El invierno derrama su tarde sobre el mirador de San Nicolás. Es una danza de brazos dorados sobre las murallas y las blancas fachadas. Duendes errantes descansan en el suelo con sus petates de souvenirs y colores. Frente a mi se alza silenciosa y magistral los muros de la Alhambra, con sus paredes ocres y sus arcos árabes dominando el cielo de Granada. Las cumbres blanquecinas de Sierra Nevada quedan a su izquierda hiriendo el cielo con su belleza virginal y pura. Me siento libre al observar la ciudad pequeña y latente, y me siento arropado por este sol que no daña y estas vistas de versos y calles empedradas. Cae la noche y con la estela del crepúsculo me lanzo al laberinto de esas calles, surcando teterías y bazares, dejando atrás el Albaicín con sus vistas de Granada.
Foto: Mirador de San Nicolás (Granada)
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