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	<title>Librosylibretas.com &#187; capítulo</title>
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	<description>Blog de literatura, libros y anotaciones</description>
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		<title>El Diario (15ª parte).</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Jul 2008 23:45:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorge.andreu</dc:creator>
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		<description><![CDATA[–A ver, cuéntame, ¿qué está pasando con esta chiquilla? –Marta parecía una profesional por cómo preguntaba a su hijo acerca de lo que acababa de presenciar al entrar en casa. Johann se sentía interrogado, como si estuviese en la comisaría de policía, con una única diferencia: su madre era quien le estaba haciendo las preguntas. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><p>–A ver, cuéntame, ¿qué está pasando con esta chiquilla? –Marta parecía una profesional por cómo preguntaba a su hijo acerca de lo que acababa de presenciar al entrar en casa. Johann se sentía interrogado, como si estuviese en la comisaría de policía, con una única diferencia: su madre era quien le estaba haciendo las preguntas.</p>
<p>–Nada, estaba solo estudiando y llamaron a la puerta. Abrí y estaba Ana en el porche, y para no charlar en la calle le dije que entrara y se sentara en el sofá, así estaríamos mejor. Hacía tiempo ya que no la veía por las tardes, ya sabes cómo estoy de ocupado últimamente con los estudios, no puedo ni pararme un rato a ver la tele –Johann había empezado a dar una charla contando con todo detalle lo que había ocurrido desde que su amiga entrara en casa. Le contó que habían estado hablando de todo tipo de cosas: desde la teleserie que estaban dando por la tele hasta los estudios, lo cual era habitual entre los dos amigos.<span id="more-223"></span></p>
<p>–Bien, entiendo. Entonces, ¿por qué estabais besándoos cuando abrí la puerta?, y lo peor de todo, ¿por qué solos?</p>
<p>–Pensaba que no te importaba…</p>
<p>–No me importa, Johann. Es más, te animo a hacerlo, mejor aquí que en cualquier rincón callejero, ya te lo he dicho muchas veces, pero imagínate que quien entra por esa puerta es tu padre en vez de ser yo. Ya sabes que a tu padre no le gusta que traigas amigos a casa, cuanto menos si se trata de una chica a la que le estás comiendo todo el morro cuando entre cualquiera –Marta estaba siendo sincera. A ella nunca le había importado que Johann trajera amigos a casa, ni que trajera novias, si es que las había tenido. Pero sabía que Johann nunca había tenido una novia estable, siempre habían sido rollos de una noche en una fiesta o asuntos parecidos. Sabía esto, y mucho más, porque su propio hijo tenía confianza en ella y le contaba sus más íntimos secretos, todo lo contrario a lo que hacía con su padre, lo cual a ella le parecía mal y al mismo tiempo le daba pena, porque su padre también tenía derecho a saber cosas acerca de su hijo, pero, para desgracia de ambos, Pedro era demasiado tradicional. Tras un período de silencio que al chico se le antojó más que eterno, su madre preguntó–: ¿Te gusta Ana, o sólo ha sido un calentón de esos que tenéis los chicos de tu edad?</p>
<p>Johann estaba extraño ese día. Ya desde que encendió la tele notaba que se sentía raro, después había estado igual con Ana y ahora sentía que le daba vergüenza contarle a su madre que estaba colado por su amiga desde hacía ya mucho tiempo y que nunca se había atrevido a decirle nada. Pese a todo, se vio obligado a contestar con total sinceridad:</p>
<p>–Sí, me gusta. Hace ya tiempo. Me encanta. Estoy… creo que estoy enamorado, pillado, diría que tremendamente colado –entre frase y frase, entre adjetivo y adjetivo, había una larga pausa en la que aprovechaba para tomar aire y contener los nervios y un poco las lágrimas, pues pensaba que se iba a echar a llorar de un momento a otro. A pesar de todo, parecía poder contener más de lo que pensaba. Dio un buen sorbo de su vaso de agua helada.</p>
<p>Marta había adoptado una actitud distinta desde oyó salir de la boca de su hijo las palabras “me gusta”. Tenía tantas ganas de que su hijo estuviese enamorado de verdad, tantas ganas de ver a su niño con una chica de la mano, que esas palabras hicieron mella hasta en su forma de hablar, que dio un repentino cambio. Frente a la actitud intimidatoria anterior, adoptó un modo mejor de ver las cosas, una mejor forma de hablar, de entonar cada palabra, con la mayor suavidad que era capaz de añadir a sus preguntas y respuestas.</p>
<p>–En ese caso –continuó Marta–, será mejor que hables con ella. Aunque ya veo que habiéndola besado y… bueno, habiendo hecho las cosas que habrás hecho antes de que yo llegara a casa, estará más que hablado.</p>
<p>–¡No! Por Dios, no hemos hecho nada más. Ha sido de repente, no me lo explico. Estábamos hablando de mis notas y de repente me soltó que estaba enamorada de mí, y yo que llevo tanto tiempo queriendo lanzarme, me dejé llevar… –parecía que Johann estuviera arrepentido o bien de haber besado a su amiga, o bien de que su madre les hubiera pillado en pleno momento sentimental, pero el chico no dejaba de sentirse incómodo. Ahora sabía que era porque admitía que estaba enamorado de Ana, tremendamente enamorado añadiría él mismo, y que tendría que hablarlo con ella, para lo cual necesitaría seguro la ayuda de su madre. Bebió otro sorbo de su agua, cuyo frescor le pasó por la garganta como un vendaval de alivio–. Mamá, quiero hablarlo con ella, quiero que acceda a salir conmigo, llevo esperando esa respuesta mucho tiempo. Pero no sé cómo hacerlo. ¿Tú me podrías ayudar? Como una amiga…</p>
<p>–¿Yo? Pero si yo soy del siglo pasado, yo no sé las cosas que hacéis ahora los adolescentes para que se pueda decir que sois pareja sentimental. Sin ir más lejos, he visto en la calle esta mañana una pareja de tu edad, y llevaba ella un carrito con un bebé y él la abrazaba como si fuese su marido. Johann, sois adolescentes, deberías hablarlo tú mismo. Es posible que si yo te dijera lo que tienes que hacer y trataras de hacerlo como yo te hubiera instruido, no consigas gran cosa. Quizá tu amiga no sea como yo era cuando tenía su edad. Lánzate tú, háblale de lo que a ella le gusta, seguro que conoces bien sus gustos, si llevas pendiente de ella más tiempo que de los estudios –Marta soltó una risita pícara que, de haber estado Pedro en casa, no hubiera sido agraciada. Tenía razón: ella pertenecía a otra generación, una generación en la que las jóvenes volvían a casa a las once de la noche porque sus padres no las dejaban más tarde, una generación en la que las adolescentes como Ana estaban incluso mal vistas por tener una figura esbelta y una belleza ideal, una generación, en pocas palabras, distinta de la que vivía su hijo. Muy a su pesar, tenía que comprender que las técnicas que se utilizaban en su época eran en la actualidad ya demasiado anticuadas, a pesar de no ser Marta tan mayor.</p>
<p>–Tienes razón… tendré que decírselo yo mismo e improvisar. Nunca se me ha dado bien. De hecho, siempre la he cagado de una manera u otra, pero tendré que intentarlo, de lo contrario nunca podré hacerlo por mí mismo. Gracias, mamá, me ayudan estas conversaciones –dijo, y acto seguido llenó de nuevo el vaso de agua con la jarra que había traído su madre mientras hablaba, y bebió un largo trago.</p>
<p>Marta parecía satisfecha con la conversación que acababa de tener con su hijo, pues su hijo no solía hablar de amores. Siempre le había contado todo tipo de curiosidades, pero nunca nada acerca de su verdadero amor, que parecía ser Ana por cómo se le iluminaban los ojos cuando hablaba de ella. Con todo el cariño y todas las fuerzas que son capaces de reunir las madres orgullosas, Marta dio un abrazo a su hijo, quien se ruborizó, y lo besó en la mejilla en señal de ánimos.</p>
<p>La sensación de alivio en cuanto a ese tema duraría en Johann durante el resto del día, pero la sensación de felicidad que tenía en ese momento se desvaneció cuando vio la forma en la que el rostro de su madre cambiaba en cuestión de segundos. Marta estaba mirando hacia la ventana y, al parecer, había visto pasar a alguien por ella. Su cara era una clara muestra de horror, de temor, de ansiedad, y su mirada se cruzó por una milésima de segundo con la de Johann antes de desviarse.</p>
<p>La puerta de entrada se abrió y Johann se giró rápidamente para mirar hacia ella, ya que había visto la señal de miedo en la cara de su madre. Vio cómo entraba su padre en casa.</p>
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		<title>El Diario (14ª parte).</title>
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		<pubDate>Sun, 29 Jun 2008 16:16:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorge.andreu</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p></p><p>Era una sensación maravillosa. Johann estaba literalmente amarrado a Ana. Ambos estaban abrazados en el sofá, con la televisión apagada, con el silencio reinando en la sala, con el calor de los cuerpos despegando del pecho de una para recaer en el del otro. La sensación de bienestar abundaba en sus mentes y en sus corazones, aún no en sus sentidos. Estaban callados, mirándose el uno al otro a la cara. Johann trataba de no mirar a ninguna otra parte del cuerpo que tenía sobre él, a ninguna de las partes a las que había mirado antes de atreverse a besar a la belleza que había postrada a su lado. Ninguno articulaba una palabra, ninguno emitía apenas sonido, el único sonido que se oía era la respiración de los dos jóvenes.<span id="more-210"></span></p>
<p>A pesar de tal sensación, sabían que no podían estar así, sobre todo Johann. Su padre no consentía que llevara a ningún amigo, especialmente amiga, a casa mientras que ésta estaba deshabitada. Una vez había invitado a un compañero de clase para explicarle la lección de alguna asignatura y no había nadie en casa, por lo que Pedro había pronunciado uno de los sermones que tanto hartaban a su hijo. Marta, su madre, en cambio, no era del mismo modo de pensar: ella sí dejaba que su hijo entrara y saliera con quien quisiera en su casa, para eso era su casa aunque la pagara el padre, pero las familias tenían que compartir, y ésa era una de las mejores formas que la mujer tenía de dar a Johann libertad. Es por eso que el muchacho siempre había confiado en su madre, siempre había confiado en que si alguna vez llegaba a estar con su amada en su casa sin nadie más que molestara, si entraba alguien, que fuese su madre.</p>
