El suspiro acuoso de un verde helecho se enreda entre mis barbas. Ya no se si esta esencia que me envuelve es olor a rosas o a mierda concentrada. Enjuto, hostil y lánguido, recorro las aceras asqueado por la visión del mundo, por el entorno en que nos movemos. Un silueta macabra se abre paso entre plomizos edificios, miro al cielo, en la ciudad no se ven las estrellas y esa maldita sombra no para de seguirme. Me observa con hambrientos ojos, desprendiendo un temible hedor a cólera y odio. Las flores se acartonan a su paso y los parques quedan desérticos. Llega el alba y la sombra espira hacía una imagen nítida y me sorprendo a mi mismo, a mi lado más humano. Hacía la memoria acuden las imagenes más bestias y desoladoras. Ya no hay tiempo, el animal anda suelto. Me uno al resto de humanos y continuo destrozando el mundo. ¡Hay que colgarse!
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y rápido! como perro que vuelca la olla!