Todavía no he despertado cuando pongo los pies en la acera. El sol proyecta sobre mí sus mortecinos rayos de invierno. Me cuesta, pero consigo emprender la marcha hasta mi coche. La calle está semi desierta. Después de superar los cien metros de distancia me acomodo en el asiento y pienso en lo bonito que sería estar ahora mismo metido en la cama, arropado por las sábanas, sintiendo todo el calor del mundo. Pero el coche está helado y las vibraciones del motor me incomodan. Empiezo a moverme mientras que en la radio suenan las noticias. Cuando salgo de la calle y me incorporo en la autovía comienza la procesión de los sonámbulos. Gente atrapada en sus coches que con la mirada gacha y soñolienta ponen rumbo al trabajo. No existen las distancias, todo es ensoñación, muerte. Observo las caras de aquellos tipos y me sorprendo al ver mi cara en el espejo retrovisor, es igual que la de ellos. Arrastrando el coche, sin ninguna ilusión, llego al trabajo y busco en el calor del café las caricias que dejé en la cama. No es lo mismo.
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