<p>Estaban los dos abrazados cuando Johann pudo escuchar de lejos que alguien se acercaba a la casa, que alguien estaba pisando en su porche, que alguien se disponía a abrir la puerta y entrar, que ese alguien los pillaría in fraganti en medio de un abrazo, que no era más que un abrazo, pero que podía llegar a malinterpretarse de muchas maneras. Suplicó que no fuera su padre, que su padre no fuera el que estaba abriendo la puerta. Pero también se le pasó por la cabeza la idea de que podría ser el hombre al que vio desde la ventana de la habitación de Ana, o el hombre al que había visto momentos antes cuando su amiga entró en casa, el hombre que había montado en el coche que tenía a su lado y había salido tranquilamente en marcha. Con todo, no quería que fuese ninguna de esas posibilidades. Tuvo suerte, a pesar de todo, tuvo suerte, podía haber sido peor.</p>
<p>Marta abrió la puerta principal, dejando un sonido al retirar la llave de la cerradura, un sonido que a Johann llegó a antojársele placentero. Supuso que a Ana también se lo pareció. Aun así, ambos se sobresaltaron y desnudaron el nudo que se habían hecho. Se soltaron. Estaban incómodos, pues nunca habían estado ni dándose un beso como el que habían tenido la suerte de poder darse, ni solos en casa de uno de los dos. Ahora que sabían que se gustaban mutuamente corrían por sus pensamientos las ocasiones en las que se habían quedado solos durante un tiempo fugaz y no habían hecho nada más que seguir hablando.</p>
<p>La madre de Johann también se sobresaltó, pero no se vio en su cara el menor signo de enfado, como se habría visto si hubiera sido Pedro quien entrase en la casa. Únicamente saludó a los jóvenes con un “hola” sonoro y feliz, y continuó su camino hasta la cocina, donde dejó las bolsas de la compra y se sirvió un deseoso vaso de agua bien fría.</p>
<p>–¡Qué calor! ¿Verdad, chicos? –realmente, a ojos de Johann, su madre parecía muy normal. Podría notar incluso cierta extrañez en su ánimo, pues se la veía contenta. Desde que saliera del hospital, sus heridas habían ido sanándose progresivamente a un ritmo considerable. Su cara ya no era lo que había sido en el momento en que alguien le propinó una paliza sin venir a cuento. Tenía la nariz aún un poco hinchada y los moratones que tenía en los ojos aún seguían allí, pero el labio había cicatrizado gracias a los productos que le proporcionó doña Salomé. Doña Salomé volvía a llamarse así bajo opinión de Johann, pues se había portado muy bien con su madre y le había ayudado en la escalada a la montaña del optimismo que tanto había costado subir a Johann.</p>
<p>–Sí que hace calor, mamá. Estábamos aquí hablando porque en la calle hace aún más calor. Aquí al menos tenemos ventilador… –a Johann se le notaba que estaba nervioso, pues su madre lo había descubierto abrazado a su amiga, aunque podría haber sido peor, podría haberlos encontrado en pleno acto sexual, lo que no les habría hecho ninguna gracia a los muchachos. Con todo, Marta hizo caso omiso del claro nerviosismo de Johann y se sentó en la silla que siempre había junto al marco de la puerta de la cocina, justo enfrente del sofá.</p>
<p>–He ido a la compra y me he sentido tan bien… me ha dicho el frutero que estoy muy guapa. ¿Se me ve mejor aspecto?</p>
<p>–¡Pues claro! –contestó Ana, metiéndose en medio de la conversación de manera enérgica, interrumpiendo a Johann–. Estás estupenda, Marta, cada vez tienes mejor las cicatrices, cada vez se te notan menos. Me alegro de que estés mejor.</p>
<p>Marta se sentía halagada. Siempre se sentía bien hablando con la muchacha. Cuando estaba en el hospital la llamaba cada poco tiempo para que le dijera cualquier cosa, cualquier comentario de Ana hacía que se sintiera mucho mejor. Era evidente, por otra parte, que Ana también trataba de romper el hielo, de que la mujer se olvidara de lo que acababa de ver. Tan pronto como pudo, apartó el tema de conversación consistente en la imagen de Marta para decir:</p>
<p>–¡Anda! Se me ha hecho muy tarde… he de irme. Aún tengo que estudiar para el examen de la semana que viene –se dirigió luego a Johann y continuó hablando–. Recuerda estudiar todo cuanto puedas, ¿eh, Johann? Que este examen está hecho para ti. Me voy, que si no, me darán las tantas de la madrugada estudiando este fin de semana –se levantó y fue hacia la puerta principal. Se giró y vio que Johann se había levantado para ir en pos de ella, como ella deseaba, y que la madre de éste también se había levantado. Marta se despidió con la mano de Ana y se fue a la cocina para soltar el vaso. Johann abrió la puerta a su amiga y ésta salió, diciéndole mediante señas que le llamaría más tarde.</p>
<p>Cuando la joven se hubo marchado a su casa, Johann fue de nuevo al sofá y se volvió a sentar. Estaba agotado, pero sintió un cansancio aún mayor cuando vio a su madre salir de la cocina con cara de querer charlar sobre un asunto en concreto. Nunca le había importado contarle a su madre las cosas íntimas que rondaban su cabeza, su corazón, pero en ese momento no tenía ganas de explicarle todo lo que había sucedido momentos atrás, antes de que ella llegara, estaba más bien consternado por lo que había ocurrido, y no creía poder contarlo con todo detalle, como siempre le gustaba a Marta que le contara sus sentimientos para poder “diagnosticar” su situación. Su madre se acercó a él y le puso entre las manos otro vaso de agua helada. El chico no sabía qué había exactamente en los pensamientos de Marta, si le iría a echar la bronca y por eso le traía el vaso de agua, o si le iría a interrogar y se lo traía para que no se le secara la garganta. Pensando en qué le repararía el futuro inmediato en aquel salón, aceptó el vaso con un gesto de agradecimiento algo pobre. Hacía demasiado calor para tener la garganta seca, y además tendría que vaciarlo y llenarlo más de una vez durante toda la conversación.</p>
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		<title>El Diario (13ª parte).</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Jun 2008 12:03:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorge.andreu</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p></p><p>Johann no podía creer lo que acababa de escuchar. Simplemente, no podía creer que su amiga se le estuviese declarando, y menos de aquella manera, yendo a su casa cuando menos lo esperaba, cuando estaba solo, como pensando que si ocurriera algo estarían totalmente solos y podrían estar a sus anchas. Pero la reacción del chico fue totalmente distinta a la que esperaba Ana. Ésta vio cómo se le resbalaba al muchacho el sudor por la frente, a pesar de que no hacía demasiado calor en la casa. Vio cómo empezaba el joven a temblar, vio cómo le costaba mirarla a los ojos, mirarla a la cara, ni siquiera podía mirarle las piernas, las piernas que se había dejado ver considerablemente al vestirse ese cortísimo pantalón vaquero para que el muchacho se sintiese más atraído por ella. Vio también que su amigo estaba pasmado, más que pasmado, estaba quieto, mirando al vacío, sin saber qué decir, sin saber qué hacer, estaba sólo mirando a la nada. A saber lo que estaría pensando. Lo único que la chica sabía era que se estaba cansando de esperar en silencio y que tenía que decir algo para acabar con el mismo.<span id="more-207"></span></p>
<p>–Dime algo, Johann, no te quedes callado. Parece que te ha dado un patatús –Ana intentaba hacer que su amigo se animara, no que se animara, más bien que se percatara de que ella seguía allí esperando una respuesta, positiva o negativa, indecisa en cualquier caso, pero una respuesta al fin y al cabo. Pero éste no la daba, y ello ponía mala a la mujercita que era Ana.</p>
<p>Con todo, pasaron algunos minutos, algunos momentos antes de que Johann lograse articular una palabra, el más mínimo sonido, una corta y breve respuesta:</p>
<p>–Sí.</p>
<p>Siempre que uno responde que sí a algo significa que lo permite, ¿no? ¿Había, entonces, permitido Johann que su amiga estuviese enamorada de él? No podía ser, si hacía momentos que el muchacho estaba comiéndose el coco por ver a su amiga suspirar por otro chico cuyo nombre, ni cuya presencia, conocía. No puede ser, pensaba Johann, no puede ser que mi amiga, mi mejor amiga, la chica con la que he compartido tantos momentos íntimos confiando en que no fuese con ella con quien me tocara vivirlos en un futuro, me esté diciendo, me acabe de decir, me acabe de declarar que está enamorada de mí. Bueno, tampoco ha dicho que esté enamorada de mí, ha dicho exactamente que le gusto. Eso no quiere decir que esté calada hasta los huesos por mí, porque de lo contrario me lo habría dicho antes. Pero mírala, Johann, está ahí sentada delante de ti, con sus piernas relucientes, brillantes y suaves cruzadas en posición sexi, está buenísima. Dile algo, pavo, que llevas ya demasiado tiempo atontado aquí mirando a saber qué sitio. ¿Adónde estoy mirando? ¿Habré mirado su entrepierna? Peor aún: ¿habré mirado su entrepierna justo después de revelarme su secreto para no mirarla a la cara, y se habrá dado cuenta de que la estaba mirando y por eso se ha cruzado de piernas? Espero que no se haya dado cuenta. Pero mírala, es tan guapa, no me atrevo a mirarla fijamente y darle una respuesta sincera, no me atrevo a hacer nada, quiero que se esfume este momento…</p>
<p>–¿Johann? –estaba pasmado, cada vez más perdido en el mundo de sus pensamientos. Ana había intentado provocar una respuesta en él vistiéndose de aquella manera y diciéndole que le gustaba, pero Johann no daba crédito a lo que ocurría, es más, casi no sabía qué estaba ocurriendo, porque estaba cada vez más perdido en la séptima galaxia–. Johann, ¿sí qué? Te he dicho… bueno, ya sabes lo que te he dicho. ¿Por qué me respondes que sí? –a Ana también le costaba trabajo articular palabras referentes a su amor, ya le había costado antes de decirlo, cuanto más ahora, que hasta ella se estaba empezando a sentir extraña. Descruzó las piernas y las volvió a cruzar en posición inversa, dejando la pierna izquierda al descubierto, no sin darse cuenta de que si Johann miraba más allá del muslo izquierdo podría llegar a ver el principio de sus nalgas al descubierto. Cualquier chico se habría lanzado sobre ella sediento de apretar esas nalgas, estaba segura, pero Johann no parecía desearlo, más bien no parecía ansioso de hacer tal cosa.</p>
