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	<title>Librosylibretas.com &#187; intriga</title>
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	<description>Blog de literatura, libros y anotaciones</description>
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		<title>Presagio en E-book</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Feb 2009 12:53:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorge.andreu</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Buenos días a todos. Escribo muy brevemente para dar una noticia: el relato Presagio, que estuve publicando por partes en este blog, está disponible en formato pdf, así como impreso, en Bubok. El e-book es totalmente gratuito, y el formato en papel cuesta sólo el coste de producción, pero no recomiendo este último, porque hay [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><p>Buenos días a todos. Escribo muy brevemente para dar una noticia: el relato Presagio, que estuve publicando por partes en este blog, está disponible en formato pdf, así como impreso, en <a href="http://www.bubok.com/">Bubok</a>. El e-book es totalmente gratuito, y el formato en papel cuesta sólo el coste de producción, pero no recomiendo este último, porque hay algunos problemas con las medidas y puede que os llegue a casa con defectos: es mejor que, si queréis, os descarguéis el pdf. Completamente gratis, pues ya está aquí el relato íntegro publicado, así que sería una tontería ponerle precio. En fin, sólo era para decir eso. Espero que les interese y que se pasen por mi <a href="http://jorgeandreu.bubok.com/">espacio de escritor</a> y echen un vistazo a los libros. Será un honor para mí.</p>
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		<title>Presagio (final)</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Dec 2008 18:43:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorge.andreu</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Han pasado quince años desde que mis padres murieron, cada uno por una causa distinta. En la lista de objetivos de mi madre no estaba el de lanzarse al mundo por un balcón desde un octavo piso, ni en la lista de objetivos de mi padre estaba envenenarse con un vaso de whisky, pero ambos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><p><em>Han pasado quince años desde que mis padres murieron, cada uno por una causa distinta. En la lista de objetivos de mi madre no estaba el de lanzarse al mundo por un balcón desde un octavo piso, ni en la lista de objetivos de mi padre estaba envenenarse con un vaso de whisky, pero ambos terminaron así. Y yo, muy a mi pesar, no pude hacer nada. Más tarde me arrepentí de no haber investigado antes mi sueño en el que veía cómo caía por los aires. </em></p>
<p><em>En los años próximos, me interesé en estudiar psicología y leí una y otra vez las teorías de Freud sobre los sueños y el inconsciente. Escribí un libro sobre el psicoanálisis y la hipnosis con la ayuda de un psicoanalista que conocí en un foro de autoayuda y con el que me cité varias veces para tomar algo mientras hablábamos sobre el tema. </em><span id="more-2549"></span></p>
<p><em>El abogado que defendió a mi padre en aquel juicio fue suspendido de su trabajo y encarcelado. Se lo merecía. Aunque fuera mi propio padre quien le pagaba y a quien habría salvado de la cárcel de haber salido bien la jugada, se lo merecía. </em></p>
<p><em>El inspector Balada mandó en cuanto le dijo aquello el psicólogo a un equipo para registrar la casa de Míchel, pero nadie encontró nada, y el sospechoso juraba que no había robado esa maravilla, porque no era digno de registrarla a su nombre. Le costó sudores fríos hacer creer a los interrogadores que decía la verdad. La policía nunca encontró el libro que había escrito mi madre, y al principal sospechoso lo encarcelaron. Es posible que mantuviera una relación de generosa amistad con Esteban Suárez, no lo sé, pero en cualquier caso, no escapará de aquellas rejas.</em></p>
<p><em>A los años de haber heredado la empresa y la casa de mi padre, vendí la que había sido mía y de mi madre desde el momento de la separación, aunque me dolió, pero era evidente que ya no la necesitaba. Saqué algún que otro beneficio de la venta, y pude permitirme un buen coche, que es el que ahora tengo aparcado en la puerta de mi casa.</em></p>
<p><em>Después de todo el ánimo que me supuso haber adquirido un medio seguro de vida, sufrí una horrible depresión que me llevó a dejar de estudiar la psicología que tanto me había entusiasmado, y aparqué todos los libros de Freud y los apuntes de la facultad a un lado. Estefanía me ayudó muchísimo. Ella y el buen psicoanalista que me había ayudado a escribir aquellos libros. Es curioso como un psicólogo puede caer en una depresión, pero es así. La naturaleza humana, impredecible. Me recuperé y volví a estudiar, pero ya no quise volver a oír hablar de Freud, lo que causó cierto alboroto entre los lectores que buscaban entre mis líneas un medio para llegar a la felicidad. Terminé con la carrera de medicina y me especialicé en medicina forense, ayudando, aunque pocas veces, al inspector Juan Balada a resolver algún caso. Pero, pese a todo, trabajo no me faltó, y dinero tampoco. La empresa que heredé de mi padre continuó siendo mía, pero ya no quise seguir sus pasos y no tocaba nada en lo referente a su funcionamiento. Martín se hizo cargo de ello desde que decidí contratarle, y hoy tiene un salario más que respetable gracias a su aplicación. </em></p>
<p><em>Estefanía y yo tenemos ahora una niña que se llama Bárbara, de tres añitos, guapísima, como su madre, y estamos esperando un varón, al que tenemos pensado llamar Juan, en honor al inspector. </em></p>
