Albert Camus: Discurso de Suecia

La segunda Guerra Mundial había terminado y un simplismo atroz pretendía reducir los conflictos de la humanidad en dos únicas opciones: el capitalismo o el socialismo, la burguesía o el proletariado, el idealismo o el materialismo, el elitismo o el compromiso.. Albert Camus(1913-1960), francotirador empecinado, se alzó entonces contra todos los esquemas. Tras asumir su condición de «pied noir» -argelino para los franceses y francés para los argelinos-, señaló el absurdo de las definiciones absolutas y proclamó la rebelión como forma de vida permanente. Su obra La Peste, publicada en 1947, incomodó tanto a a derecha como a la izquierda, menos a sus anónimos lectores, que se multiplicaron por millones, en todas las lenguas y latitudes. En 1957, fue connsagrado con el Premio Nobel, pero él no se inmutó. Hasta confirió a su propia muerte con un simbolismo extremo: su coche se estrelló contra un árbol, en una curva de la ruta de Yonne. Hoy, cuando algunos proclaman «el fin de las ideologías», Camus nos vuelve agitar las conciencias con este valioso fragmento de su discurso de Estocolmo, en 1957:
“Probablemente todas las generaciones creen tener la mision de regenerar al mundo . La mia, empero, sabe que no realizara esta mision. Pero su tarea quiza es mas ìmproba, pues consiste en evitar que el mundo se destriya a si mismo. Como heredero de una historia corrompida en la que alteranan las revoluciones abortadas, las tecnicas equivocadas, los dioses muertos y las ideologias caducas, en la que las potencias de segunda fila pueden destruirlo hoy todo, pero son incapaces de conquistar a nadie, en que la inteligencia se ha rebajado hasta el punto de convertirse en servidora del odio y la opresion, esta generacion, que como unico punto de partida tiene en sus propias negaciones, tiene que establecer de nuevo, dentro y fuera de ella, algo de lo que constituye la dignidad de la vida y de la muerte. Enfrentada con un mundo amenazado por la desintegracion, en el que nuestros grandes inquisidores pueden establecer de una vez para siempre los reinos de la muerte, esta generacion sabe que, en una especie de loca carrera contra el tiempo, tiene que restaurar entre las naciones una paz no basada en la esclavitud, reconciliando nuevamente el trabajo y la cultura y reconstruyendo con ayuda de todos los hombres del Arco de la Alianza.

No es seguro que pueda llegar a cumplir esa tarea inmensa, pero sí es seguro que a lo largo de todo el mundo hace ya su doble apuesta por la verdad y por la libertad, y que, si llega el caso, sabrá morir por ella sin odio. Es esta generación la que merece ser saludada y estimulada en todas partes, y sobre todo allí donde se sacrifica. Seguro de que estaréis en profundo acuerdo conmigo, es en esta generación, en todo caso, en la que quiero hacer recaer el honor que ustedes me han concedido.

Lo dicho hasta aquí supone, a la vez que resaltar la nobleza del oficio de escribir, poner al escritor en su verdadero lugar, sin otros títulos que los que comparte con sus compañeros de lucha: vulnerable pero obstinado, injusto y apasionado por la justicia, construyendo su obra a la vista de todos, sin vergüenza ni orgullo, siempre en tensión entre el dolor y la belleza, y destinado, en fin, a extraer de su doble ser las creaciones que obstinadamente trata de edificar en el movimiento destructor de la historia. Dicho esto, ¿quién podría esperar de él soluciones redondas y hermosas moralejas? La verdad es misteriosa, huidiza, y siempre está por conquistar. La libertad es peligrosa, tan apasionante como difícil de vivir. Nosotros debemos marchar hacia esos dos objetivos, penosa pero resueltamente, sabedores de antemano de los desfallecimientos en que caeremos durante tan largo camino. ¿Qué escritor osaría entonces, con buena conciencia, erigirse en predicador de la virtud? En cuanto a mí respecta, tengo que decir una vez más que no soy nada de todo eso. Nunca he podido renunciar a la luz, a la dicha de existir, a la vida libre en la que he crecido. Pero, aunque esta nostalgia explique muchos de mis errores y de mis culpas, debo decir que me ha ayudado a comprender mejor mi oficio y que me ayuda todavía a mantenerme ciegamente junto a todos esos hombres silenciosos que sólo pueden soportar en el mundo la vida que se les depara gracias al recuerdo o al retorno de breves y libres momentos de felicidad».

2 comentarios en “Albert Camus: Discurso de Suecia”

  1. Para hablar de Camus hay que ser poeta, y yo no lo soy. Pero si puedo asegurar llegado el caso, que por SU CULPA me es imposible creer en la desaparición absoluta y total de ciertas personas, cuando en su cuerpo fisico deja de latir el corazon; Seria muy largo de contar. saludos. CONCEPCION FLORE.

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  2. simple y sencillamente el escritor más grande del siglo XX, hay una frase que me llevaré a la tumba de ese discurso de 1957: «uno no puede ponerse del lado de los que hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen»

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