<p>–Eh… sí, sí, vale –de nuevo la misma respuesta, pero esta vez pareció más centrado en el asunto, en el momento–. Esto… Ana, estoy… nervioso, consternado, no sé qué decir…</p>
<p>–No hace falta que digas nada, sólo mírame a la cara –la muchacha cogió a Johann por la barbilla e hizo que sus miradas llegaran a cruzarse por un segundo que a Johann se le antojó eterno, más que eterno. Entendió la muchacha entonces por qué el chico no la miraba, además de por timidez. Los ojos del chico dejaban asomar lágrimas cada vez más abundantes, y cuando Ana trató de secárselas brotaron como si hubiese roto una cañería al pasar el dedo por ahí.</p>
<p>No podía creerlo, ahora era Ana quien no podía creerlo. No podía creer que Johann estuviese llorando porque le había dicho que le gustaba. Sí, estaba llorando por eso, pudo adivinarlo cuando se abrazó a ella y la apretó con fuerza, casi dejándola sin respirar. Ana sintió un placer extraño al verse envuelta entre los brazos de su amigo, ahora su amado –aunque no su amante–, un placer que le encantó, una sensación que nunca antes había sentido.</p>
<p>Escasos minutos pasaron abrazados, los necesarios para que Johann terminara de llorar y se dignara a explicar por qué se había puesto así. Se incorporó de nuevo en el sofá, sentado, se enjugó las lágrimas con las manos con fuerza, y se dispuso a hablar, no sin antes dejar escapar un sollozo que le hizo derramar algunas lágrimas más, antes de cerrar definitivamente el grifo.</p>
<p>–Yo… siempre te he querido. Nunca te lo he dicho, pero siempre te he querido, siempre me has gustado aunque te hablara de otras chavalas, siempre has sido mi tipo ideal de chica. No sé qué decirte… tú también me gustas –se abrazó con fuerza de nuevo a Ana. Ésta, pasmada, impresionada por la fluidez de la respuesta que le había dado su amado, se aferró a él con más fuerza aún, lo que supuso que ambos quedasen entrelazados por unos momentos, antes de que Johann se separase un poco de ella, ambos se mirasen, y, sin pensar en nada más que en lo mucho que se querían y en lo mucho que se deseaban el uno al otro, se besaran.</p>
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		<title>El Diario (12ª parte).</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Jun 2008 16:50:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorge.andreu</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ana dejó caer sus nalgas, marcadas notablemente a través de sus pantaloncitos cortos, en el sofá, echando una ojeada a la televisión, así como a todo su alrededor, al salón en su totalidad, como queriendo encontrar algo en él, pero lo único interesante que encontró fue la mirada de Johann chocándose con la suya. Éste [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><p>Ana dejó caer sus nalgas, marcadas notablemente a través de sus pantaloncitos cortos, en el sofá, echando una ojeada a la televisión, así como a todo su alrededor, al salón en su totalidad, como queriendo encontrar algo en él, pero lo único interesante que encontró fue la mirada de Johann chocándose con la suya. Éste estaba pasmado ante lo que acababa de ver, no por lo del tipo que acababa de ver frente a su casa en el coche, sino por el trasero de su amiga moviéndose con los pocos pasos que había tenido que dar la muchacha para llegar al sofá. Ya días anteriores, meses anteriores, incluso años en ocasiones, se había fijado en la figura de su mejor amiga, pero nunca había caído en la cuenta de que su compañera tenía tal trasero, tal vez porque nunca había sentido por ella nada más que amistad. Siempre había estado enamorado de una chica morena, más bien huesuda, sin caderas ni nalgas como las de Ana, sin curvas como las de Ana. Siempre había estado enamorado de lo que en su instituto llamaban “chicas normales”, lo que comúnmente se llama “del montón”. Pero en ese momento había visto lo que en ocasiones anteriores no había conseguido apreciar de su amiga.<span id="more-201"></span></p>
<p>–Ven aquí, Johann, siéntate conmigo –Ana estaba mirando a su amigo, viendo que éste estaba pasmado, sin moverse ni emitir sonido alguno con su boca. Dio unos golpecitos con su mano derecha en el cojín del sofá para indicar a Johann que se acercara y se sentara junto a ella. Al parecer, querría contarle algo, querría conversar con él. Por otra parte, hacía tiempo que no se veían, y es normal en los amigos que se echen de menos de esa manera, que quieran sentarse juntos a conversar, sobre todo si se trata de un amigo y una amiga, y no de dos amigos; éstos, en cambio, quedarían para jugar al fútbol, aunque Johann no era muy partidario de hacer eso; quizá por ello había parecido siempre extraño a los ojos de sus compañeros de clase.</p>
<p>Johann caminó lentamente, con trabajo, hacia el sofá y se sentó junto a la joven. Ésta dio unos saltitos propios de las chicas de su edad, el saltito o conjunto de saltitos seguidos que suelen dar cuando alguien cumple lo que ellas quieren que cumpla. Se giró hacia él y comenzó a hablar.</p>
<p>–Te noto extraño últimamente, Johann, he notado que hablas poco en clase, te he visto más distraído que de costumbre en clase. Mira que en clase de filosofía siempre estás adormilado, aunque dices que te gusta. Pero no es normal, te he visto suspender exámenes, hacía tiempo que no te ocurría algo así, y la última vez que te ocurrió, según recuerdo ahora, fue cuando te peleaste con ese cretino de Armando. –su amiga parecía realmente lanzada a conversar, lanzada a instruirle a que corrigiera su conducta, cuando realmente, a opinión de Johann, era ella quien debía cambiar su actitud frente a todo.</p>
<p>–Ya te dije que yo no empecé esa pelea –era verdad, Johann no trataba de defenderse del sermón de su amiga, era verdad que él no había empezado la pelea. Armando Montero, un compañero de clase, le había amenazado con romperle la cara a puñetazos si se atrevía a mirar de nuevo a su novia. La novia de aquél no era gran cosa a los ojos de Johann, pero la chica le caía bien y hablaban de vez en cuando, sobre todo después de los exámenes, pues era de las pocas compañeras de clase con las que podía hablar tranquilamente, pero en ese momento esa tranquilidad se esfumó en un instante. Johann no vio otro remedio ante tal situación que seguirle la corriente al bruto de Armando, pero éste parecía buscar pelea y le empujó. Johann no podía contener su ira por esos momentos, y atacó. No hubo mucha movida, en pocos golpetazos se terminó la pelea. Armando terminó con un ojo morado y Johann con una herida en el labio superior, cuyo dolor fue insoportable una vez que se hubo enfriado.</p>
<p>–Ya sé que tú no empezaste la pelea, no quiero hablar de ese tema, ya quedó zanjado, te dije que no quería que te peleases con nadie, hicimos un trato ¿recuerdas? A lo que me refiero es a que en aquellos momentos, por el motivo que fuera, dejaste de estudiar durante un tiempo y suspendiste varios exámenes parciales, no quiero que te vuelva a ocurrir. De hecho, ya te ha ocurrido, has suspendido latín, no quiero verte suspender filosofía. Recuerda que tenemos el examen dentro de una semana. –Ana parecía preocupada, pero al mismo tiempo parecía estar intentando romper el hielo. No fue el hielo lo que rompió.</p>
<p>La situación se hizo extraña a medida que pasaba el tiempo. Pasaron de hablar de estudios y de sermones por parte de Ana hacia Johann, a hablar de televisión, hasta terminar hablando incluso de amor. Hablaron de las series televisivas que daban por las tardes de lunes a viernes y que luego repetían durante toda la mañana del sábado en los canales extraños que conoce poca gente, como era el caso de la teleserie que estaba viendo Johann cuando su amiga llamó a su casa. Hablaron de los programas de la prensa rosa, en los que un periodista, muy entre comillas en vista de Johann, perseguía a un famoso para que le cuente sus intimidades, esas intimidades que no interesan a nadie más que a sí mismo. Los temas de conversaciones se sucedieron uno detrás de otro hasta llegar a un tema que siempre había sido tabú para la joven y que, curiosamente, en ese momento había convertido en el centro de la conversación ella misma. Le contó a su amigo que no sabía el motivo que le había llevado a su casa a contarle lo que le iba a contar, pero que había ido allí para contarle aquello.</p>
<p>–Llevo varios días queriendo decírtelo, Johann, pero nunca he encontrado el momento, como te veía tan ausente en clase… y como no es algo que se pueda contar en cinco minutos mientras los profesores no miran… y como no nos vemos por las tardes… en fin, no te lo podía decir, pero ahora estoy aquí y no me voy a ir sin decírtelo. –la cara de Ana había cambiado a medida que habían ido cambiando de tema, posiblemente, porque su vergüenza iba cada vez aumentando por saber que se acercaba el momento de decirle algo muy importante a su amigo.</p>
<p>Johann, por su parte, estaba más nervioso aún, pues nunca había pensado en si realmente lo que sentía por su amiga era amor, pero no se podía creer que fuera eso lo que la chica le iba a contar. De hecho, no lo creía, porque sabía que su mejor amiga suspiraba por otro chico, posiblemente, uno de esos impresentables, como llamaba Johann a los que andan con las piernas entreabiertas porque se les caen los vaqueros y dejan ver el letrero de Calvin Klein que marcaban sus boxes. Su amiga no se lo había contado, su mejor amiga, la chica hacia la que Johann tenía una profunda confianza no le había contado que le gustaba un impresentable.</p>
<p>Pero lo que le contó no se parecía en nada a lo que él pensaba.</p>
<p>–Johann, creo…creo que… –le costaba articular las palabras, y sentía su corazón latir cada vez con más fuerza y velocidad–. Creo que me estoy… enamorando.</p>