<p><em>Hace unos meses iba comprando por unos grandes almacenes y contemplé algo que me dejó petrificado: en la estantería de novedades se encontraba el título más hermoso, más nostálgico, pero sin embargo más robado del mundo. Desde mi carro de la compra, y con mi hija montado en él, pude leer la portada de Memorias de una maltratada, por Emilio Benítez Muñoz.</em></p>
<p><em>Fui a la firma de libros de ese tal Emilio y lo reconocí al instante. Tenía una musculatura mucho más marcada, vestía traje de chaqueta y corbata, zapatos negros, camisa azul claro, le noté las lentillas de color verde que llevaba en sus ojos en origen marrones, tenía la dentadura perfecta, obviamente tras años de ortodoncia, y tenía la nariz y los labios recién operados.</em></p>
<p><em>Quise, por todos los medios posibles, desprenderme de esta idea de mi mente. Pero no lo logré, y por eso escribo esto. Ya no puedo decir nada sobre el caso, estaba cerrado y con Míchel y Esteban como culpables. Quizá no lo fueran. </em></p>
<p><em>Miré fijamente durante el momento de la firma de mi ejemplar al supuesto autor de la maravillosa obra de teatro. Intenté admitir que me había equivocado, y creedme porque lo hice con todas mis fuerzas. Pero era él.</em></p>
<p> </p>
<p>Quizá no merezca la pena decir qué fue de Eduardo a partir de aquellos días. De todas formas, ya no es su vida parte de esta historia. Puede que algún día los que estamos aquí, detrás del papel, detrás de la pluma, seamos capaces de hablar del tema, pero para eso habrá que esperar, no se sabe si eternamente…</p>
<p>FIN</p>
<p><em>© Copyright 2007 de Jorge González Jurado. Todos los derechos reservados.</em></p>
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		<title>Presagio (parte XVIII)</title>
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		<pubDate>Sat, 22 Nov 2008 13:02:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorge.andreu</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[intriga]]></category>
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		<description><![CDATA[A partir de aquel día, Eduardo intimó profundamente con su amiga Estefanía, y en pocos meses, su intimidad llegó hasta tal punto, que se estrecharon entre sí en un abrazo sin fin revolcados sobre la cama que otrora había pertenecido a don Arnaldo y que ya era completamente propiedad de su hijo. De aquel abrazo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><p>A partir de aquel día, Eduardo intimó profundamente con su amiga Estefanía, y en pocos meses, su intimidad llegó hasta tal punto, que se estrecharon entre sí en un abrazo sin fin revolcados sobre la cama que otrora había pertenecido a don Arnaldo y que ya era completamente propiedad de su hijo. De aquel abrazo surgió un amor incomparable que les llevó a utilizar toda la fortuna que el chico había heredado de su padre para decorar completamente la casa con un nuevo estilo, para contratar limpiadoras que se encargaran de quitar todo el polvo que originaban tantos muebles en una casa tan grande, y para trasladar, una vez cumplida la mayoría de edad, las pertenencias de Estefanía a la gran casa.</p>
<p>Desde entonces, vivieron juntos como pareja y acaecieron en su intimidad multitud de momentos maravillosos, de esos que llenan de alegría hasta al que escribe un pequeño relato, por insignificante que éste sea, como me llena de alegría ahora mismo el hecho de verlos acurrucados en la cama, bajo las mantas, rozando sus cuerpos y besándose en los más ocultos deseos.<span id="more-2350"></span></p>
<p>Todo fue normal, todo aconteció como tenía que acontecer. Los dos jóvenes terminaron de estudiar en el instituto Manuel Fontana e iniciaron sus carreras. La vida de estudiante universitario siempre fue mejor. Tuvieron más tiempo para sí mismos, más cosas nuevas que contar, al ser cada uno de una rama diferente, más debates intelectuales que a Edu ya empezaban a inquietar, después de haber llevado una vida sin tertulias intelectuales. Siempre tuvieron hueco para ir de viajes en las breves vacaciones de navidad, para irse de fiesta cuando ello era lícito, es decir, cuando había motivos para hacerlo. En definitiva, una vida mejor que la que cabía esperar de un chico que acaba de perder a su madre y descubre en cuestión de semanas que su propio padre era el responsable de todas las injusticias cometidas.</p>
<p>No volvieron a contratar a ningún mayordomo, no les hacía falta porque disfrutaban aprendiendo cosas nuevas en la cocina, averiguando cómo hacer diferentes comidas, cocinando variedades distintas cada día. Fue una experimentación que les hizo felices y les ayudó a aprender mucho más que lo que hubiera sabido un buen cocinero.</p>
<p>Y por supuesto, Eduardo siempre tuvo a su cargo todas las ganancias que reportaban la empresa que había formado su padre desde sus inicios, y que ahora era una de las más ricas de su campo. Una empresa inmobiliaria a cargo de un chico de veinte años, una bomba de dinero en su bolsillo por el resto de su vida. Sólo tendría que aprender a manejar las cuentas, pero para eso, como le sobraban los fondos, contrató a alguien que de verdad supiera hacerlo. Se llamaba Martín, y enseguida tomó gran confianza con su jefe, tanta que iba a su casa a trabajar desde el ordenador portátil, y se quedaba con la pareja feliz a la hora del almuerzo. No obstante, nunca les faltó intimidad a los entonces dueños de la casa, y todo fue sobre ruedas.</p>
<p>(Continuará&#8230;)</p>
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		<title>Presagio (parte XVII)</title>
