La enteramos que el tío Camilo había muerto algunos años atrás y por el abatimiento omitimos avisar del deceso a todos los amigos, por tal motivo el General Garza Medina no se enteró de tal cosa. Isabel Cristina poseía una sonrisa angelical que daba juego con su blanca piel, con su cabello rizado y su estado de embarazo realzaba su jovial alegría.
El Sacerdote se despidió después de unas horas y Roberto adecuó el equipaje de Isabel Cristina en la recamara para huéspedes, justo la que anteriormente ocupaba Elisa. Dejamos descansar de su viaje a la joven embarazada, por lo que decidí acudir a la casa del río
Mi corazón se oprimió al ver la ciudad hecha un verdadero caos; automóviles abandonados a medio camino, algunas personas corriendo por las aceras, las tiendas cerradas y remachadas con tablones en sus puertas y ventanas. No pude localizar taxi alguno, así que el trayecto a la casa del río debí realizarlo caminando.
En ocasiones corría hasta que mis fuerzas aguantaban, deseaba llegar a toda prisa a la casa del río para enfrentar a esa mujer que había llegado a trastornar nuestras vidas.
Al entrar al recinto la estancia estaba iluminada tenuemenete, camino con demasiado sigilo buscando algún sonido que me indicara un trayecto a seguir. De pronto su voz afable me hace mirarla justo frente a mí, aparecer como si fuera un fantasma, sin irrumpir un solo ruido, ni siquiera su imagen percaté hasta que la tuve justo en frente.
—Te estaba esperando.
Autor: Martín Guevara Treviño
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