<p>El muchacho no podía creer lo que estaba oyendo. Nunca había hablado con ella de amor. Nunca la había escuchado decir que estaba enamorada, siempre, realmente, había notado en ella algo extraño hacia diferentes chicos, pero nunca le había confesado que le gustaba ninguno de ellos. Son simpáticos, decía, son guapos, atractivos, pero no me gustan, no estoy enamorada, Johann. Pero entonces le estaba confesando que sí, que realmente estaba enamorada. En aquellos momentos, sobre el sofá de su propia casa, Ana estaba revelando sus sentimientos hacia su mejor amigo. Pero el peor momento para Johann llegó justo después de pensar esto, cuando, en medio de un silencio que llenaba todo el salón (habían apagado la televisión momentos antes de aquella confesión), su amiga, la rubia que estaba sentada junto a él con unos pantalones vaqueros cortos y, sobre todo, apretados, dijo desde su más sincera timidez:</p>
<p>–Johann, me gustas.</p>
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		<title>El Diario (11ª parte).</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Jun 2008 19:36:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorge.andreu</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p></p><p>Desde que Johann derramara aquel mar de lágrimas cuya causa principal fue la tensión a la que estaba sometido a causa de lo que había visto en el hospital, de la discusión con su padre y con Salomé, y de la visión de aquel extraño tras la cortina de su habitación, habían pasado cuatro semanas, casi un mes. Había tenido que sufrir la tensión también de presentarse a un examen de latín, el que tanto temía, sin apenas haberse repasado el temario, sin apenas haberle dedicado el tiempo suficiente a causa de la hospitalización de su madre. Había tenido, en consecuencia, que sufrir el tremendo impacto que tiene que sufrir un estudiante que se esfuerza al máximo cuando suspende un examen. Su ánimo iba disminuyendo cada vez más a medida que iba sucediéndose toda aquella serie de circunstancias.<span id="more-171"></span></p>
<p>Las semanas le habían parecido años, siglos, al mismo tiempo que minutos, segundos, cada sensación por un motivo diferente. Su madre se había ido recuperando poco a poco de la paliza que había recibido, Johann cuidaba de ella cuando podía, cuando su estrés se lo permitía –en cierta manera–, cuando no tenía demasiadas cosas que hacer. A pesar de todo, el joven ya no estaba tan impactado por la situación de su madre, sabría que se iba a recuperar, por lo que no vio necesaria la total asistencia al hospital, idea que nunca le resultó buena desde antaño. Marta, por su parte, también iba subiendo por la escarpada cuesta del optimismo y se veía a sí misma como un payaso, no con malas impresiones, sino como insultos amistosos hacia su propia persona. La persona de uno es intocable, por mucho que los demás digan de uno mismo, lo que éste realmente piensa es lo que vale –eso siempre es útil, o en la mayoría de los casos–. Por eso Johann decidió que cuidaría de su madre de vez en cuando, porque ella misma se veía en buenas condiciones, mejorables pero buenas, y que el resto de los cuidados los dejaría de la mano de su padre, quien también participaba en dar ánimos a su esposa.</p>
<p>Ana, la amiga de Johann, también había suspendido el examen, no por acompañar a su amigo en los cuidados de Marta, sino por asuntos muy distintos. Al parecer, estaba atravesando un mal momento sentimental, Johann no sabía por quién, pero sí observaba a menudo leves y breves lágrimas asomar por los ojos de la rubia. A pesar de todo, la chica trataba de pasar desapercibida y ocultaba a su amigo por quién suspiraba, o lloraba a escondidas, de manera que incluso de vez en cuando llegaron a echarse miradas desafiantes el uno al otro, normalmente siendo la de Johann la más atacante, la más enojada, la más decepcionada.</p>
<p>Los apuntes de latín rondaban de un lado al otro de la mesa, al igual que rondaba de un lado al otro de la mente de Johann cada idea acerca de ese asunto que aún le ponía nervioso e incluso le enfadaba: el diario. Éste, según había comprobado el chico varios días atrás, volvía a estar en su situación habitual. Su madre había llegado del hospital con él en la mano y lo había colocado, sin mediar palabra alguna ni con su marido ni con su hijo, bajo la pata coja del sofá, dejando de nuevo éste en equilibrio. Johann no podía ver otra cosa que lo que había en la realidad: el sofá sostenido por el diario que tan nervioso, cada vez más, le ponía. Volvía el latín a la mente del estudiante, volvía éste a la concentración de su estudio, volvía a colocar los apuntes derechos ante sí y a releerlos una y otra vez, no sin quitarse de la cabeza ninguno de aquellos asuntos que merodeaban como almas en pena por su inconsciente. No agradecía estudiar latín, pero menos aún si se trataba de estudiarlo para recuperar una nota que siempre había sido alta, y muchísimo menos aún cuando tenía tal cantidad de asuntos dispares metidos en la cabeza todo el tiempo. Necesitaba olvidarse de todo aquello, pero no sabía cómo hacerlo. No vio ninguna otra opción más que levantarse y salir de su habitación, saliendo a su vez de todo lo relacionado con el estudio, pero no de lo que se refería a su estrés ni a sus pensamientos.</p>
<p>Fue al salón y se sentó en el sofá. Este mueble debe de ser famoso ya en todo el instituto, pensó el muchacho. Se había dado cuenta hacía ya tiempo de que estaba solo en casa, se había dado cuenta de que podía relajarse. Encendió la televisión y presionó con ansiedad el botón del mando que llevaba siempre a su canal favorito, el de las series de televisión repetidas que siempre echaban a media mañana los sábados. Dio exactamente con la serie que más le gustaba, una tal Cosas de jubilados que relataba las situaciones de unos ancianos al mismo tiempo que éstos eran jóvenes. Curiosamente, le hacía gracia, reía a carcajadas cada vez que uno de ellos, el más gracioso de los cuatro protagonistas, decía un chiste. No solían ser así los momentos en los que el joven veía la televisión, pues ésta se encendía por su mano muy pocas veces al cabo de la semana, al cabo del mes, casi ninguna al cabo del día, siempre prefería leer a estar viendo programas televisivos de media tarde.</p>
<p>Sonó el timbre sin que el muchacho lo esperase. Se sobresaltó, pero no fue un enorme susto como el que había escuchado casi un mes antes, y fue a abrir la puerta. Cuando la abrió, vio que en el porche no había nadie esperando que le recibiera. Nadie caminaba por el extenso porche que tenía la casa, como solían hacer todos los que apretaban el interruptor del timbre para esperar a que la puerta se abriera. Salió de la casa y miró hacia su alrededor: nada, por no haber, no había ni un coche en movimiento, todos quietos, todos vacíos, todos apagados. No encontró a nadie en la calle.</p>
<p>Entró y se volvió a sentar en el sofá para someterse de nuevo a su placentera sesión de risotadas viendo la serie de televisión. Apenas pasaron dos minutos, cuando sonó de nuevo el timbre. Llegó a pensar que sería una broma, pero se volvió a levantar para asegurarse de que no se trataba, o sí, de eso. La puerta dejó ver de nuevo el mismo vacío, pero cuando Johann fue a salir de nuevo para mirar por todo el porche, encontró algo que, al mismo tiempo que le sorprendió, le alegró ver.</p>
<p>Estaba de espaldas, mirando hacia la carretera como si estuviese calculando una estrategia. Vestía un pantalón vaquero corto y una camiseta amarilla, suelta, que dejaba ver un poco la espalda por su trasparencia. Se volvió antes de que Johann pudiese terminar de observar lo que veía. Se fue hacia él y le besó la mejilla.</p>
<p>–Te echaba de menos –dijo Ana en tono patético, como suplicándole que la hiciera entrar y sentarse con él a ver la televisión. Hacía varios días que no se veían por las tardes, y Johann tampoco pensó que aquel sábado por la mañana se le ocurriese a la muchacha hacerle una visita, pero así era.</p>
<p>–Ah… pasa, pasa –la invitó Johann, algo nervioso. Se sentía extraño, era una sensación rara, ni buena ni mala, sólo rara. Pero trató de contenerse y fue detrás de su amiga, que se dirigía al sofá con paso decidido, exhibiendo sus caderas y su trasero, que, a ojos del muchacho, le parecieron más marcados que nunca.</p>
<p>Johann se volvió para cerrar la puerta. Vio por un segundo algo, o a alguien, que sobresalía detrás de un coche azul marino que estaba aparcado frente a su casa, cercano al garaje de Ana. Se movió, cualquiera que fuese el tipo que estaba detrás del coche, se movió, y se levantó además, mirando a Johann. Éste se quedó por un instante paralizado, pero no logró verle la cara. El extraño se metió en el coche y arrancó el motor tranquilamente, como si nada hubiese sucedido. Será un visitante, se dijo a sí mismo el muchacho, mientras cerraba la puerta.</p>
<p>El hombre se puso sus gafas de sol y pisó el acelerador, sabedor de que volvería de nuevo…</p>
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		<title>El Diario (10ª parte)</title>
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		<pubDate>Tue, 27 May 2008 18:43:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorge.andreu</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p></p><p>Ana tardó un poco más en llegar a su dormitorio, y cuando arribó a la vera de Johann vio que éste no estaba en condiciones de dar ninguna explicación sobre lo que había ocurrido. Sólo miraba por la ventana, tenía los ojos como platos blancos del modo como los tenía abiertos, su boca no dejó escapar más que un leve gemido, producto de la parálisis a la que el chico estaba sometido. Ana intentó hacerle tomar el control sobre sí mismo para que le anunciara lo que había presenciado, incluso trató de mirar por la ventana hacia su casa para ver si conseguía percibir alguna imagen extraña o algo anormal, pero ambos intentos fueron en vano. Tuvo que esperar a que Johann abandonase el estado de shock y volviera a sentir que no estaba solo en la habitación, que su amiga estaba acompañándole, casi más preocupada por el estado de su compañero que por lo que había ocurrido en sí en ese momento.<span id="more-158"></span></p>