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		<pubDate>Wed, 19 Nov 2008 19:15:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorge.andreu</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El inspector jefe de homicidios Juan Balada acompañó al joven muchacho al centro de psicólogos, quienes analizaron, después de un largo proceso de hipnosis, los sueños que había tenido relacionados con la muerte de su madre. —Hemos llegado a una conclusión clara, según lo que tú nos has contado y lo que narran los informes [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><p>El inspector jefe de homicidios Juan Balada acompañó al joven muchacho al centro de psicólogos, quienes analizaron, después de un largo proceso de hipnosis, los sueños que había tenido relacionados con la muerte de su madre.</p>
<p>—Hemos llegado a una conclusión clara, según lo que tú nos has contado y lo que narran los informes de la policía sobre el caso —decía un psicólogo de espalda ancha, gafas pequeñas, nariz respingona y barba bien perfilada.</p>
<p>Edu estaba sentado al otro lado de la mesa, acurrucado en la blanda silla que tenían todas las consultas del centro, y escuchaba atento, aunque algo adormecido, el diagnóstico.<span id="more-2312"></span></p>
<p>—Si los informes son correctos y nos has contado, desde la hipnosis, todo con detalle, la conclusión que sacamos es la siguiente: tu padre quería acabar con tu madre, y para eso contrató a un chico a cambio de darle un buen trabajo si cumplía su misión. Éste obedeció y lanzó a tu madre por el balcón, pero como sabía que lo iban a descubrir, escribió el documento que me ha enseñado el inspector. En tu sueño, primero viste la cara de tu padre porque, de algún modo, estabas presagiando que había sido él quien había iniciado la misión, escribiendo la nota de suicidio y contratando al asesino. Luego, reconociste al asesino porque fue él quien estuvo en ese sillón escribiendo la cuartilla. Cuando lo viste salir corriendo sabías que no era él y que se llevó la obra que había escrito tu madre —pasó al segundo folio de sus anotaciones y continuó desvelando datos—. Eso nos lleva, según los informes, a conocer a un sospechoso: Míchel Páez Morente, que le gusta el modo de escribir que tenía tu madre y el de Lope de Vega, y es probable que se interesara en robarle la obra para publicarla a su nombre.</p>
<p>—Sí, un guarda de seguridad culto —dijo con un tono de claro desprecio hacia la anterior pareja de su madre el chico. Tenía un odio acumulado hacia ese hombre desde que supo de su existencia, y mucho más cuando se enteró de que era uno de los sospechosos del asesinato inesperado—. Encima de todo, un ladrón.</p>
<p>El psicólogo no hizo ningún comentario al respecto, sólo se limitó a terminar su discurso, como si nada de lo que se acababa de comentar hubiera sido dicho.</p>
<p>—Así que si en este trabajo queda algo que hacer, es registrar a fondo la casa de ese hombre. Si no, no podemos hacer nada más para descubrir quién se llevó la obra —fueron las últimas palabras del hombre en lo referido al caso policíaco.</p>
<p>Ambos de levantaron de su asiento y salieron de la consulta. En el pasillo esperaba el inspector Juan Balada sentado en una de las sillas que había pegadas a la pared, apoyando la cabeza contra el muro. En cuanto escuchó que la puerta de la consulta se abría, se levantó de un salto y fue a hablar con el psicólogo. Le estrechó la mano y preguntó:</p>
<p>—¿Qué tal?</p>
<p>La respuesta del otro hombre fue:</p>
<p>—Venga conmigo —y directamente le hizo entrar en la consulta, mientras Edu ocupaba la posición que había mantenido durante horas el inspector.</p>
<p>Al cabo de más o menos media hora, salieron los dos hombres, el policía estrechando la mano del psicólogo, y se despidieron. Edu notó algo extraño en la expresión del rostro de Juan Balada. Le pareció verlo ofendido por la explicación del caso. Pero no quiso preguntar nada. En lugar de eso permaneció en silencio durante todo el trayecto desde el centro de salud mental hasta su casa, otrora la de Arnaldo, que ya había sido desalojada y dispuesta para que el muchacho viviera.</p>
<p>Al entrar, notó un escalofrío que le recorría la espalda al experimentar la absoluta soledad dentro de la gran casa. Se fue al patio, donde siempre había ansiado pasar unas buenas horas relajándose, y tomó el teléfono. Marcó el número de una persona a la que le gustaría volver a ver.</p>
<p>—Estefanía —dijo en cuanto hubieron transcurridos unos segundos y tres tonos hubieron resonado desde el altavoz del teléfono—, soy Eduardo.</p>
<p>—¡Edu! —se escuchó al otro lado de la línea, en una voz fina y agradable, placentera a los oídos del muchacho— ¿Dónde te metes? Hace tanto que no vas a clase, que no te veo, que… —se echó a llorar.</p>
<p>—Tranquila. Ya ha pasado todo. Van a coger al culpable. Ya te contaré el resto… —también Edu dejó escapar algunas lágrimas, pero se contuvo para terminar de decirle a su amiga—: Oye, ¿te gustaría venirte a mi casa? No la que conoces, sino otra. Te gustará.</p>
<p>La joven se mostró algo indecisa, pero después de unos segundos de meditación aceptó. Él le indicó la dirección y le dijo cómo llegar en coche, y ambos colgaron el teléfono después de haberse lanzado besos imaginarios de alegría.</p>
<p>Ahora que todo está solucionado, dijo Edu, consciente de que nadie le podía oír, voy a seguir con mi vida. Echaré de menos a mi madre, pero hay que dar un paso adelante.</p>
<p>Y enseguida se despojó de sus zapatos y se tumbó en la cómoda butaca del patio, mientras una suave brisa entraba desde el techo abierto del centro de la estancia y acariciaba sus mejillas.</p>
<p>Tuvo la sensación de que alguien estaba consigo, pero nadie podía haber entrado sin llamar a la puerta.</p>
<p>(Continuará&#8230;)</p>
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		<title>Presagio (parte XVI)</title>
		<link>http://www.librosylibretas.com/presagio-parte-xvi/</link>
