Textos para el Alma: En otro idioma (parte II)

Las lenguas no sólo sirven para comunicarse sino también para trazar fronteras.

El idioma contribuye a definir a las personas y que el saber dominar uno, el propio, ya es más que suficiente.  Es por esto que les inquietan los que insisten en escribir en otro con fines no meramente prácticos. 

El buen lingüista francés Somerset Maugham entendió muy bien esta actitud. Él creía que esforzarse por adquirir más que los rudimentos de un idioma extranjero (sabía inglés además de francés) era perder el tiempo, sobre todo si uno había nacido británico e «insular». Los nativos, advirtió Maugham, habían «absorbido con la leche materna» secretos ancestrales que ningún intruso foráneo lograría descifrar jamás.

Claro está que las cosas no son tan sencillas como creían Maugham, el español Luis Cernuda y la abrumadora mayoría de los escritores habidos y por haber que, como Mario Vargas Llosa, sospecha que intentar cambiar de idioma es, bien, antinatural. Sus reparos, no obstante, desde tiempos lejanísimos no han dejado de asomarse personas que, por algún motivo u otro, hayan procurado refutarlos.

La lista de los conversos idiomáticos incluye  desde Livio Andrónico, esclavo de origen griego cuya traducción de la Odisea originó la poesía épica latina, hasta una hueste creciente de autores como Conrad, Koestler, Beckett, Ionesco, Cioran, Groussac, Shand y Syria Poletti. Todos ellos conforman la vanguardia de un ejército que cobrará grandes proporciones y que modificará todas las lenguas del mundo, eliminando algunas y «desvirtuando» otras.

Los medios de comunicación (Internet como uno de ellos) están tejiendo en torno al mundo una red tan espesa que son cada vez más los escritores dispuestos a probar suerte en una lengua distinta de la materna, por lo general inglés pero también el castellano y el francés.

Con todo, aunque las grandes lenguas «internacionales» tienden a atrapar escritores de lenguas «menores», la idea de que el idioma debería servir para diferenciarse y para enriquecer lo de cada uno manteniéndolo a salvo del manoseo ajeno es tan fuerte, que el gaélico irlandés está disfrutando un auge modesto y el catalán ha conseguido privar al castellano de poetas de la talla de Pere Gimferrer.

El que algunos escritores hayan sabido «cambiar de idioma» para entonces superar el uso de su nueva adquisición a casi todos los nativos no quiere decir que los escépticos se equivocaron. Estos tienen razón al afirmar que un nómada lingüístico jamás penetrará hasta aquel trasfondo íntimo del idioma que tanto fascina a todos cuantos creen que la palabra es más que un útil coyuntural. Aunque esta convicción puede considerarse romántica, mística o incluso chamanística, todos los escritores la comparten porque, de lo contrario, la creación literaria carecería de sentido.

Ahora bien, hay que destacar que hay zonas en las que el intruso no podrá llegar y no podrá violar porque ya le es tarde. Lo que sí puede hacer es aprovechar lo que resta, que es mucho: nadie criticaría a Conrad porque a pesar de ser uno de los grandes novelistas de Inglaterra nunca logró captar aquellas misteriosas escencias que le habrían permitido metamorfosearse en un inglés cabal.

(Continuará).

Deja un comentario