<p>La mirada de Johann se cruzó en un momento con la de su amiga, en el momento en que miró brevemente hacia su derecha porque le había parecido oír algún ruido en un lugar cercano. Tampoco pudo impulsar palabra alguna para que saliese por su boca, que, aunque permanecía abierta intentando articular una llamada de socorro, no lo conseguía. Sus ojos tampoco denotaban nada, sólo se limitaban a dejar escapar escasas lágrimas, que no se sabía entonces si sería por haberse mantenido abiertos durante mucho tiempo o por tristeza o asombro por lo que acababa de presenciar. Al final, tras un eterno instante, según le pareció a Ana, que estaba sentada en la cama cada vez más nerviosa ante tal situación, Johann logró decir algo que, aun así, tampoco se pudo percibir muy bien, pero entonces ya era capaz de señalar con su mano derecha y su índice extendido hacia la ventana de su dormitorio, la que estaba justo enfrente de la del dormitorio de Ana. Ésta, siguiendo la dirección a la que apuntaba el dedo del muchacho, se asomó y miró hacia la otra casa. Ni rastro de anormalidad: la persiana medio abierta, medio cerrada, la cortina cerrada, oscuridad tras ésta, todo normal y corriente, como estaba siempre que no había nadie en la casa o que su amigo estaba durmiendo. Ella también había sentido a veces la tentación de mirar por su ventana hacia el dormitorio de su amigo para ver si captaba algo de intimidad, y de hecho también había llegado a captar algo, aunque no tanto como Johann había conseguido de ella. El brevísimo pensamiento se esfumó de su cabeza cuando vio, al igual que Johann, que se había situado ya a su lado mirando por la ventana, una sombra pasar por detrás de la ventanita que daba al salón. Efectivamente, la misma figura, la que llevaba el bombín, se había desplazado hacia la izquierda, posiblemente en dirección a la puerta de entrada. Esperaron un momento a ver si el tipo salía de la casa para ver quién era, pero nadie salió.</p>
<p>Johann no pudo resistirse más y salió corriendo de la habitación de Ana. Ésta le siguió intentando ponerse a su misma altura a medida que bajaba la escalera. A diferencia de aquél, ella casi resbala al bajar los últimos peldaños de la escalinata, lo que implicó que se detuviera en seco aferrándose a la barandilla para no llegar de cabeza al suelo, mientras que su amigo se dirigía corriendo hacia la puerta de entrada, que en ese momento le serviría más bien de salida.</p>
<p>La salida de la casa significó un tremendo cambio de temperatura. Ahora comprendo por qué Ana se ha puesto tan ligera de ropa, es que hace calor, pensó en un fugaz instante Johann al mismo tiempo que se dirigía a marchas forzadas hacia su propia casa, en busca de alguien a quien no sabía si podría detener, ya que no sabía ni siquiera quién era. De nuevo la carrera, por muy corta que fuese, le resultó eterna, pero más eterna le resultó la búsqueda en su bolsillo de la llave de la entrada que tuvo que llevar a cabo cuando llegó al portón, en vano de nuevo, como sus anteriores acciones. No llevaba la llave en el bolsillo. Recordó que la había dejado en la mesita que había frente al sofá de su amiga en cuanto se había sentado para esperar a que ella se cambiara de ropa.</p>
<p>Volvió velozmente hacia el hogar de la rubia, quien esperaba en la puerta dañada por el forcejeo que había sufrido al casi caer en picado desde la escalera. Entró rápidamente, sin hacer caso del estado de su amiga, pues saltaba a la vista que no estaba en muy malas condiciones, y cogió las llaves de la casa de encima de la mesita donde, efectivamente, habían sido depositadas apenas una hora antes. Regresó de nuevo a su casa, ya con la seguridad de que iba a poder abrir la puerta y descubrir quién era el que estaba tras las sombras de las cortinas.</p>
<p>Le costó bastante trabajo abrir la puerta, no tanto el abrir, sino el acertar con la llave en la cerradura. Temblaba cada vez más. Parecía que sentía acercarse el momento clave. Incluso le costaba respirar, aunque no estaba muy seguro de si esa falta de respiración se debiese a las carreras que había dado o al nerviosismo. Finalmente, logró entrar en la casa.</p>
<p>Miró desde todas las perspectivas que tenía desde la entrada de la casa, pero no logró ver a nadie. Corrió con algo de cuidado, pues sabía que podía llegar a romper algún jarrón de allí, hacia todos los puntos sospechosos de las habitaciones, empezando por el gran salón que había en la planta baja, pasando por la cocina, más pequeña, y subiendo en pocas zancadas hacia las habitaciones de arriba. En ninguna de ellas había nadie. En ninguna de las grandes salas había más movimiento que el que él causaba al pasar por cada cortina. Se atrevió a mirar por la ventana de su dormitorio tras haber presenciado la absoluta desnudez de la habitación. Pudo ver en un instante a su amiga Ana en la puerta de su casa, pero no logró ver a nadie corriendo, huyendo del muchacho, ocultándose de su mirada. Nada. Se sumergió de nuevo tras la cortina. Ana pudo ver cómo se perdía de vista tras la fina tela beige que conformaba con un tejido liso, sin bordados, la cortina.</p>
<p>La impaciencia de Ana crecía cada vez más. Escuchó no muy de lejos la voz de su padre, y se percató de que estaba en casa. No se habían dado cuenta de que aún seguía allí, de que no se había ido, y no habían caído en la cuenta de que quizá les hubiera servido de ayuda, pero ya era tarde, el que fuera ladrón o intruso ya había huido, ya se había escapado. Se acercó a la puerta y le dijo a su hija que si podía retirar ya el plato de ensalada que había estado comiendo su amigo, y ésta le indicó con un gesto con la mano que sí, que podía retirarlo, que su amigo no comería más esa tarde.</p>
<p>Johann revisó una vez más el enorme salón. Miró la televisión, intacta. Miró la mesa, intacta también. La mesa intacta, pero pudo contemplar que sobre ella no estaba el teléfono móvil de su madre, el teléfono que el que entrara en la casa había utilizado para llamar a Johann. En su lugar no encontró nada. Aunque continuó mirando por todas partes, no encontró ni rastro del teléfono. Se habrán llevado el teléfono, pensó, no es tan grave, mientras que no se hayan llevado nada más de valor. Observó el sofá cojo: el diario aún no estaba allí. No sabía dónde estaba, pero sí era consciente de que ya cuando llegara antes de tener que irse al hospital, el diario no estaba bajo el sofá. Se rindió, no quiso buscar más detalles. No soy policía, se dijo a sí mismo, ni detective, no tengo madera de investigador, ni siquiera de observador, no serviría ni para analizar una pintura del Greco. Rendido, desesperado de buscar, salió de su casa y cerró la puerta con llave. Se encaminó hacia la morada de su amiga y la vio esperándole apoyada en el marco del portón de entrada. Eso sí que es un portón, y no el mío, se dijo Johann, quizá con uno como ése no habría conseguido entrar el cretino ese. Pero si la puerta estaba cerrada con llave cuando intenté entrar en casa, se percató el muchacho.</p>
<p>Entró en la casa, casi esquivando a su amiga, y se sentó en el sofá. Brotaron algunas lágrimas de sus ojos, y Ana acudió en su secada. Propuso su seco hombro derecho, ése que tanto gustaba al joven, y dejó que se mojara de agua salada…</p>
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		<title>El Diario (9ª parte)</title>
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		<pubDate>Fri, 23 May 2008 14:08:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorge.andreu</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p></p><p>Eran ya casi las seis de la tarde, según habían mirado en el reloj digital que había en el ascensor. Ana ofreció a su amigo que se quedase en su casa y comiera algo. Volvieron a llamar al padre de la muchacha y éste tardó unos quince minutos en llegar. Mientras tanto, a Johann se le escapaban algunas lágrimas sólo de pensar en la situación que un momento antes había tenido que presenciar. No sabía ya si pensar que su padre era culpable o que Salomé era una mentirosa. No sabía si sería su padre capaz de hacer tal cosa, pero en cualquier caso, se había puesto como furioso como nunca durante su escasa presencia, lo cual no llevaba a que Johann hiciera ningún pensamiento bueno acerca del tema.<span id="more-153"></span></p>
<p>Se abrazó a su amiga de nuevo y apoyó su cabeza en el hombro de la rubia. Notó entonces lo suave que era su pelo, nunca antes había notado aquella sensación tan cerca de él, ni tampoco de lejos. Volvieron a brotar lágrimas de los ojos del muchacho, Ana pudo notarlo en su hombro y en la respiración de su amigo, que se entrecortaba cada vez con más intensidad, hasta llegar a ahogados sollozos. Para cuando llegara el padre de Ana, el joven se habría calmado un poco y, al menos, sus ojos ya no estaban muy enrojecidos, lo suficiente como para poder disimular ante el padre de su amiga que había estado llorando. De nuevo se le hizo eterno el viaje de vuelta hacia la casa de  Ana, realmente estaban casi a la misma distancia, pues Johann y Ana no eran exactamente vecinos pared con pared, pero sí eran convecinos dentro de una barriada, y si el chico se asomaba por la ventana de su habitación, que daba a la calle, podía ver, si la muchacha tenía la ventana de su dormitorio abierta, lo que ésta hacía en su casa. A veces había sentido la tentación de espiar a su amiga para verla recién salida de la ducha, e incluso alguna vez tuvo la oportunidad de presenciarla mientras se despojaba de su toalla, dejando descubierto su fino cuerpo de adolescente, y se vestía al mismo tiempo que cantaba y bailaba, seguramente una de esas canciones que ponían malo al muchacho. Johann se ruborizó durante un segundo mientras pensaba en esos detalles que había podido contemplar aquella tarde, no hacía mucho; después consiguió apartar el recuerdo de su mente, por si su amiga podía adivinar en qué estaba pensando o pudiera notárselo el padre, cosa que le hacía menos ilusión.</p>
<p>Llegaron a su destino cuando la aguja más larga del reloj analógico que llevaba el padre de Ana posado sobre la guantera pinchó sobre el número cuatro, es decir, eran las seis y veinte minutos. La tarde había entrado, el sol ya no era tan intenso como horas antes, cuando ambos llegaron a sus respectivos hogares, una suave brisa acariciaba los árboles que decoraban las calles en las que vivían los dos estudiantes. Johann notó un breve, y leve, placer al salir del vehículo, dada la sensación que daba el pobre vientecillo que soplaba ante ellos. Sintió como si las lágrimas no fuesen a aparecer de nuevo.</p>
<p>Los tres entraron en la casa de Ana, siendo el primero su padre por ser quien tenía las llaves del hogar, y ésta le dijo a Johann que tomara asiento.</p>