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		<pubDate>Mon, 17 Nov 2008 11:39:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorge.andreu</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La película se veía en blanco y negro, pero con calidad. Pudieron observar cómo entraba Esteban en el estudio y ambos se sentaban a hablar con unos papeles delante, y luego se disponían a tomar café. Luego vieron cómo Arnaldo sacaba de su cajón el arma y apuntaba a la cabeza de Esteban. Seguidamente apareció [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><p>La película se veía en blanco y negro, pero con calidad. Pudieron observar cómo entraba Esteban en el estudio y ambos se sentaban a hablar con unos papeles delante, y luego se disponían a tomar café. Luego vieron cómo Arnaldo sacaba de su cajón el arma y apuntaba a la cabeza de Esteban.</p>
<p>Seguidamente apareció la escena en la que Arnaldo escribía lo que se suponía que era la nota de suicidio de su ex mujer.</p>
<p>—Como vi en el sueño… —dijo Eduardo asombrado.</p>
<p>—¿Cómo dices, chico? —el inspector estaba mirándolo fijamente desde que había empezado a hablar.</p>
<p>Al chico le costó arrancar la palabra de su escondrijo, pero al fin lo logró.<span id="more-2272"></span></p>
<p>—La noche antes de que mi madre muriera tuve una pesadilla en la que veía que alguien caía desde el balcón de un octavo piso —se esforzó por contener las lágrimas que ahora, sin remedio, acudían a sus ojos—. Pensé que era yo porque lo viví en primera persona, y tuve miedo de tener algún motivo verdadero para hacerlo, pero luego descubrí que era mi madre, y más adelante que no se había tirado ella, sino que otra persona la había empujado.</p>
<p>—Y entonces, ¿cuándo viste que tu padre escribía la nota?</p>
<p>—Hace un par de noches tuve un sueño también. En él iba hacia la casa de mi madre y todo el mundo me señalaba y me acusaba de asesino. Cuando llegué allí me senté en el sofá y la vi llegar del instituto con una montaña de libros. Un instante después alguien entró y la golpeó sin piedad. No podía verle la cara, pero cuando se acercó al balcón dispuesto a arrojarla al vacío cruzamos las miradas y vi en aquel hombre el rostro de mi padre. Pero después de haberla tirado, se fue al estudio y cogió el cuaderno de notas que le entregué a usted ayer por la tarde, se puso a escribir, se supone que la nota del suicidio, pero cuando miré lo que estaba escribiendo era la cuartilla entera que le enseñé, señor Balada —no sabía cómo terminar de explicarse—. He de decir que sí pude reconocer, no por la cara, pero sí por su cuerpo a Esteban Suárez. Más tarde, se fue corriendo de la casa, y juraría que ya no era el mismo tipo que estaba escribiendo, pero ese sí que no sé quién era —sabía que el inspector estaba perdido en la explicación, pero aun así quiso terminar—. Quizá fuera una impresión, pero creo que no era Esteban cuando salió y se llevó el libro de mi madre.</p>
<p>—Ese libro no lo has vuelto a ver —dedujo Juan Balada de la explicación del muchacho.</p>
<p>—No. Pero hay una cosa que no me entra en la cabeza. Si yo vi entrar a mi padre y lanzar a mi madre por el balcón, y luego vi a Esteban escribir la nota del suicidio pero cuando la leí no era la del suicidio sino la que contaba cómo había llegado a eso, ¿quién fue realmente el que mató a mi madre?</p>
<p>Hubo un largo silencio. Un policía entró en el estudio y le dijo al inspector que habían analizado el producto que había matado a Arnaldo, y que era una dosis dura de veneno Dulne, aparentemente amarillento, de sabor dulzón y letal en dosis grandes.</p>
<p>—Luego llamaremos al equipo de psicólogos que te recomendé el día de la tragedia e intentaremos comprobarlo —anunció el inspector pasando la mano por la cara del chico, que ya estaba mojada por las lágrimas que habían conseguido caer de sus ojos tristes.</p>
<p>Pasaron la secuencia de la cinta hacia delante y la pararon cuando vieron a Eduardo entrar en la habitación. Registraba por las estanterías y los cajones, hasta que finalmente dio con la pistola. La sacaba, se echaba las manos a la boca, fruto de la impresión, y la guardaba de nuevo. El análisis de las huellas dactilares señalaba que el arma sólo la había tocado Arnaldo y Eduardo esa vez.</p>
<p>Más adelante, vieron a Arnaldo romper el contrato que había firmado con Esteban. Y también le vieron más adelante leyendo una y otra vez la carta certificada que éste le había mandado el día siguiente a la muerte de María José. Daba vueltas por el estudio y releía una y otra vez la carta.</p>
<p>Finalmente, avanzaron un poco más y vieron la fecha y la hora de la grabación: eran las seis de la tarde del día anterior, cuando Edu estaba en la comisaría con el inspector Balada. El mayordomo suplicaba a su jefe que no le despidiera, según traducían a través de las imágenes, pero no logró convencerle.</p>
<p>Llegaron al momento en el que el padre del chico se preparaba su brebaje para acabar con su vida y escribía la nota que acababan de leer.</p>
<p>(Continuará&#8230;)</p>
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		<title>Presagio (parte XV)</title>
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		<pubDate>Sun, 16 Nov 2008 11:36:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorge.andreu</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Cuando lograron ver la cara de Arnaldo, se dieron cuenta de que no respiraba. Tenía el rostro encogido, como si no hubiese querido morirse en aquel momento. Las pupilas mostraban una mirada perdida que a Edu le habría significado más de una mala impresión. Tenía la boca entreabierta y la lengua hinchada, y el resto [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><p>Cuando lograron ver la cara de Arnaldo, se dieron cuenta de que no respiraba. Tenía el rostro encogido, como si no hubiese querido morirse en aquel momento. Las pupilas mostraban una mirada perdida que a Edu le habría significado más de una mala impresión. Tenía la boca entreabierta y la lengua hinchada, y el resto era todo característico de cualquier persona muerta.</p>
