En una noche de últimos de verano languidecían los cañizos por los confines de la laguna. Adiós viejo verano, extinguido quedaste en esta noche de nostalgias, de despedidas, de sueños rotos. Yo te miraba abrazándote por la cintura. Cantaban los grillos, croaban las ranas. Una suave brisa mejió a los dormidos juncales alborotando tus cabellos. Mirabas cabizbaja a los confines del riachuelo, la luna era una estela de plata en los lomos de un velero. Lentamente deslicé mi mano por lo largo de tu espalda buscando tu cuello y tu boca ausente de palabras. Entonces una lágrima abandonó tu rostro estrellándose en el agua, dos horas no son suficientes para un verano de pasiones. Acerqué mis labios hasta los tuyos embargándome el calor del anhelo. Poner fin al amor siempre es un desconsuelo. Tú y yo lo sabíamos, esto sólo era un amor de verano. Y mañana a estas horas quedará mustia la charca, sin ti, sin mí, tan sólo las ranas, los juncos y la luna. Son instantes de melancolía que se graban en el alma, pero luego brotan las sonrisas al recordar los días de verano, las noches que pasamos amándonos sin pensar que en septiembre volveríamos a separarnos.
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