Cuando nos separe la muerte

Nina Berberova fue una gran cronista que se encargo de contarnos la vida de los rusos que fueron exiliados a Francia luego de la Revolución Bolchevique. Ella, en muchas ocasiones relata acerca del matrimonio que formaban Dimitri Sergueievich (1866 – 1941) y Zinaida Nicolaievna Hippius (1869 – 1945). Ambos escritores fueron exiliados a Paris en el año 1920, lugar en donde llegaron a ser un eje de la vida intelectual de los exiliados. Estos autores vivieron juntos hasta el momento de su muerte, a finales de la Segunda Guerra Mundial.

“La estatura de Merezhkovski había ido menguando, de año en año. Tomaba a Zinaída del brazo, vestido con su larga pelliza y con su gorrito de castor que probablemente, usaba ya en Rusia. No se sabía exactamente quien sostenía a quien. Zinaída llevaba un abrigo raído de color rojizo y un sombrero rojo o rosa. ¡Le encantaban esos tonos! Caminaba con cuidado, encaramada sobre sus tacones aguja. Iban a pasear por el Bois de Boulegne, después regresaban al piso sombrío, en la avenida del coronel Bonnet, y encendían lámparas por doquier (…)
Tras la muerte de Dimitri, Zinaída me dijo que habían vivido juntos cincuenta y dos años, sin separarse nunca. Cuando intenté averiguar si tenía cartas de Merezhkovsky, me contestó que no hubo ocasión de que existieran ya que no se habían dejado ni un solo día. La recuerdo perfectamente, en la ceremonia fúnebre, en la catedral de la calle Daru, tambaleándose de debilidad sobre sus delgadas piernas con sus manos en la de Zlobin que, solícito, el cuerpo erguido e imponente, permanecía inmóvil como una roca. Cuando Zinaída siguió el féretro, Zlobin la acompaño (…) La energía mental de Zinaída disminuyo. En 1944 me confeso que no entendía nada de cuando ocurría. Yo comprendí que no valía la pena explicárselo. Con frecuencia, durante la noche, obsesionada por la proximidad de la muerte, gritaba, y llamaba a Dimitri. Enflaqueció terriblemente. Su vista y su oído menguaron más aun y mimaba su brazo medio paralizado. Cuando, pequeña y arrugada, la acostaron en el féretro, muchos de quienes acudieron a las exequias, cruzaron una mirada de complicidad y dijeron: “¡Que Dios nos perdone; pero no era una viejita nada fácil!”
El féretro fue depositado encima del de Dimitri Serguéievich, en el cementerio ruso de Sainte Genevieve des Bois. En mi recuerdo, ambos se funden en un solo ser o en una voz que canta una especie de melopea”.

Este artículo cuenta con un fragmento de “El subrayado es mío”de N. Berberova.

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