<p>En la mesita de cristal que había enfrente de la butaca y el sofá, había un vaso corto de whisky con hielo y, a su lado, aparte de la botella de Johnny Walker etiqueta negra, su favorita, un papel firmado. Junto al papel una pluma Montblanc destapada dejaba ver que Arnaldo no se había molestado en proteger su cabeza.<span id="more-2270"></span></p>
<p><em>Yo sí que no puedo más. He falsificado la nota del suicidio, he falsificado la firma de mi ex mujer, falsifiqué también la carta que le enviaron a María José con el nombre de Míchel, he encerrado en la cárcel a un chico que no tenía nada que ver con mi vida y que debería estar en libertad, he despedido a mi mayordomo para que nadie sospeche de él y me voy a quitar la vida con este vaso de güisqui mezclado con un producto que me ha facilitado un amigo, cuyo nombre no voy a revelar porque he utilizado el revólver que descubrió mi hijo en mi cajón para que me diera el veneno por la fuerza. Estoy harto de tantas mentiras. Está claro que, tarde o temprano, acabarían descubriéndome, y sé que ha sido mi hijo, mi propio hijo, quien ha traído a la policía hasta las puertas de mi salón. No le guardaré rencor, adondequiera que esté cuando lean esto.</em></p>
<p><em>Sobre mi mesa del estudio tenéis la cinta de video en la que podréis ver que todo lo que he mencionado aquí es cierto, y que ya no miento en nada de lo que digo. Aquel día en el juicio, mi abogado se las apañó para modificar el video y suprimir las partes que me delataban. También él tuvo cierto ingenio en tratar de cubrirme, se merece una medalla.</em></p>
<p><em>No obstante, deseo que toda mi fortuna, mi casa, mi empresa y todas mis ganancias, sean heredadas por mi hijo, ya que es la persona que me queda en la vida y la única que quería seguir mis pasos y convertirse en un empresario como yo. Espero que él no tenga que valerse del crimen para buscar la felicidad, puesto que yo lo he intentado así, como última opción, y nada ha dado resultado. Espero que la vida en el más allá tenga algo más de valor, un poco al menos, que la que hoy dejo en manos de quien quiera hacerse cargo de mi cuerpo.</em></p>
<p><em>Ya es tarde para decirlo, pero siento todo lo que he hecho, siento haber engañado a todo el mundo, siento haber hecho daño a mi hijo, siento ser como he sido durante toda mi triste vida. </em></p>
<p><em>Edu, cuídate. No sigas los pasos de tu padre, no lo mereces. Adiós, hijo mío.</em></p>
<p><em>Arnaldo.</em></p>
<p>Eduardo contenía las lágrimas por la expectación del cuerpo de policías, pero en cuanto éstos se hubieron ido del salón, dejándole solo con el cadáver, al que directamente le dio la espalda, lloró con fuerza, aunque silenciosamente. Se quedó en el hall mientras el cuerpo de policías buscaba esos detalles que suelen buscar en las escenas del crimen por sus alrededores. Al final, al ver que no descubrían nada fijándose en los detalles de las habitaciones, concluyeron que tenían que ver la cinta de la que hablaba la nota.</p>
<p> </p>
<p>(Continuará&#8230;)</p>
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		<title>Presagio (parte XIV)</title>
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		<pubDate>Sat, 15 Nov 2008 00:21:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorge.andreu</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Se levantó a las seis de la mañana para salir de casa antes de que el mayordomo llegara a trabajar. Siempre había un margen entre la hora de su llegada y el momento de levantarse, aproximadamente de unas dos horas y media, así que se puso el despertador temprano para la ocasión. Fue a la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><p>Se levantó a las seis de la mañana para salir de casa antes de que el mayordomo llegara a trabajar. Siempre había un margen entre la hora de su llegada y el momento de levantarse, aproximadamente de unas dos horas y media, así que se puso el despertador temprano para la ocasión.</p>
<p>Fue a la comisaría y le enseñó la carta certificada al inspector Balada. La había guardado en su dormitorio a fin de que su padre no le descubriera si trataba de cogerla de nuevo del estudio. Corría así el riesgo de que supiese que se l ahabía quitado, pero prefería eso en aquel momento. El inspector confirmó en su totalidad la culpabilidad de Arnaldo Alonso, y dispuso a sus hombres para que fueran a su casa a detenerlo.</p>
<p>Allí se presentó, acompañado del niño y del cuerpo de policías, con coches cuyas sirenas habían ido resonando por las calles de la ciudad. Todo el mundo había seguido con la mirada el paso de los vehículos y se preguntaban si sería algo grave. Pero nadie supo exactamente adónde se dirigían, pues la casa de Arnaldo estaba bastante retirada, en las afueras de la ciudad. <span id="more-2268"></span></p>
<p>Cuando llegaron, nadie les abrió la puerta. Llamaron una y otra vez, pero nadie les atendió. Un policía de cuerpo robusto, capaz de derribar hasta un muro, golpeó la puerta varias veces, y en una de las patadas incluyó un movimiento de cuerpo que hizo que la puerta maciza cayera abajo.</p>
