Sentado al lado de su lecho en un cómodo sillón comencé la lectura de un libro. No iba más allá del tercer capitulo cuando la noche comenzó a caer y el sueño invadía los rincones.
Algo empezó a rasgar el cristal de la ventana, puse mi atención en el acontecimiento cuando para mi sorpresa y de manera inexplicable, una estampida de ratas se coló por la ventana entreabierta, todo carecía de lógica, pero al ver que la habitación se plagaba de roedores tome en mis brazos el cuerpo inconciente de mi hermana y salí a toda prisa escaleras abajo. Coloqué a mi hermana en el sofá de la sala y llamé a gritos a Roberto, quien acudió a mi llamado aun con las manos llenas de grasa mecánica. Al ver el estado en que se encontraba la situación lo puse al tanto de lo sucedido, subimos corriendo las escaleras y al entrar a la habitación de Carolina encontramos todo en completo orden, no había ratas, la ventana estaba completamente cerrada, los ojos de Roberto me hicieron quedar como un desequilibrado, no pude más que sonrojarme y disculparme por mis desvaríos, llevé a mi hermana hasta su cama de nueva cuenta.
Tomé la decisión de ir en busca de quien originaba todo éste mal. Salí rumbo a la casa del río, tomé un taxi que me llevó hasta el lugar de mi destino, la sangre corría caliente por mis venas, lleno de una ira que no daba espacio a que mi nerviosismo interviniera.
Autor: Martín Guevara Treviño
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