Todos mecían la caja fúnebre en dirección al coche que lo transportaría hacia el lugar donde el difunto descansaría por toda la eternidad. Ninguno de los que allí estaban hablaba una sola palabra mala sobre el hombre grosero y peligroso que en vida fue. Todos se miraban, en silencio, y cuando una palabra escapaba de la boca de alguien, siempre era para elogiarle, y siempre se veía correspondida por una consciente mirada de aceptación.
Cada enemigo que en vida tuvo, y que todos creían que permanecerían presentes en la memoria del difunto, se había desvanecido. Nadie diría que ese señor vestido de negro, con gafas de sol y un bigote que rodeaba su boca, llorando con desconsolación, era la persona que siempre estuvo pisándole los talones por cada antro que el difunto pisaba. Entre la vida y la muerte, en ese infinito paso que marca el principio del fin, todas las opiniones, además de las que tendría uno sobre sí mismo, se ven sometidas a un involuntario y radical cambio.
“La muerte abre la puerta de la fama y cierra la de la envidia”.
Lawrence Sterne
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