<p>Entraron avisando de que eran policías, para que nadie intentara hacer algún tipo de locura. No parecía haber gente en casa. Eran las diez de la mañana. Eduardo había tenido que estar diez horas esperando, dando vueltas por la ciudad, mientras abría la comisaría, pero sabía que si hubiera salido a las ocho, le habrían descubierto. De todas formas, era grande la distancia en coche desde la casa hasta la comisaría, cuanto más a pie. El caso es que había estado entretenido durante las cuatro horas, y ahora estaba allí, en el hall de la gran casa, con varios policías, hombres armados y preparados para cualquier tipo de contratiempo. Pero no parecía haber nadie. Edu buscó en la cocina, llegó hasta el patio interior, y nada. El último lugar donde miró fue donde menos esperaba que fuera a haber gente, pues a esas horas solían estar Emilio en la cocina y su padre en el estudio. Entraron, pues, al salón y encontraron a don Arnaldo de espaldas sentado en la butaca. Sabían que era él porque ya desde la lejanía se le podía reconocer escasez de pelo, propiedad que el mayordomo, para su fortuna, no poseía, así que no podía ser otra persona.</p>
<p>Los policías entraron decididos hasta el fondo del salón, dispuestos a llevar a cabo su labor. Edu se resistió a entrar, quiso quedarse en la entrada del salón esperando que el inspector Juan Balada examinara detenidamente el lugar. Desde donde el chico estaba, no se podía ver muy bien qué ocurría, pero la escena no tenía buena pinta. Empezó a emerger de sus entrañas el conjunto de pensamientos que había tenido con relación a su padre y a todo lo que lo rodeaba en los últimos días.</p>
<p>Nadie hablaba. No podían ver la cara de Arnaldo porque las grandes orejas de la butaca lo impedían, y además porque les daba completamente la espalda, así que tuvieron que rodear lentamente el asiento para que, en caso de haber algún imprevisto, no les sorprendiera.</p>
<p>(Continuará&#8230;)</p>
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		<title>Presagio (parte XIII)</title>
		<link>http://www.librosylibretas.com/presagio-parte-xiii/</link>
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		<pubDate>Wed, 12 Nov 2008 20:53:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorge.andreu</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[intriga]]></category>
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		<description><![CDATA[Al llegar a casa de su padre, fue a buscar en el estudio el revólver. Para cerciorarse de que no había nadie que pudiera descubrirlo con las manos en la masa, hizo el ruido de la cotidianeidad de ir por casa, subir las escaleras, entrar en su dormitorio, abrir y cerrar algunos cajones y puertas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><p>Al llegar a casa de su padre, fue a buscar en el estudio el revólver. Para cerciorarse de que no había nadie que pudiera descubrirlo con las manos en la masa, hizo el ruido de la cotidianeidad de ir por casa, subir las escaleras, entrar en su dormitorio, abrir y cerrar algunos cajones y puertas del armario, sentarse en la cama y hacer que crujiera al levantarse. Luego, una vez practicado el simulacro y habiéndose dado cuenta de que no había nadie en casa, emprendió su particular misión. Seguramente Emilio, el mayordomo, estaría fuera unos minutos, de compras o atento a algún otro asunto propio de su labor, así que tenía que darse prisa y encontrar el revólver antes de que llegase.</p>
<p>El largo pasillo que separaba la habitación de Edu de la de su padre estaba oscuro, envuelto entre las cortinas que cubrían las ventanas que daban directamente al patio, al enorme patio que tenía justo en el centro de la vivienda, con una atmósfera siempre tan cálida, tan placentera, que a nadie le costaba pasarse allí horas y horas sentado en la butaca respirando la suave brisa. Dejó de mirar por la ventana, había comprobado ya, con ese último medio, que el mayordomo no estaba en el patio con sus habituales lecturas filosóficas, las que le permitía su jefe, y éste tampoco se tambaleaba en la butaca de madera de cedro que había siempre a un rincón. <span id="more-2239"></span></p>
<p>Entró cuidadosamente en el estudio de don Arnaldo, aunque él le quitara el don porque era su propio padre, pero el resto de la gente debía llamarle así, y después de haber notado la ausencia total de habitantes, se acercó al escritorio y rebuscó entre los papeles. Abrió el cajón derecho y descubrió, envuelto en un fino y suave pañuelo azul marino, un revólver con un cañón de 11 milímetros.</p>
<p>Cuando el hombre llegó a casa, su hijo se encontraba sentado en el sofá leyendo, como si nada hubiera ocurrido, aunque sus lágrimas asomaban a los ojos y su inquietud lo delataba un poco. Pero no tuvo que hacer nada más que saludar a su padre, tragándose la ira en un esfuerzo difícil.</p>
<p>El mayordomo, que salió de improviso de la sala donde siempre escuchaba a Mozart, aunque éste se oyera desde cada rincón de la casa, se acercó a Arnaldo y le dio la bienvenida.</p>
<p>–Señor –dijo Emilio haciendo una reverencia.</p>
<p>–Hola, Emilio, ¿alguna nueva en mi ausencia? –fue la respuesta y pregunta del señor de la casa.</p>
<p>–Eh… sí, una carta certificada para usted, don Arnaldo –anduvo hacia la mesita de la entrada y sacó de un pequeño cajón el sobre cerrado. Luego se lo dio y se retiró a la cocina.</p>
<p>Edu no se inmutó por la respuesta de su padre ante la información de la carta. No quiso saber nada del asunto.</p>
<p> </p>
<p>Esa misma noche, con cuidado de no ser descubierto, Eduardo fue al estudio y registró silenciosamente los archivos. Después de indagar por varios papeles y de sufrir un encogimiento en su corazón cuando uno de los informes se cayó al suelo, haciendo un ruido espantoso pero breve, encontró lo que buscaba: una carta certificada a nombre de Esteban Suárez Montero.</p>
<p><em>Señor Alonso, </em></p>
<p><em>Le comunico que mi parte del trato está cumplida. Ahora le toca a usted. Pasaré por su casa en cuanto cuente con disponibilidad. </em></p>
<p><em>Esteban Suárez.</em></p>
<p> </p>
<p>(Continuará&#8230;)</p>
