Sentado sobre una calle de adoquines dejo colgando las piernas, quedan ingrávidas sobre las aguas del canal. Mi cuerpo se posa peligrosamente en el borde. Hace una tarde agradable, las terrazas rebosan gente. Las aguas son sesgadas por los rayos de sol que dejan sobre sus lomos una estela brillante y cristalina. Al mismo tiempo, aquellas aguas se muestran como espejos de la ciudad, dibujándose sobre ellas edificios, personas y bicicletas. A mi derecha un puente de arco comunica las calles y en su centro hay un hombre con una destartalada guitarra tocando viejas versiones de los Beatles. Unas jóvenes comparten joviales una botella de vino blanco. Pintores, bohemios, esbozan en el lienzo el ambiente urbano y cosmopolita. Inocentes veleros surcan los canales con acomodados ciudadanos que escuchan Jazz y beben champan. Yo sigo sentado en el borde del canal, acariciado por la tarde de Ámsterdam, con sabor a hierba en el paladar. Todo es perfecto.
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