<p>–En un segundo estoy aquí de nuevo, voy a cambiarme –dijo Ana con tono optimista, para que su compañero se alegrara un poco, según supuso él mismo. Marchó en una carrera hacia su dormitorio, en el piso superior, mientras Johann, tras haber asentido a la orden de su amiga, se dirigía hacia el sofá y se sentaba, sintiendo otro placer, más agudo que el anterior, al notar sus nalgas posándose en el blando cojín del sofá. Por un instante, le vino a la mente el hecho de que aquel sofá pudiese estar cojo, e incluso miró hacia una pata, pero no se correspondió su pensamiento con la realidad.</p>
<p>Allí esperó varios minutos hasta que su amiga apareciese vestida de Eva –la compañera de Adán–. Llevaba un top que, a juicio del propio Johann, mejor no haberlo llevado, pues enseñaba más que si no llevase nada que la vistiera. Unos diminutos pantalones cubrían las nalgas de la joven al mismo tiempo que marcaban una hermosa figura femenina desde los ojos del muchacho. Las sandalias eran más discretas, algo callejeras, pero como estaba en su propia casa, podía llevar lo que le apeteciese, como juzgó Johann. El cuadro lo remataba una trenza que abarcaba todo el pelo de la adolescente, dando a sus ojos azules un toque de niñez impropio para el modo como estaba vestida. El muchacho incluso llegó a ponerse nervioso, pero intentó apartar pensamientos extraños de su cabeza, sabía que el padre de su amiga estaba presente, no en el salón, pero sí dentro de la casa, y no sería capaz de volver a dirigirle la mirada si le descubría mirando el trasero de su hija. Antes de que el chico se diese cuenta, inmerso en su asombro, Ana se sentó a su lado en el sofá. Se abrazó a él, lo que le sorprendió con creces al muchacho, y le besó en la mejilla.</p>
<p>–¿Estás mejor ya?</p>
<p>–Sí, creo que sí –no sabía qué hacer. Su propia amiga no parecía intentar sino excitarle.</p>
<p>El padre de la muchacha apareció por el umbral de la puerta que daba al salón con un plato que contenía una ensalada y un vaso de agua.</p>
<p>–Una comida sana y ligera te vendrá mejor que pollo con patatas fritas –dijo mientras depositaba el plato encima de la mesa que había frente al sofá. Johann le estuvo agradecido y piropeó el plato de ensalada en contadas ocasiones, dado el hambre que sentía.</p>
<p>Ana le hablaba de diferentes temas, todos ellos propios de su género, pero Johann escuchaba atento las batallitas. A pesar de no ser partidario de apoyar a las mujeres en que hicieran del cotilleo un deporte cotidiano, el chico siempre solía mostrarse educado y respetar que su amiga conversara con él acerca de eso. Peor es que no me hable, se decía siempre a sí mismo.</p>
<p>En mitad de la conversación, cuando el chico estaba terminándose su almuerzo-merienda –pues ya era la hora propia de la merienda–, la conversación se interrumpió con algo de lo que Johann no se había percatado desde hacía ya varias horas, desde que saliera de su casa en dirección al hospital. Notó vibrar su teléfono móvil en su bolsillo derecho, lo que supuso un sobresalto. Dejó el tenedor con la lechuga pinchada apoyado en el plato, bebió un rápido sorbo de agua y se sacó el móvil del bolsillo. Ana no había callado hasta entonces, pero en ese momento permanecía en silencio a esperas de que su amigo respondiera a la persona que estaba al otro lado del teléfono.</p>
<p>–¿Sí? ¿Dígame? –preguntó el muchacho, algo arqueado, como era normal cada vez que le sonaba el teléfono. Era una manía que tenía.</p>
<p>Nadie contestó al otro lado del teléfono, sólo había un suave rumor, como si alguien estuviese cantando.</p>
<p>–¿Oiga? ¿Me oye?</p>
<p>No hubo respuesta alguna, ni rastro de ninguna voz. Le recordó al momento en el que había estado comentando acerca del diario, cuando había dicho que le parecía que sería interesante de leer, cuando había encontrado el diario manteniendo el sofá en equilibrio, cuando llamó a su madre, cuando su madre colgó, cuando se oyó el pitido… El sobresalto de Johann fue mayor aún cuando se despegó el teléfono de la oreja y miró el número con el que estaba conectado. El número de teléfono correspondía con el de su madre. Asustado, nervioso, volvió a acercar el teléfono a toda prisa a su oído, y entonces sólo escuchó un pitido, el mismo que había escuchado al finalizar aquella conversación con su madre, el teléfono se había cortado.</p>
<p>Recordó una imagen fugaz en la que veía el teléfono móvil de su madre sobre la mesa de la entrada. Eso fue lo que terminó de preocuparle, pues sólo podía significar dos cosas: que su padre había llegado a casa o que alguien desconocido había entrado en ella. Corrió veloz como el viento hacia la habitación de Ana, y aunque notó al entrar ese olor que tanto le atraía, el olor corporal de su amiga, hizo caso omiso de él y se encaminó hacia la ventana. En tres pasos había llegado, a pesar de la gran superficie del dormitorio. Una sola mirada le bastó para reconocer una silueta en su dormitorio, cuya sombra daba a entender que era alguien a quien Johann no conocía, pues no sabía de nadie que soliera llevar en la cabeza un bombín. El tipo pareció sentirse observado, porque desapareció tras la cortina y no se volvió a ver…</p>
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		<title>El Diario (8ª parte)</title>
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		<pubDate>Sun, 18 May 2008 18:51:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorge.andreu</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El viaje desde su casa hasta el hospital se le hizo, tanto a Johan como a su amiga, eterno, tanto como las clases de Literatura Universal a la que ambos asistían, aun siendo uno de letras y otra de ciencias sociales. El padre de Ana era un tipo que no parecía llevarse muy bien con [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><p>El viaje desde su casa hasta el hospital se le hizo, tanto a Johan como a su amiga, eterno, tanto como las clases de Literatura Universal a la que ambos asistían, aun siendo uno de letras y otra de ciencias sociales. El padre de Ana era un tipo que no parecía llevarse muy bien con la gente, al menos esa era la impresión que Johan siempre había tenido acerca de él. Pero, en cambio, ese día se ofreció más amable y accedió sin dudarlo un momento a llevar a los chicos al hospital.</p>
<p>Cuando llegaron a su destino, el coche se detuvo, salieron de él a toda prisa y se despidieron de Juan, el padre de Ana. Era casi tocayo de Johann, sólo que el nombre de éste sonaba más suave a los labios de todo el mundo. El coche aceleró poco a poco hasta tomar cierta velocidad, y desapareció por entre las calles mientras que los dos jóvenes entraban en el hospital dispuestos a preguntar por la madre del chico. Tras varios minutos, lo cual no solía ser normal, según recordaba Johann de cuando había tenido que ir por un tobillo roto, una mujer mayor, de unos cuarenta y tantos años, les atendió. Pocas preguntas bastaron para que la señora supiera por quién estaban preguntando y les indicara por dónde tenían que coger para llegar a la habitación en la que descansaba Marta.<span id="more-146"></span></p>
<p>La habitación 304 estaba al final del pasillo del piso tres, a mano derecha desde el ascensor. Tuvieron precaución al entrar, por si acaso la mujer estaba dormida. Empujaron suavemente la puerta y, tras acceder al interior de la habitación, vieron dos camas, una de las cuales estaba vacía y la otra la ocupaba Marta. Ambos se quedaron sorprendidos al ver el rostro de la mujer, con los dos ojos morados, el labio superior reventado y una raja en la mejilla izquierda. Varios moratones acompañaban su pálida piel, sobresaliendo un buen arañazo por encima del pijama del hospital, a la altura del hombro derecho. Johann estaba paralizado por la tremenda impresión que le había causado ver a su madre en tal situación, adormecida por el sedante que le habían proporcionado y que goteaba por el cablecito que llegaba hasta su muñeca derecha. Pero también formó parte de aquella impresión ver que su madre estaba acompañada por doña Salomé, ahora ya casi Salomé a secas, pues Marta ya no trabajaba para ella y Johann no se veía obligado a tratarla cortésmente. Salomé le sostenía la mano izquierda a la yacente, mostrando temor y preocupación al mismo tiempo en su cara. Miró a Johann e hizo una mueca que él no entendió muy bien.</p>
<p>–La encontré así en la calle –dijo Salomé casi soltando un sollozo–. Me disponía a entrar en el supermercado cuando oí a la gente hacer comentarios extraños. Me acerqué a ver qué pasaba, y me encontré con el percal. Tu madre estaba tirada en el suelo, con el rostro totalmente ensangrentado y gimiendo de dolor –entonces fue cuando la mujer soltó un sollozo y tuvo que soltar la mano de Marta para taparse la boca y echar mano de su pañuelo bordado para sonarse. Poco después, continuó diciendo: –No encontré el modo de transportarla hacia aquí, de modo que me vi obligada a llamar a la ambulancia. Traté de telefonear a tu casa, pero allí no había nadie.</p>
<p>Johann ya casi no la escuchaba, estaba más atento a la cara de su madre aturdida, no sabía si por los golpes que se suponía que había recibido, o por el sedante. Sintió ganas de llorar, pero se contuvo para intentar hablar serenamente con Salomé.</p>
<p>–¿Sabes quién ha sido?</p>
<p>–No tengo ni idea… –la cara de la mujer era una pintura de los últimos días de Goya–. Sólo sé que estaba tirada en medio de la calle y que nadie hizo nada por apartarla al menos de la carretera. Menos mal que en ese momento no pasaba ningún coche. Nadie dijo que hubiese pasado alguno anteriormente, nadie dijo que la hubiesen atropellado. Sólo hablaban de un tipo que había venido y, de buenas a primeras, le había dado una paliza enorme, dejándola ahí tirada y largándose sin más, sin preocuparse de su estado. Claro, a un tipo así no se le ocurriría mirar a la cara a la víctima. Se acobardaría… –empezaba a dejar escapar fuertes insultos de su boca, sin saber siquiera a quién se dirigía.</p>
<p>Ana, por su parte, se sentía algo incómoda y decidió salir de la habitación un momento para telefonear a su casa y avisar a su padre de que Marta no parecía estar muy mal. La verdad es que no parecía estar mal, sino que se veía claramente que estaba adormecida y que en unos días irían cicatrizando las heridas. Tendría que esperar varias semanas para que los ojos dejaran de estar morados, pasaran por el típico color amarillento y volvieran finalmente a su normalidad. Tendría que esperar varios días también a que su boca empezase a cicatrizar.</p>