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		<title>Presagio (parte XII)</title>
		<link>http://www.librosylibretas.com/presagio-parte-xii/</link>
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		<pubDate>Sat, 08 Nov 2008 19:58:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorge.andreu</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
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		<description><![CDATA[A la mañana siguiente, fue a su casa, a su antiguo hogar, para averiguar si lo que había soñado era realmente lo que había ocurrido. Al entrar, un enorme escalofrío recorrió su espalda. Lo primero que hizo fue dirigirse al balcón. Allí pudo observar la altura que había, lo que le bastó para marearse sólo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><p>A la mañana siguiente, fue a su casa, a su antiguo hogar, para averiguar si lo que había soñado era realmente lo que había ocurrido. Al entrar, un enorme escalofrío recorrió su espalda.</p>
<p>Lo primero que hizo fue dirigirse al balcón. Allí pudo observar la altura que había, lo que le bastó para marearse sólo de pensar en lo que tuvo que sufrir su pobre madre, que había sido una persona justa con la vida, que le había dado a la gente ganas de leer y ganas de aprender a sus alumnos, y que había sido una pobre señora maltratada por su marido.</p>
<p>Cuando se le pasó el mareo, se levantó del sofá y fue hacia la mesa de la entrada, donde su madre había dejado un montón de libros en el sueño, y pudo reconocer el libro que se cayó al suelo. No era un libro de texto, era una biografía de Lope de Vega, su autor favorito. En el interior del libro había una hoja con unos versos escritos y firmados por su madre, en cuyo título decía «Para Edu». Eran los versos que le leería cuando éste llegara del instituto, como hacía muy a menudo.<span id="more-1965"></span></p>
<p>También supo cuál era el libro que faltaba: «Memorias de una maltratada», por María José Gil Méndez. El teatro que había escrito en los últimos meses, libro que, probablemente, la habría llevado al éxito.<br />
Al descubrir que no estaba el libro de su madre, se dirigió velozmente al estudio para buscar el cuaderno de notas. Lo encontró, tal como había soñado, sin necesidad de perder tiempo buscándolo. Lo cogió y lo abrió para leer en su interior. Se encontró una cuartilla entera escrita:</p>
<p><em>Para que todos los culpables paguen su condena, os voy a contar toda la historia. </em></p>
<p>Empezaba exactamente igual que en su sueño. Estaba consternado, ¿había tenido un sueño premonitorio? Se quitó la idea de la cabeza para leer la nota completa.</p>
<p><em>Hará cuestión de una semana. Estaba hasta la coronilla ya de conducir una furgoneta y de repartir cartas certificadas a gente que no conozco. Así que acudí a un empresario para que me contratase en su empresa. Le llevé mi currículum y concertó una entrevista de trabajo conmigo. </em></p>
<p><em>Le dije que me había licenciado en Economía en la Universidad de Madrid hacía cuatro años, y que no había encontrado trabajo relacionado con esos estudios, así que tuve que buscar otro trabajo, y estuve en varios, pero no me gustaban. No me disgusta ser cartero pero uno acaba cansándose de trabajar de algo ganando una miseria. </em></p>
<p><em>En mitad de la entrevista, el señor Alonso me ofreció un café y yo acepté. Aparcamos a un lado el trabajo y nos pusimos a hablar de otras cosas, de tal manera que terminamos hablando de su matrimonio y de cómo se había ido al traste. Él me dijo que si podría hacerle un favor, a cambio de que me contratara sin antes entrevistar a otra gente, y yo acepté.</em></p>
<p><em>Me dijo que quería que María José muriera y quedarse él con su hijo. Yo le dije que ya había estado arrestado por atracos y que no quería volver a cometer un error así en mi vida, pero se enfureció con mi respuesta y sacó de un cajón un revólver y me apuntó directamente a la cabeza, amenazándome con que si no mataba a su mujer me iba a buscar a mí. Entonces tuve que aceptar el trabajo por mi vida. Nunca pensé que fuera a hacerlo, pero me lo puso muy difícil. Tenía mi dirección, sabía donde trabajaba, lo sabía todo sobre mí ya. Así que no tenía otra opción. Firmé el contrato, del que no me quiso dar copia hasta que no le confirmara que había cumplido mi misión, y me puse manos a la obra.</em></p>
<p><em>Escribo esto después de haber cometido un homicidio, y como sé que me van a descubrir, y como ya no tengo nada que perder porque mi currículum es falso, no he tenido una vida apacible y no voy a llegar a ser empresario por mis propios medios, dejo esto en manos de la primera persona que lo encuentre, esperando que al fin, aunque yo termine encarcelado, comparta la celda con el capullo de Arnaldo Alonso.</em></p>
<p><em>Esteban Suárez.</em></p>
<p>Fue una impresión dura<em>.</em> Saber que su propio padre era quien había encargado el asesinato de María José, y encima haberlo abrazado agradeciéndole que estuviese con él, todo eso hacía que Edu se estremeciera. Lloró, sentado en el sillón de cuero que siempre utilizaba su madre para escribir sus bellos versos, ahora más que bellos, angelicales, en su recuerdo, y no supo qué más hacer.</p>
<p>–…esperando que al fin, aunque yo termine encarcelado, comparta la celda con el capullo de Arnaldo Alonso. Esteban Suárez.</p>
<p>El inspector jefe de homicidios dejó el cuaderno sobre la mesa de su despacho y advirtió al chico que tuviera cuidado. Era la mañana siguiente al descubrimiento del cuaderno, y Eduardo sabía que si se lo iba a quedar el inspector, no correría ningún peligro por volver a casa con su padre.</p>
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		<title>Presagio (parte XI)</title>
