En la arrogancia de unos párpados pesados se incrusta un amanecer de nostálgicos campos. Brotan sobre ellas el rocío mañanero , agua cristalina para el toldo y el jilguero. Son fugitivos de la noche, cuerpos errantes que surcan los cielos lanzándose en picado hacía las tierras del trigo. El incansable arroyo, ignorante del alba, prosigue su eterna labor de avanzar por las ramblas alimentando cañizos y juncales. Despierta la mañana, despiertan los campos. La danza de la vida mejida por la brisa trae con sigo al sol con su traje de gala, con su eterna sonrisa.
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Joder, como me alegras el día, por un momento me he sentido como si estuviera en el Collao viendo amanecer. Gracias por instantes.