<p>Mientras Salomé conversaba con Johann acerca de diferentes temas, aunque todos, por muy poco que tuviesen que ver, terminaban tomando su camino por su propia cuenta hacia el tema de Marta, alguien llamó tras la puerta. Fueron sólo dos golpecitos, a los que siguió un leve movimiento de la puerta, detrás de la cual apareció la cabeza de Pedro. Pareció éste percatarse de que realmente había dado con la habitación que buscaba, y abrió la puerta completamente para entrar y dirigirse en pocos pasos hacia su esposa. No dejaba de murmurar entre sollozos mientras observaba a su mujer tendida en la cama con la mirada perdida. Se acercó lentamente para besarle la cara, pero se dio cuenta de que le dolería, así que le besó lo más suavemente que pudo en la frente. Los ojos de Marta se cerraron en muestras de placer, de alivio por haberse encontrado con su marido.</p>
<p>Pese a todo, Salomé, aunque era casi evidente que en la habitación se respiraba amor, se levantó de un salto y acusó a Pedro de falso.</p>
<p>–Fantasma, que eres un fantasma… –decía llorando mientras señalaba con el dedo índice al hombre–. Mira cómo lo disimula, ¡has sido tú, perro, cabrón!</p>
<p>Johann no sabía de qué lado ponerse. Realmente, su padre tenía momentos en los que le daba por gritar e incluso pegar puñetazos en las paredes de la casa. Más de una vez había empujado a Marta haciendo que ésta chocase contra la pared. Pero su hijo no le creía capaz de haber dado tal paliza a su madre. De modo que no encontró otra respuesta que decir:</p>
<p>–¡Basta! –los dos lo miraron con un mensaje en sus miradas. Lárgate de aquí, no debes estar aquí ahora mismo, sentía Johann que le decían las miradas de su padre y la mujer. El momento duró mil años, o eso le pareció al chico, quien, viendo que no iban a dejar de mirarle con esos rostros amenazantes, dio media vuelta y salió corriendo de la habitación.</p>
<p>Se dio cuenta de una cosa: Ana no se encontraba esperando fuera en el pasillo, Ana no estaba esperando a que su visita terminase para acompañarle a la cafetería o a dar una vuelta para despejarse. Corrió por el pasillo, tropezando con un señor al que no conocía, pero que le echó unas miradas más asesinas aún que las que le acababan de echar en la habitación. No dijo nada, no pidió perdón ni se encaró con el hombre, sino que se echó a un lado y dejó que éste pasara, quedándose Johann quieto, mirando por un momento cómo entraba el hombre en la habitación que estaba justo al lado de la que ocupaba su madre. Se volvió a dar la vuelta y se dirigió con paso ligero hacia las escaleras. Llevaba lágrimas en los ojos y quería contenerlas, pero algunas hacían de las suyas y se escapaban de su presa, resbalándole lentamente por las mejillas, alterando su camino por el temblor causado en la cara del muchacho al dar rápidos pasos.</p>
<p>Llegó en un momento al ascensor, pulsó el botón y esperó impaciente que éste llegara a su piso. Se giró un momento para matar un poco el tiempo y se encontró con la mirada de Ana, que estaba sentada en el pequeño sofá que había enfrente del ascensor. Corrió hacia ella, y al mismo tiempo que ésta se levantaba, se le abrazó con fuerza, descargando todo un mar de lágrimas sobre su hombro. A Ana se le saltaron las lágrimas levemente, sin saber aún el porqué de tanto llanto. Se esperó lo peor, pero se limitó a decirle a Johann que se tranquilizase y a esperar a que éste obedeciera.</p>
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		<title>El Diario (7ª parte)</title>
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		<pubDate>Fri, 16 May 2008 17:47:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorge.andreu</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p></p><p>Johann miró hacia el suelo en cuanto sintió el sobresalto, hacia la pata del sofá que nunca había estado coja hasta que descubrió que tenía algo que sustentaba su altura. Su mayor sorpresa para entonces fue que el diario no sólo no estaba entre la pata del sofá y el suelo, sino que no estaba encima de ninguna mesa ni nada parecido. Le extrañó no verlo por ningún lado a primera vista, así que se levantó del sofá manteniendo el equilibro, debido al efecto causado por la cojera del mismo, y volvió a echar una ojeada por todo el salón intentando captar algún detalle que diera a entender por qué el diario no estaba donde siempre.</p>
<p>Empezó por el mueble que servía de cofre del tesoro, es decir, donde sus padres guardaban las cartillas del banco, una pequeña caja fuerte, una hucha y demás medios para administrar el dinero que ganaban. Evidentemente, allí no había nada, nada que pudiera interesarle en ese momento, claro. Pasó al siguiente nivel, justo al lado de la televisión, que aún estaba encendida y mediante la cual se veía el medio cuerpo del presentador del telediario anunciando la victoria de un equipo de fútbol de primera división que Johann no conocía porque no era fan de ese deporte. En los alrededores de la tele encontró ceniceros con algunas colillas, un lápiz que no sabía cómo había llegado hasta allí, y otros artilugios que tampoco le sirvieron de gran ayuda.<span id="more-141"></span></p>
<p>Tras haber mirado por todos los muebles del salón, Johann ya no sabía qué hacer, así que decidió pensar que su madre lo habría cogido para algo y que cuando volviese le preguntaría dónde estaba. A mamá le tiene que haber preocupado que yo descubriera el diario, se decía una y otra vez el joven. No obstante, no quiso buscar más veces por el salón ni por la casa en general, y miró el reloj: las cuatro de la tarde, y su madre no estaba en casa. Lo peor era que su padre tampoco estaba. Pero más alarmante aún era que el teléfono móvil de Marta estaba encima de la mesa de la entrada, y su padre no tenía móvil, lo que suponía un problema, ya que ni Johann podía contactar con su madre, ni su padre podía saber qué pasaba en la casa en esos momentos. Tuvo, pues, que obligarse a despejar su mente de esos pensamientos, pues no llevaban a ninguna parte. Tendré que esperar, sin más remedio, a que vuelva alguno de los dos, se dijo Johann, aunque preocupado ya.</p>
<p>Una vez dicho esto, y viendo que no iba a estar cómodo en el sofá ni viendo las noticias, se fue directamente a la televisión y la apagó con un golpe en el interruptor de encendido/apagado, no por enfado, sino por prisas, aunque no las tenía, pero eso les pasa a los adolescentes de vez en cuando, e incluso a los adultos, es decir, no tienen necesidad de correr pero quieren hacerlo para llegar antes, no hay un motivo más simple. Él mismo se dio cuenta de que le había pegado un buen golpe a la televisión, de modo que se quedó un momento contemplándola y vio que no se había apagado, como pasa también algunas veces con los aparatos electrónicos, que parece que se han apagado pero se vuelven a encender en cualquier momento. Entonces, ya más contenido, casi acarició el botón de encendido/apagado del televisor y éste definitivamente se apagó, dejando en el oído de Johann un leve silbido que le recordaba a sus tiempos de parvulario, cuando la profesora gritaba para que su voz se escuchara por encima de la de los niños.</p>
<p>Se aseguró una vez más de que la televisión estaba apagada y de que no iba a volver a responder encendiéndose, como diciendo “ahora te aguantas, tendrás que darme cariño para que te obedezca”. Eso es lo que estaba pensando ya el chico, pues comenzaba a hartarse de ese aparato, que ya hacía falta cambiar desde hacía mucho tiempo, pero dada la situación económica de su familia, no podía pasar algo peor que, a pesar de exigirles que le pagaran el saldo de la tarjeta de su móvil, les pidiera que compraran un nuevo televisor, de esos de pantalla plana que tanto gustaban a sus amigos y a los amigos de sus amigos. Se apresuró, visto ya que el aparato no iba a volver a encenderse por sí solo, hacia el corredor que llevaba a las habitaciones. Subió las escaleras y se dirigía a su dormitorio, cuando tuvo durante un fugaz segundo la impresión que habían captado sus ojos en ese momento al girar muy brevemente la cabeza. La puerta del dormitorio de sus padres estaba abierta, y notaba que había poca luz en su interior. Se acercó para comprobarlo y, efectivamente, había poca luz en el interior de la habitación, sólo la que entraba por la pequeña línea que dejaba al descubierto la persiana, echada casi hasta abajo del todo. Fue en ese instante cuando la preocupación de Johann empezó a adoptar una mayor carga de temor. Nunca estaba la habitación de sus padres desordenada, pero ese día incluso la cama estaba deshecha y la ropa que se habían quitado el día anterior estaba en la silla que había en la esquina del cuarto. Qué extraño, pensaba el chico, no suele estar así, me huelo algo malo.</p>
<p>Efectivamente, se olía algo malo, algo que posiblemente hubiera ocurrido esa mañana mientras él estaba sumergido en el mundo del egipticismo, en clase de Filosofía, aunque su mente no hubiese estado muy centrada en el momento, sino más bien desviada hacia otra línea totalmente diferente. De verdad me huelo que algo va a suceder, me preocupa todo esto que estoy viendo, decía Johann, ya casi hablando en voz relativamente alta, puesto que nadie podía oírle, estaba solo en su casa. No fue mal encaminado al pensar que algo iba a suceder. El timbre sonó como la campanada de una catedral. Johann pegó un tremendo salto y sintió cómo se le aceleraba el corazón, no por el miedo, sino por el sobresalto que le había causado el sonido.</p>
<p>El timbre sonó otra vez antes de que Johann llegara a la puerta para abrir. Cuando éste llegó y pudo girar el pomo para que el portón se abriera y dejara la vista del exterior libre, vio detrás del marco de la puerta, bajo el porche de la casa, a poca distancia de la puerta, a Ana. Le sorprendió verla allí a esa hora. ¿Qué hora es?, se preguntó en un segundo el joven mirando al reloj, y se dio cuenta de que no era tan temprano. Eran las cuatro y media. Lo que más le sorprendía ya no era que su madre no estuviese en casa ni que su padre tampoco hubiese llegado del trabajo, sino que no sentía rugir su estómago. Ana llevaba un pantalón corto de peto con una camiseta rosa debajo, los tenis blancos que solía llevar cada vez que se despedía de sus zapatitos de vestir que llevaba en el instituto, y su pelo rubio le caía como una suave cascada sobre los hombros. A Johann le dio cierta impresión y, a la vez, cierta alegría verla así y allí, pero se limitó a hacer una única pregunta:</p>
