Con las manos en los bolsillos voy bajando la avenida escuchando tan sólo el chocar de mis zapatos. Hace una noche tibia cargada de recuerdos y presagios de un delirio. Mientras camino, luzco aquella sonrisa que hace pensar que la ciudad es mía, que nada puede hacerme caer. Paso por escaparates de inanimados hombrecillos cargando las estúpidas modas de temporada. Luces de neón, damas de terciopelo, una ciudad dormida, noches de anhelo. Por fin llego al restaurante y ella no ha llegado. La bruma de mis cigarros se mezcla con los olores variados de un escenario perpetuo. Basura, tristeza y frio de un cuerpo. Un coche policía atraviesa la avenida derrapando en las esquinas. Los indigentes arrastran pesados carros llenos de chatarra. El cigarro se termina y lo lanzo al suelo. Me quedo hipnotizado al ver como la brisa lo va arrastrando dejando una estela de cenizas candentes. Entonces observo su sonrisa al doblar la esquina. Su perfume inunda la calle, no sé si son rosas o jazmines, el caso es que esta aquí y después de la cena seremos uno solo. Se posa a mi lado, me besa, ha llegado tarde pero no me importa, pues a partir de este instante el tiempo es sólo nuestro.
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