Marcel Proust – En busca del tiempo perdido (I. Por el camino de Swann)

La obra de Marcel Proust (1871-1922) está considerada como una de las cumbres de la literatura universal. En busca del tiempo perdido, uno de esos libros de vital importancia, se compone de siete volúmenes con unas tres mil páginas en total, todo un desafío si se le suma a tal cantidad la profundidad de cada párrafo y el detenimiento con que hay que afrontarlos. En esta ocasión comentaremos la primera parte de la obra: Por el camino de Swann (en la traducción de Pedro Salinas), compuesta de tres grandes episodios: «Combray», «Unos amores de Swann» y «Nombres de tierras: el nombre».

«Combray» relata los recuerdos de infancia de un Marcel Proust que presiente su muerte. El escritor deja constancia de sus vivencias en Combray, en casa de sus abuelos, cuando aún sentía la necesidad de recibir el beso de buenas noches por parte de su madre, pasaje de unas treinta páginas que fue la causa del rechazo editorial. Estos recuerdos vienen provocados por la famosa madalena: el Proust adulto, al probar el sabor de una madalena mojada en té, evoca las sensaciones de su niñez, cuando su tía le daba a probar ese manjar que desde entonces se ha convertido en el fruto de la memoria. Así pues, este sabor que irá emparejado con la evocación de Proust, como los nombres o los sonidos más adelante, abre la que es una de las novelas que desafiaron los cánones de la narrativa.

Un personaje de capital importancia es Carlos Swann, protagonista no sólo del segundo capítulo, sino también de la mayoría de los pocos acontecimientos que se desarrollan a lo largo de la novela. En «Unos amores de Swann» Proust rescata la historia —incluso publicada y tratada de modo independiente, como una novela inserta en el marco principal— de las relaciones de Swann con Odette, a quien conoce en las reuniones con los Verdurin y con la cual disfrutará de deliciosas intimidades. El relato lo hace Proust en tercera persona como quien en sus memorias cuenta una anécdota sucedida a otro, y llega a tal extremo su acierto, que ningún lector dejará pasar este fragmento sin detenerse a pensar en sus amores, porque en alguno de los comportamientos de los personajes encontrará seguro un resquicio de su vida.

Por último, el episodio de «Nombres de tierras: el nombre» abre otra de las pasiones de Marcel Proust: los viajes y el poder evocativo que tienen los nombres de las ciudades que se han visitado o van a visitarse. A causa de su enfermedad, sus padres no le permiten emprender ese tan anhelado viaje. Sin embargo, este tema es uno de los que se desarrollará inmediatamente después, ya en el segundo volumen de la obra.

Así pues, si bien la lectura de sólo un volumen no es nada en comparación con el placer de leer la obra completa, ya en este primer libro se pueden encontrar los temas que se tratarán a lo largo de los otros seis, de suerte que si el lector termina con buen sabor de boca —cosa que aseguro a quienes gustan de la prosa más exquisita— tendrá apetito para enfrentarse a los otros volúmenes, con mucho sosiego, porque merece la pena.

 

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