<p>–¿Qué pasa?</p>
<p>–Vamos –Ana cogió de la mano a Johann y dijo apresuradamente: –tu madre está en el hospital.</p>
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		<title>El Diario (6ª parte)</title>
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		<pubDate>Wed, 14 May 2008 15:07:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>jorge.andreu</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[capítulo]]></category>
		<category><![CDATA[el diario]]></category>
		<category><![CDATA[intriga]]></category>
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		<description><![CDATA[Johann estaba en clase, distraído por tantas cosas que se le pasaban a cada instante por la cabeza, pero a pesar de todo en clase de Filosofía. La señora Cúter, una viejecita que había estado estudiando durante toda su vida y ya no estudiaba más porque no tenía nada a lo que echar mano, estaba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></p><p>Johann estaba en clase, distraído por tantas cosas que se le pasaban a cada instante por la cabeza, pero a pesar de todo en clase de Filosofía. La señora Cúter, una viejecita que había estado estudiando durante toda su vida y ya no estudiaba más porque no tenía nada a lo que echar mano, estaba explicando las cuatro tesis que propusiera en su época Nietzsche para la filosofía del futuro. Al joven le gustaba tanto la asignatura como la forma de explicar de la profesora, así como también le comenzaba a gustar el pensamiento del alemán, lo que suele ser normal en los jóvenes que viven en una situación parecida a la que estaba viviendo él en aquellos momentos, pero a pesar de eso, no se sentía a gusto en absoluto ese día, y no sabía por qué. Bueno, sí, lo sé, decía, es por mamá, nunca ha estado tan extraña como lo está ahora, desde que le he preguntado lo del diario. Ana, una rubia platino que había entablado una gran amistad con Johann bastante tiempo atrás, contemplaba a su compañero en silencio, bien por respeto a la profesora y al resto de alumnos, bien porque estaba tratando de averiguar si había algo extraño en el rostro de Johann. <span id="more-138"></span>Éste, insólito, sólo se percataba de que la gente estaba atendiendo a la profesora, e interpretaba la mirada de la compañera de su izquierda como que también ella estaba mirando hacia la señora Cúter. Ana siempre se sentaba con la espalda apoyada en la pared, lo que conllevaba obvia y obligatoriamente a tener que encontrarse con el perfil izquierdo del que estuviera sentado en la mesa de su derecha cada vez que dirigiera la mirada al docente que estuviese impartiendo la clase, pero como en ese momento estaban en clase de Filosofía y la señora Cúter era de las pocas profesoras que permitían que se sentara así, aprovechaba la ocasión. Qué le estará pasando por la cabeza a este niño, decía Ana para sí. No cesaba de mirarle, cada vez con el entrecejo más fruncido a causa de su intento por averiguar los pensamientos de Johann. Pese a todo, no lo consiguió, y tuvo que aprovechar el momento en que la profesora se volvía hacia la pizarra para escribir para preguntarle a su compañero:</p>
<p>–Johann, ¿qué te ocurre? Te veo demasiado serio.</p>
<p>–Estoy atendiendo –cortó secamente el chico.</p>
<p>–No lo parece, estás mirando más al vacío que a la Cúter –ambos podían oírse bien, pero la voz de Ana no podía dejarse escuchar por encima de la de la profesora, de modo que no tenía más remedio que hablar cada vez pronunciando más un ligero susurro que incluso se llegaba a mezclar con un jadeo.</p>
<p>En los ojos de Johann se notó que su amiga se había dado cuenta de que realmente le ocurría algo, así que no quiso someterse a más preguntas y acabó por abrir la boca y dejar escapar leves palabras que decía:</p>
<p>–Mi madre está cada vez más extraña… –muchos jóvenes dicen eso en algún momento de su etapa de adolescencia, pero éste no se refería a lo mismo que se refiere la mayoría. Casi todo el mundo se refiere a que su madre se porta cada vez más como si fueran unos niños, a que no les trata como deberían tratarles. Pero Johann se refería al estado de ánimo de la mujer tras haberse enterado de que su hijo había leído el diario que guardaba bajo el sofá. También la habían despedido ese día del trabajo, así que no necesariamente tenía que estar triste por lo del diario. Posiblemente, éste no tuviese nada que ver con su madre. Algo así rondaba por la cabeza de Johann, quien continuó diciéndole a su amiga, tras haberle visto la cara de extrañez: –me parece que he hecho algo que ella no sabía que iba a hacer, y está triste. Además, la han despedido del trabajo –sus pensamientos salieron por su boca igual que los había recogido en su mente segundos antes, dejando esto último más asombrada a su amiga que por el primer motivo que había dado.</p>
<p>–¿Despedido? ¿La han despedido?</p>
<p>–No puedo hablar más, Ana, espera a que salgamos de clase –Johann se esforzaba por no hacerse oír en la clase, pero su voz siempre había sonado en esos momentos demasiado alta.</p>
<p>–Venga, hombre, que me vas a dejar con las ganas de saberlo. Cuéntame.</p>
<p>–Pues… –harto, el chico empezó a hablar lentamente, intentando ocultar su voz, pero la señora Cúter cortó la conversación dando un manotazo entre ambos alumnos, en la mesa, llamándoles la atención para que se callaran. Se callaron. Cuando la profesora se ponía en esa actitud, mejor era no hacer lo que uno quería, mejor era obedecer, porque podía terminar mal aquel que algo hiciera.</p>
<p>Cuando la clase hubo acabado y el horario de instituto llegaba a su fin, el joven muchacho ya se dirigía a su casa con paso lento. ¿Para qué ir aprisa? La distancia que había desde el instituto a su casa no requería tal esfuerzo, así que siempre iba tranquilo, a no ser que le cogiera un día de lluvia, de esos que uno no puede dar un paso porque te salpica agua por todas partes cada vez que pisas en el suelo, pero que no te puedes quedar parado bajo el paraguas porque te mojas igualmente. Ese día era soleado, bastante para el tiempo en el que estaban. Era finales de febrero, y no era momento para tal calor y tal bochorno de sol, pero así estaba el tiempo, y no se podía remediar. A Johann le daba coraje verse bajo un fuerte rayo de sol como el que incidía directamente sobre él cada vez que pasaba a su derecha cada edificio, dejando éstos paso a la intensa luz solar. Iba solo, nadie lo acompañaba, ni Ana, pues ésta vivía justamente en dirección contraria. Pensaba para sí mismo acerca de lo que le había contado a su amiga, pero estaba más preocupado por la situación emocional de su madre, a la que esa mañana no había visto desayunando sentada a la esquina de la cocina, como siempre estaba cuando él se levantaba, con los codos apoyados en la pequeña mesa que había en la misma y en cuyo espacio tenían que apañarse los tres a la hora del almuerzo; la hora de la cena, en cambio, era más cómoda, pues los tres disponían de una mesa aún mayor, tampoco en grandes cantidades, pero sí más cómoda: la del salón.</p>
<p>Como siempre, diez pasos antes de llegar a la puerta de su casa, teniendo que atravesar para ello el enorme patio que tenían, a pesar del poco dinero que ganaban sus padres, sacó las llaves. Era tan grande el patio y tan cara la casa porque la habían heredado de no sabía quién el chico, pero en tal caso, era suya, y era hermosa y espaciosa, suficiente para haber tenido más de un hermano o tener una novia con quien compartir una habitación más grande, hecha tirando el fino muro que separaba la suya con la sala de estar. Al menos, se decía a sí mismo siempre que pensaba en la disposición de las habitaciones y en el poco personal que habitaba en la casa para llenar tantos metros cuadrados, tengo espacio suficiente para estudiar y dedicarme a mis cosas sin que mis padres me molesten. Los diez pasos acabaron por dar turno a sus pies a pisar la alfombra de bienvenida para alzar la llave de la puerta principal. La abrió y entró en el pequeño hall, que realmente sí era pequeño en contraposición con las grandes extensiones del salón. Cerró el portón tras de sí y saludó con un “ya estoy en casa”, el típico del marido que llega de trabajar con ganas de ver a su mujer y enviar su boca directamente a la de su esposa y chocar con ella provocando un placer intenso para todos los que se aman, un beso. Pero nadie contestó. Quizá no se hayan enterado, pensó Johann. Con frecuencia, el chico llegaba del instituto y si no se acercaba a la cocina para saludar a su madre, ésta no se enteraba de que había llegado; más de una vez llegaron las tres y media de la tarde y, aunque sabía que su hijo salía de clase a las dos y media, la mujer no había puesto el almuerzo encima de la mesa, pues sólo lo ponía para su hijo, con su marido almorzaba más tarde, cuando éste llegaba del trabajo allá por las cuatro. Se habrá entretenido un poco, pensaba Marta cuando estaba ya lista la comida, pero cuando echaba mano del teléfono móvil para llamarle, veía que le colgaba y que Johann aparecía por el umbral de la puerta del pasillo que daba a los dormitorios. Se dirigió, pues, a la cocina, pero no escuchaba ruido alguno de la olla exprés ni de ningún artilugio más de cocina. Efectivamente, no había nadie, lo que llegó a extrañarle, pero pensó: estará, quizá, buscando trabajo, aunque me extraña a esta hora. Miró la mesa donde siempre estaba su teléfono móvil y fue otra vez más: el móvil estaba sobre ella. No habrá ido muy lejos, pensó Johann.</p>
<p>Dispuesto a esperar a que su madre regresara, el chico se quiso relajar un rato antes de volver al estudio del pensamiento nietzscheano que tenía que repasar una vez explicado en la clase de Filosofía. Pese a todo, era buen alumno. Tranquilamente cogió el mando a distancia, encendió la televisión y, cuando vio que aparecía en ella el medio cuerpo típico de los presentadores del telediario, se dirigió hacia el sofá. Se sentó para relajarse definitivamente y ver cómo había retrocedido el mundo mediante las noticias. Algo notó bajo él. Algo que nunca antes había notado tan repentinamente. El sofá estaba cojo…</p>
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