La segunda condición que me puso cuando trató de darme un último escarmiento, eso que llamamos ultimátum, fue que no quisiera transformar su pensamiento, que no quisiera atraer sus gustos hacia mí, hacia los nuestros, como si dijéramos. Recorrió mi cuerpo, en aquel momento eterno, distante ya, lejano, un escalofrío tremendo que hizo que en mi interior todo se estremeciera, todo temblara, incesante, ante el rostro enrojecido de furiosa ira, de impaciencia y de rencor, de aquella persona. Nunca volví a intentar atraer a aquel ser que habitaba, por aquella época, mis más recónditos sentimientos, mis más ocultos pensamientos, nunca, digo, volví a intentar que, ante las caras ocultas, y no tan ocultas, del mundo, leyera un libro, mirase un cuadro, escuchase una sinfonía, admirase un rosetón.
“La función del arte en la sociedad es edificar, reconstruirnos cuando estamos en peligro de derrumbe”
Sigmund Freud
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