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		<pubDate>Wed, 05 Nov 2008 17:09:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorge.andreu</dc:creator>
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		<category><![CDATA[intriga]]></category>
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		<description><![CDATA[Edu andaba por la calle donde estaba la casa en la que siempre había vivido con su madre. Veía a la gente que pasaba y lo señalaba, diciendo «mira, ese es el chico que soñó que su madre se iba a suicidar la noche antes y no hizo nada por remediarlo. Seguro que quería que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><p>Edu andaba por la calle donde estaba la casa en la que siempre había vivido con su madre. Veía a la gente que pasaba y lo señalaba, diciendo «mira, ese es el chico que soñó que su madre se iba a suicidar la noche antes y no hizo nada por remediarlo. Seguro que quería que lo hiciera el muy cerdo». Todos lo señalaban y murmuraban acusaciones contra él. La presión se apoderaba de sí. Al llegar al portal veintiuno, otrora el hogar de su madre y de él, y anteriormente también de su padre, se encontró con la vecina de enfrente, de cuya boca no salió ningún tipo de pésame ni de intento de ánimo, sino palabras que hirieron al muchacho: «Ya te lo advertí». Estaba cada vez más confuso, porque no sabía a qué venía que todo el mundo estuviera contra él, sobre todo sabiendo que no le había contado a nadie lo de su sueño. Era extraño.</p>
<p>Subió por la escalera hasta el piso número ocho, sin voluntad ni ganas de utilizar el ascensor, no fuera a encontrarse con algún vecino dentro en el largo trayecto hacia arriba. En aquel edificio nadie utilizaba las escaleras, eran demasiados pisos como para tomarse la molestia. Cuando llegó arriba, agotado de subir tantos escalones, se dirigió a la puerta de su casa y sacó la llave del bolsillo. El llavero ya contenía las llaves de su nuevo hogar. Abrió la puerta y entró. Fue directo al estudio de su madre y rebuscó entre sus borradores. Pero, para su sorpresa, el libro que había empezado a escribir no estaba, y en lugar de eso había un cuaderno de notas. Lo cogió y quiso saber en qué consistía, y sobre todo, por qué estaba allí eso y no el manuscrito del teatro.<span id="more-1942"></span></p>
<p>Se sentó en el sofá del salón y abrió el cuaderno. Dentro encontró una hoja escrita, y al leerla la reconoció: era un papel escrito a lápiz, con varios tachones e intentos de firma al final, era sin duda el borrador que alguien había hecho de la nota del suicidio.</p>
<p>Al levantar la vista vio, en un retroceso de tiempo, cómo su madre entraba en casa cargada de libros del instituto, y sobre el montón de libros llevaba el documento encuadernado de su obra, que estaba terminada y lista para registrar y publicar. Detrás de ella se cerró la puerta de entrada, lo que hizo que María José se girara aterrorizada. De la cocina brotó una voz ronca y grave, una voz conocida. Entonces salió la figura de un hombre alto, aparentemente joven, moreno, con un traje de chaqueta y un vaso lleno de algún tipo de bebida alcohólica en la mano derecha. No le pudo ver la cara, pero sí pudo ver cómo cogía a su madre por la cintura obligándola a pegarse a su cuerpo, cómo la abofeteaba al soltarla y cómo la arrastraba a la fuerza hacia el balcón. Después la sujetó con su mano izquierda, y con la mano derecha, mientras bebía un largo sorbo de la bebida, miró fijamente a los ojos a Eduardo. Éste pudo ver perfectamente el rostro de la persona que iba a empujar a su madre hacia el vacío. Se le heló el corazón, tenía ante sí, ante sus propios ojos, al asesino de su madre, y estaba completamente seguro de que lo estaba viendo. Tenía ante sí a su padre.</p>
<p>Después de mirarle a los ojos con esa mirada penetrante, empujó a María José, debilitada por el dolor que le causaba el pecho, y se giró hacia su hijo. Pero cuando Eduardo le miró, reconoció a Esteban, que se acercaba a él y le quitaba sin ningún esfuerzo el cuaderno de notas. Fue a la mesa del estudio, seguido por el chico, y arrancó la página donde estaba escrita la nota. En la siguiente página que había libre, comenzó a escribir:</p>
<p><em>Para que todos los culpables paguen su condena, os voy a contar toda la historia.</em></p>
<p>Edu, asombrado y postrado ahora ante el hombre aquel, podía ver cada palabra que escribía, sentado en el asiento donde su madre había compuesto, sin duda, la que sería la próxima obra maestra del teatro español.</p>
<p>Cuando firmó el papel, salió corriendo hacia la salida de la casa. El chico lo siguió pero no alcanzó a ver qué había hecho. Sólo descubrió que el libro ya no estaba sobre el montón que había sobre la caja. Intentó buscarlo, pero entre tantos nervios, tanta angustia, tanto revuelto y tantos libros de texto, cuando se cayó uno de los ejemplares de Lengua y Literatura, Primero de Bachillerato, y noto el impacto contra el suelo, se despertó de un salto, envuelto entre las sábanas de su cama a causa de la ansiedad que le producía el sueño.</p>
<p> </p>
<p>Era de noche, y se dio cuenta de que se había quedado dormido por la tarde cuando llegó del juzgado. Todo había sido un sueño. Ojalá hubiera sido lo mismo la muerte de su madre y el juicio, y todo lo demás. Pero eso no era así. El único sueño había sido la visión de Esteban arrojando a María José por la ventana y robando el libro.</p>
<p>Estaba atormentado. La casa estaba en completo silencio. Su padre estaba dormido y el mayordomo ya se había ido.  Hasta las siete de la mañana no volvería, y eran las dos de la madrugada, de modo que no había por qué preocuparse para salir en busca de aquel cuaderno de notas que había encontrado en el sueño.</p>
<p>(Continuará&#8230;)</p>
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