidieron con “Creo que este es el comienzo de una bonita amistad”.

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Había amanecido y Jhonny Bourbon se encontraba en las puertas del Hipódromo con los ojos sanguinolentos. Se sacó del bolsillo una pastilla de Ibuprofeno y la engulló con ahíto. Aquellas píldoras se habían convertido en sus aliadas tras las noches de jolgorio. La lluvia había desaparecido y el olor a tierra mojada inundaba el ambiente.
Por primera vez en todo el caso, tenía algo a lo que agarrarse. Sabía de donde provenía la frase hallada en el cadáver y por la tarde le darían el resultado de los análisis hechos a la telilla roja que halló en el borde de la ventana del señor Buendía. Aquel favor le había costado dos cajetillas de cigarros y una botella de ginebra Bols. Ahora se disponía a investigar en el despacho que el señor Buendía tenía en el hipódromo.

No le costó mucho trabajo colarse en el interior de las instalaciones. Aquella mañana no había carreras y la vigilancia era más bien escasa. Atravesó las cuadras, donde el olor a tierra se mezclaba con la paja y el estiércol. Al llegar al final de las cuadras, una puerta conducía a unas escaleras de caracol que ascendían al piso superior. Emprendió la subida a gran velocidad mientras las escaleras temblaban a cada paso que daba.
Una vez en el piso superior, el pasillo se ensanchaba. Las paredes estaban empapeladas de color ocre mientras la moqueta, de matices granates, daban a la estancia un toque muy “Español”. Mientras avanzaba, pasó por delante de varias puertas pero ninguna indicaba el nombre de Antonio Buendía. Llegó al final del pasillo y encontró lo que buscaba. Estaba ante el despacho del señor Buendía, pero la puerta estaba abierta y Jhonny Bourbon echó mano de su vieja Mágnum por si las cosas se ponían feas.
Empujó la puerta con un pie y el despacho quedó al descubierto.
Todo estaba patas arriba, por un instante se imaginó como debería haber sido la estancia antes de que nadie la saqueara. Una gran ventana dotaba a la habitación de una agradable luz natural que contrastaba con las diáfanas maderas de los muebles de roble. La moqueta, aterciopelada, se extendía por toda la habitación. Estaba llena de libros abiertos. Jhonny observó las estanterías vacías y pensó que antes, los libros deberían estar colocados de forma piramidal, tal y como el Señor Buendía los tenía colocados en el estudio de su mansión.
Después de echar una ojeada a los alrededores se tranquilizó al no observar ningún movimiento. Volvió a guardar su revolver y se dispuso a investigar el despacho. Se acercó hacia la mesa principal y tuvo que frotarse los ojos ante la visión que tenía delante. Un hombre yacía en el suelo gravemente herido, se acercó un poco más y comprendió que aquel tipo sólo le quedaban  unos instantes de vida.

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