A pesar de la rabia que también sentía, luego de descubrir la forma en que murieron mis padres, pude disernir que la mujer de enfrente nada tenía que ver con los acontecimientos y no debería ser tratada así, se trataba solo de una charlatana que su negocio había sido conseguir dinero a base de lectura de cartas y algunos trabajos de pseudo psíquica, que sobrevivia gracias a aquellos incautos que creían en sus artimañas, corrí para evitar una injusticia.
Tomé por los hombros al sujeto que llebaba la antorcha, dandole unos golpes en las piernas para detenerlo, lo obligué a caer al suelo hasta que pude recuperar a la mujer, el hombre caído lanzo su mirada con furia, como animal a quien le hubiese arrebatado su presa. Con la mirada llena de espanto agradeció el acto de su salvación derramando silenciosas lágrimas. La gente perdía la razón, gritaba, quería venganza, llegando al grado de ser el pueblo en multitud quienes juzgaban a las mujeres acusadas de ser brujas, bastaban gritos de enojo y proclamas de infundios para hacer arder en llamas a las mujeres atrapadas en los kioskos de las plazas. Las autoridades perdierón el control de la noche a la mañana, ni siquiera los sacerdotes de la ciudad podían persuadir de la furia a toda la muchedumbre, era el descontrol total.
Me dirigí al cuarto sanitarío para buscar algo con que poder ayudar a la mujer. De pronto reparé en el letreto que aún seguía en la pared.
Autor: Martín Guevara Treviño
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