Por razones que podríamos calificar de fisiológicas, a cierta edad (diez años, quizás), el cerebro y la boca se hacen más rígidos: a partir de entonces, hasta el más talentoso y diligente será incapaz de manejar un idioma “nuevo” con la soltura del nativo.
Hay distintos niveles de memoria: cuanto más viejos seamos, más precarios serán los conocimientos recién adquiridos: todos somos capaces de recitar con facilidad versos aprendidos en el colegio primario aunque no hayamos pensado en ellos después, mientras que otros repetidos con tesón en la madurez se desvanecen en pocos meses.
Así, pues, a quienes tratamos de escribir en un idioma que no nos haya sido servido como “la leche materna” o el sustituto pasteurizado en boga, no nos es dado ser más que travestis de la lengua que se expresen de una forma que nos es extraña. Antes de salir a la calle, nos es necesario prepararnos con cuidado y, una vez en ella, no podemos bajar la guardia.
Como dijo el argentino Héctor Biancciotti: “cada vez que me pongo a escribir tengo miedo, miedo de cometer una falta, por ejemplo…”, peligro que no suele preocupar demasiado a los nativos, por enmarañada que sea su sintaxis o pobre su vocabulario. Los nativos saben que aunque se les desnudara el público, quitándoles la ropa y el maquillaje, los asaltantes no descubrirían nada de interés.
En cambio, quienes empleamos otro idioma como instrumento literario (o, si se prefiere, subliterario), raramente podemos dominar por completo el temor tradicional a ser denunciados como impostores.
(Continuará).
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