La tarde agoniza en las cenizas de un cielo arrebolado, deshilachando con su fervor los últimos instantes de un día. Te ves sentado en el laberíntico sillón del que últimamente ya no sales. Las manos mustias y arrugadas, trémulas, escarchadas. Tu mirada ya no transmite aquel fuego de juventud que un día sentiste, ahora miran cabizbajos irremediablemente a una vida que escapa de tu control. Recuerdos, solo tienes recuerdos de aquellas épocas y la experiencia de los años pasados. La dignidad es algo que conservas a pesar de los años y el respeto de todos los que te rodean. Amigo mío, así es la vida, uno va envejeciendo hasta alcanzar aquellos instantes donde solo quedan recuerdos, pues tus días es una continua espera a la dama de negra túnica y afilada guadaña. Admiro tu entereza ante la fragilidad de la vida, pues siempre me regalas sonrisas, historias y hazañas. Cuando ella te lleve en sus brazos siempre quedará la memoria de aquel hombre cuya sonrisa fue su mejor victoria.
A mi abuelo.
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